Durante la campaña, política y comunicación construyen candidatos. Durante el gobierno, política y comunicación construyen poder. El axioma, publicado por una consultora que se especializa en gestión y comunicación política, puede servir para entender o analizar algunas dimensiones de la conducción de un club de fútbol.
En Racing, Diego Milito ganó la campaña y las elecciones con un eslogan que repetía en cada entrevista o aparición pública: “Un salto de calidad”. La línea de sentido era que estaba muy bien todo lo hecho por Víctor Blanco, pero que él iba a darle un plusvalor al club, una jerarquía multiplicada. Llegó al gobierno con esa frase –y con la inconmensurable condición de ídolo–, ahora reconvertida en un sticker que circula con cierto sarcasmo por los grupos de WhatsApp de hinchas.
Un año y dos meses después de su aterrizaje como presidente de Racing, los ecos de la campaña se diluyeron, el enamoramiento del que goza todo nuevo gobierno se terminó y Milito afronta su primera minicrisis. En un club como Racing, con un descenso en los 80, una quiebra en los 90 y un gerenciamiento fallido en los 2000, perder algunos partidos seguidos es eso: una minicrisis. Pero la minicrisis se potencia en la era de la social media, el algoritmo como ordenador de consumo y el exitismo y la histeria que campean en Racing en la última década.
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También se potencia porque Milito y su comisión directiva eligen el silencio como estrategia.
Lejos de lo logrado en la campaña electoral, desde que asumió, Milito y su grupo de cercanía nunca se propusieron construir hegemonía. Construir poder. Y no lo hicieron, entre varias razones, porque para poder hacerlo hay que construir una estrategia de comunicación, un relato compartido, una confianza legitimada. No alcanza con ser ídolo. No alcanza con haber sido campeón y el goleador del Inter. La identidad de una gestión o de un presidente se tiene que construir con algunas marcas políticas: producir o disputar sentido, interpretar sentimientos, contener emociones.
Y la realidad es que Milito aún no pudo conectar con el hincha ni en las buenas –cuando el año pasado el equipo ganó la Recopa, llegó a semis de Libertadores o estuvo a un penal de ganar el Clausura– ni ahora. No hablar ni comunicar sus líneas de acción no ayuda a esa falta de conexión con las bases: con los socios.
Encima, a esa desorientación simbólica en las últimas semanas le sumó destratos públicos que se oponían a lo prometido en campaña: el estado del campo de juego del Cilindro, el Cilindro en sí mismo –¿por qué pintaron las tribunas y limpiaron las butacas para el segundo partido del torneo y no para el primero?– y ahora la polémica por el palco del expresidente Blanco, mudado a la fuerza porque el que tenía se lo concedieron a un nuevo sponsor. Blanco se enteró por RacingPass, el sistema que usamos los socios para comprar entradas, pagar la cuota social o renovar abonos. Nadie lo contactó para avisarle ni para acordar una solución. No hubo acción ni narrativa. Y lo que pudo ser un gesto institucional para reforzar y homologar el Todos Juntos terminó siendo otro tiro en el pie.








