Javier Milei se sumó esta semana al club de amigos de Donald Trump. El argentino fue el único líder de una democracia plena que participó de la cita en Washington. Porque el presidente de los Estados Unidos creó una organización internacional a su antojo y fueron pocas las repúblicas constitucionales que aceptaron participar de la fiesta. En cambio, Milei estuvo al lado de Trump en la reunión inaugural de la Junta de la Paz (Board of Peace), junto a los primeros ministros de Hungría, Víctor Orban, y Pakistán, Shehbaz Sharif; el presidente de Indonesia, Prabowo Subianto; y el canciller de Israel, Gideon Saar. A pesar de la grandilocuencia que quizo darle la Casa Blanca al nacimiento de esta imitación low-cost de las Naciones Unidas, lo cierto es que los países que acompañaron a Estados Unidos y a la Argentina acumulan varios déficits democráticos en su haber: denuncias de crímenes contra la humanidad, prisión para opositores, una justicia cooptada, altos índices de corrupción y censura a la prensa. Esa es la foto color sepia que consiguieron Trump y Milei.
Además de los funcionarios mencionados, también hubo representaciones oficiales de más de veinte países que integrarán la nueva Junta de la Paz, como El Salvador, Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Bulgaria, Camboya, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Uzbekistán y Vietnam, entre otros. En cambio, Gran Bretaña, principal aliado histórico de los Estados Unidos, rechazó la invitación, y tampoco participaron Alemania ni Francia. Ninguna de las democracias europeas se sumó, solo la Italia de Giorgia Meloni es la única que está dudando. De hecho, la Unión Europea ya anunció que no será miembro, sino simplemente observadora de este curioso organismo. Tampoco estarán China ni Rusia, ni la gran mayoría de los miembros del G20. No ha tenido, hay que decirlo, un primer paso muy fructífero el Club de Trump.
Bruce Jones es uno de los cientistas sociales especializados en el estudio de la política internacional y el orden multilateral que más énfasis ha puesto en la crítica al nuevo juguete (rabioso) creado por Trump. Jones sitúa a la Junta de la Paz dentro de una serie de decisiones tomadas recientemente por el gobierno de los Estados Unidos, que han debilitado el orden multilateral establecido después de la Segunda Guerra Mundial, con especial foco en la desarticulación de la influencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En su artículo titulado La Junta de la Paz de Trump y el multilateralismo, este académico canadiense y docente de la Universidad de Stanford y la Universidad de New York señala que desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha puesto en práctica medidas diplomáticas muy drásticas, como el aumento de tarifas comerciales distorsionadas y la amenaza de retirada o desfinanciamiento de muchos organismos internacionales, para establecer un enfoque de política exterior inconsistente, que ha generado una inquietante era de incertidumbre global.
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En su libro El poder del pasado: historia y arte de gobernar, Jones sostiene que las grandes potencias que han liderado el sistema internacional, siempre intentaron institucionalizar su poder para hacerlo más estable y legítimo. El antecedente que analiza es el escenario conocido desde mediados del siglo veinte, cuando Washington promovió la creación de la ONU, el FMI y el Banco Mundial. Ese orden no era altruista, pero limitaba parcialmente el poder estadounidense al someterlo a reglas multilaterales y, de esa forma, institucionalizaba el liderazgo de los Estados Unidos. Para Jones, esa “hegemonía institucionalizada” fue clave para lograr la estabilidad mundial que se evidenció en el período iniciado tras la caída del Tercer Reich.
En cambio, ahora Trump desconfía de las instituciones multilaterales, promueve acuerdos bilaterales o ad hoc con líderes que le muestran pleitesía o reduce compromisos internacionales en negociaciones tan solo favorables a sus propios intereses. Y en ese marco, en el que la potencia hegemónica deja de sostener las propias reglas que ayudó a crear, el sistema pierde previsibilidad y legitimidad. Jones advierte: si Estados Unidos erosiona el orden que edificó durante las últimas décadas, terminará generando un escenario sin reglas claras y contribuirá a la competencia caótica entre las potencias. El ejemplo histórico que aparece en el horizonte es el fracaso de la Liga de las Naciones y el vacío de poder que consolidó el caos (social, político, económico y militar) tras la Primera Guerra Mundial y el consecuente ascenso de nacionalismos revisionistas, como el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia y el imperialismo en Japón.
Milei fue el único líder de una democracia plena en la Junta de Paz.
La hipótesis de que es necesario establecer un orden internacional “legítimo” para contrarrestar la anarquía en el sistema internacional, siempre de por si anárquico, ya había sido antes desarrollada por analistas de probada solidez en la academia, como David Held. Docente de la London School of Economics y la Universidad de Durham, el politólogo británico fue uno de los principales exponentes de la “democracia cosmopolita” y de la idea de que la globalización exige transformar las estructuras clásicas del Estado-nación. Su obra fue clave para criticar el unilateralismo, el alineamiento automático con las grandes potencias y los modelos de gobernanza mundial dominados por pocos países.
En La democracia y el orden global, Held sostuvo que la globalización había desplazado centros reales de poder más allá del Estado, pero que la democracia seguía organizada dentro de esos mismos Estados, lo que generaba un déficit de orden global. La tesis central de este autor es que si las decisiones que afectan a los ciudadanos se toman en ámbitos internacionales (finanzas, comercio, seguridad), entonces esos ámbitos deben someterse a principios democráticos. Por lo que propuso fortalecer las cortes internacionales, crear mecanismos de representación transnacional y limitar el poder unilateral de las grandes potencias. Para Held, la soberanía no desaparece, pero debe compartirse y constitucionalizarse a nivel internacional: cuando un país poderoso actúa sin reglas compartidas se debilita la legitimidad mundial.
El ejemplo al que es posible remitirse es el Congreso de Viena, que reorganizó Europa tras la caída de Napoleón. Se trató de un sistema que garantizaba estabilidad entre las principales potencias de entonces, pero excluía a la mayoría de los países del mundo. Era un orden político, pero no era un orden democrático. En ese espejo debe reflejarse el nuevo espacio creado ahora a imagen y semejanza de Trump.
En medio de una cada vez más creciente crítica del culto al personalismo en los Estados Unidos, algo impensado en la tradición constitucionalista norteamericana y algo más propio de una dictadura estalinista que de una democracia occidental, la nueva Junta de la Paz fue presentada esta semana en el Instituto de la Paz, que fue renombrado para esta ocasión como “Donald J. Trump Instituto de la Paz”. El edificio en el que se dio inicio al nuevo organismo internacional había sido creado por el Congreso de los Estados Unidos en 1984. Sí, 1984. Ni George Orwell lo hubiera imaginado.







