El episodio del “comes y te vas”, que protagonizaron Vicente Fox y Fidel Castro en marzo de 2002, fue un punto de inflexión en las relaciones de México con Cuba. La llamada del presidente mexicano, pidiéndole a Castro irse de una cumbre de jefes de Estado antes de que llegara el presidente norteamericano George W. Bush, retrata a la perfección el dilema que otros mandatarios mexicanos enfrentaron históricamente, y que hoy irrumpe en el Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum: cómo estar bien con Cuba y con Estados Unidos al mismo tiempo.
Sheinbaum se encuentra atorada en esa dicotomía, luego de la decisión de Donald Trump de asfixiar a Cuba, amenazando con la represalia de los aranceles a aquellos países que provean de petróleo al régimen castrista, con el que los gobiernos mexicanos tienen una relación diplomática muy particular, entre la vecindad histórica, la afinidad ideológica y el interés geopolítico, desde la época del PRI de hierro. México, que quedó como único proveedor de Cuba luego de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, tuvo que suspender el envío de combustible a la isla desde hace dos semanas y, desde entonces, la presidenta busca salidas retóricas para sortear que sus decisiones están marcadas por Trump, cuyas presiones no tienen parangón en los antecedentes de tensión entre los tres países.
Los puentes con el PRI
La delicada geometría de ese triángulo diplomático empieza a dibujarse en la cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA) de 1962, apenas tres años después del triunfo de la revolución castrista. Estados Unidos, con mucho peso en un organismo en la órbita de sus intereses, presionó al resto de socios para expulsar a Cuba. México fue el único país que votó en contra, defendiendo la no intervención y la soberanía de los pueblos, un viejo principio diplomático mexicano marcado a fuego desde la revolución de 1910 como mecanismo de autodefensa, precisamente, frente a las políticas expansionistas de Estados Unidos.
“Tener en Cuba un Gobierno nacionalista, revolucionario y antiamericano le venía muy bien a México”, explica el historiador del Colmex Lorenzo Meyer, que en todo caso apunta también a unos vínculos históricos entre los dos países que se remontan hasta los tiempos de la colonia. La ruta comercial entre La Habana y el puerto de Veracruz fue ni más ni menos el camino que siguió Hernán Cortes, y que luego retomaría a la inversa el propio Fidel Castro. Refugiado en México en 1955 tras el primer intento fallido de tomar del cuartel Moncada, volvería a la carga al año siguiente, tras comprar armas y embarcarse rumbo a la isla en el histórico buque Granma junto con 82 hombres.
La relación con el régimen priista se mantuvo casi inalterable desde los gobiernos más estatistas de las primeras décadas hasta la apertura al mercado de finales de los ochenta. La polémica victoria electoral de Carlos Salinas, en 1988, denunciada como fraude por su rival Cuauhtémoc Cárdenas, símbolo de la izquierda mexicana, tuvo el respaldo de Castro, que asistió en persona a la ceremonia de toma de posesión de Salinas. El historiador del Colmex considera que está paradoja se explica desde un interés mutuo. “Cuba mantenía la relación política y comercial en un contexto de aislamiento, mientras que los gobiernos priistas podían exhibir credenciales de izquierda, nacionalistas y hasta revolucionarias”. En cuanto al encaje del triángulo con el vértice estadounidense, Meyer añade que era parte de una especie de pacto tácito porque “le interesaba también que en México siguiera el régimen del PRI, que bloqueaba cualquier avance del comunismo reprimiendo las guerrillas mexicanas”, a través de una estrategia sistemática y clandestina conocida como la Guerra Sucia.
Un veterano cuadro priista que vivió de cerca las negociaciones de aquella época impugna la tesis de ese acuerdo tácito. “Nunca percibí que las decisiones que se tomaban con respecto a Cuba fueran mediadas por Estados Unidos. Eran decisiones soberanas y con una fuerte lectura de política interior. Siempre ha habido una masa crítica que cuestionaba si nuestro apoyo a La Habana era suficiente”. Una compleja relación de intereses al que hay que sumar los documentos desclasificados recientemente por la CIA, que constatan la colaboración de los gobiernos mexicanos para espiar las embajadas de Cuba y Rusia desde finales de los cincuenta hasta entrados los noventa.
Fox: la ruptura
La llamada de Fox, el primer presidente tras la apertura democrática que dejaba tras casi ochenta años de régimen priista, marcó el inicio de una fractura que se concretó en 2004. Ese año su Gobierno retiró a la embajadora Roberta Lajous de la sede diplomática en La Habana y expulsó al personal diplomático cubano acreditado en México. Aunque ya habían existido episodios de enfriamiento en los últimos años del expresidente priista Ernesto Zedillo, nunca en 102 años las relaciones México-Cuba habían llegado a tal punto de tensión, y tuvo que pasar casi una década y dos presidentes para normalizarse.
Rubén Aguilar, exvocero de Vicente Fox, asegura que las diferencias entre el primer Gobierno panista y el régimen de Fidel Castro no derivaron sólo de las presiones de Estados Unidos, sino de la decisión del primer gobierno no priista de impulsar una agenda de derechos humanos y democratización en Cuba, primero con el canciller Jorge G. Castañeda (2000-2003) y luego con su sucesor, Luis Ernesto Derbez (2003-2006).

En febrero de 2002, Vicente Fox estuvo en Cuba en una visita oficial de cuatro horas y, de último momento, incorporó a su agenda una reunión con disidentes y opositores al régimen castrista, entre ellos Oswaldo Payá, que sorprendió al Gobierno de Castro. Un mes después vino el famoso episodio en el que –enfatiza Rubén Aguilar- Fox nunca pronunció textualmente la frase “comes y te vas” que inmortalizó la anécdota, pero sí le pidió que se regresara a Cuba terminando su intervención en la cumbre y el almuerzo de jefes de Estado. “Me acompañas a la comida y de ahí te regresas”, fue lo que realmente le dijo Fox a Fidel, según se puede escuchar en las grabaciones difundidas desde La Habana en abril de ese mismo año.
Durante el foxismo, México votó resoluciones críticas al gobierno castrista en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU de manera consecutiva entre 2002 y 2005. De ellas, la que más dolió a Castro fue la de 2004, que fue aprobada con el voto mexicano como el decisivo para condenar a Cuba por el encarcelamiento de disidentes políticos y obligarlo a aceptar la visita de un relator de la ONU.
A raíz de ese voto, el entonces canciller cubano, Felipe Pérez Roque, declaró que México se había sumado a “la política de bloqueo y agresiones de Estados Unidos contra Cuba”. El propio Fidel Castro elevó el tono en un discurso del 1 de mayo de 2004, en el que dijo: “La frontera de Estados Unidos con México no está ya en el río Bravo. Estados Unidos está mucho más dentro”.
En aquellos meses, además de la retórica, el Gobierno de Castro utilizó el caso del empresario Carlos Ahumada –detenido en Cuba- para asegurar que la Administración foxista empleaba la justicia para denostar a sus opositores, en concreto al entonces alcalde de Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, que había sido víctima de una trama conocida como “los videoescándalos” urdida por Ahumada y políticos panistas y priistas.

Dos décadas después de aquellos hechos, Rubén Aguilar, recuerda: “Jorge Castañeda convence a Fox de que teníamos que establecer la relación con Cuba, pero no con la Revolución cubana, que viola los derechos humanos. Era importante cambiar los términos de la relación, ya no esa relación de conveniencia mutua de Cuba con el PRI, donde ambos se justificaban violaciones a los derechos humanos. Y entonces votamos a favor de la presencia de un relator”.
La postura del segundo presidente panista, Felipe Calderón, encarna lo complejo que resulta para México mantener, por un lado, una política exterior que equilibre la obligada relación con Estados Unidos y, por otra, la simbólica e histórica cordialidad y fraternidad con el régimen cubano. En su libro Decisiones difíciles (2020), relata lo que tuvo que hacer para recomponer la relación que Fox había lesionado, tanto con Cuba como con Estados Unidos.
“La relación con las antípodas, Estados Unidos y Cuba, era compleja. Generalmente, México oscila entre ambos países y en no pocas ocasiones ha fungido como mediador. Pero se da el caso de que al estar muy cerca de uno hay enemistad o al menos distancia diplomática con el otro”, describe el expresidente. “Al llegar a la presidencia estábamos peleados con ambos: por una parte, el presidente Bush no ocultaba su molestia con mi antecesor… que nunca le había dado una respuesta definitiva al apoyo solicitado a México en las resoluciones de Naciones Unidas para el caso de Irak. Por el lado de Cuba, todavía pesaba la vergüenza de que el presidente de México haya sido humillado por Fidel Castro, pues cometió la ingenuidad —mal asesorado por su canciller, Jorge Castañeda— de abordar por teléfono con él un tema tan delicado como el de pedirle que se retirara después de la comida con jefes de Estado para que no coincidiera con la llegada de Bush”.

La reconciliación
Con el segundo presidente panista se restablecieron las relaciones. Presionado por la polémica elección de 2006 y con una buena parte de la opinión pública en su contra, Calderón cambió su postura respecto a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. En julio de 2007, nombró embajador al veterano panista Gabriel Jiménez Remus, quien evitó nuevas fricciones con los líderes de la Revolución. Su Gobierno mantuvo relaciones con la disidencia cubana, demandó la liberación de presos políticos y abrió las fronteras a cientos de exiliados. Aún así, Calderón mantuvo buenas relaciones con el régimen: participó en la primera Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada en 2011 en Venezuela, y firmó la Declaración de Caracas en la que se condena el bloqueo de Estados Unidos a Cuba.
En abril de 2012, Calderón viajó a Cuba en visita oficial, unos meses antes de abandonar Los Pinos. Exfuncionarios panistas admiten que jugó a su favor el hecho de que los últimos cuatro años del sexenio coincidieran con la Administración de Barack Obama, quien emprendió una política de acercamiento con la isla.
Cuando el PRI regresó al poder en 2012, con Enrique Peña Nieto como presidente, México y Cuba sellaron definitivamente su reconciliación. Peña Nieto viajó a Cuba en enero de 2014 para participar en la cumbre de la CELAC y visitar a Fidel Castro, quien accedió a que se difundiera una fotografía de su encuentro privado. En 2015, el presidente Raúl Castro visitó México y, en noviembre de 2016, Peña Nieto asistió a los funerales de Fidel en La Habana. Esa visita ocurrió apenas dos semanas después de que Donald Trump fuera electo por primera vez presidente de Estados Unidos y elevara la presión de nuevo sobre La Habana.

A partir de 2018, correspondió a López Obrador mantener ese frágil equilibrio, ya con Miguel Díaz Canel como presidente sucesor de Raúl Castro, y con Donald Trump en su primer mandato. Con la renegociación del TMEC como prioridad de la relación México-Estados Unidos, y la pandemia como telón de fondo, los roces por el tema Cuba no aparecieron durante la administración Trump. Pero en junio de 2022, ya con el presidente Joe Biden, el gobierno de México rechazó que Estados Unidos excluyera a Cuba, Nicaragua y Venezuela de la Cumbre de las Américas; López Obrador canceló su participación y envió al entonces canciller Marcelo Ebrard en su representación.
Unos meses antes, el presidente había hecho una visita oficial a Cuba, en la que hizo una nueva condena al bloqueo, reforzó los lazos de cooperación y acordó la contratación de médicos cubanos en los servicios de salud de México. Ese histórico canal con La Habana es el que trata de preservar ahora Sheinbaum en medio de una tormenta dificil de manejar.








