Messi y los riesgos del “sí” a Trump y el “no” a Biden

Messi y los riesgos del “sí” a Trump y el “no” a Biden


Las imágenes de Lionel Messi junto a Donald Trump superaron los más salvajes sueños de muchos argentinos y no argentinos. Ya fuera a favor o en contra, dispararon toneladas de memes, algo que no es novedad en nuestras sociedades polarizadas, en el mundo del blanco o negro. Pero detrás de esa visita a la Casa Blanca hay bastante más sustancia que lo que sugieren las redes sociales. Hay, por ejemplo, un desprecio a otro presidente estadounidense. Y un innegable, riesgoso y llamativo posicionamiento político, porque el “sí” a Trump se construyó sobre el “no” a Joe Biden.

Messi llegó 14 meses tarde a la Casa Blanca, lo sabe bien Gonzalo Paz, un argentino que vive en Washington y es profesor e investigador en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad de Georgetown, una de las más prestigiosas del mundo.

Eran los días finales de febrero de 2024 y a los demócratas les quedaba menos de un año en el poder, aunque Biden soñara con una reelección que enterraría en el horrendo debate de junio de 2024. Paz fue convocado por la Casa Blanca para escuchar su visión acerca de la relación bilateral con Argentina, en la que Javier Milei llevaba apenas semanas como presidente.

El académico habló bastante e hizo dos propuestas: que un astronauta argentino se sumara a una de las misiones de la NASA y que Messi recibiera la Medalla de la Libertad. Las dos cosas sucedieron, aunque una salió bastante mejor que la otra: Noel de Castro se convertirá pronto en la primera mujer argentina en viajar al espacio. Lo de la medalla, en cambio, fue un fiasco.

“Propuse que le dieran la Presidential Medal of Freedom (Medalla presidencial de la Libertad) a Lionel Messi. Por varias razones, por ser Messi uno de los deportistas más grandes de la historia mundial y porque está viviendo en Estados Unidos. Lo que hace tiene un impacto múltiple en muchas áreas”, dijo Paz a Clarín. “Y hacerlo en el año previo al Mundial y en el año de la Copa América, con los dos torneos jugándose en Estados Unidos, era algo relevante”.

La teoría era perfecta, pero las cosas se torcieron en la práctica.

Biden esperaba a Messi el sábado 4 de enero de 2025, en el corazón del poder de la primera potencia mundial, para entregarle la Medalla Presidencial de la Libertad, un altísimo honor. No hay condecoración más importante para un extranjero en los Estados Unidos, y solo hay tres argumentos para otorgarla: haber contribuido a la seguridad o los intereses nacionales de los Estados Unidos, haber contribuido a la paz mundial o ser autor de iniciativas culturales u otras iniciativas públicas o privadas significativas.

Messi encajaba en el tercer argumento, aunque seguramente Gianni Infantino, presidente de la FIFA, lo ubicaría también en el segundo junto con Trump.

A Biden le quedaban sólo 16 días antes de entregar el poder al republicano. Junto con Messi debían recibir la medalla Hillary Clinton, George Soros, Erwin “Magic” Johnson, Ralph Lauren, Anna Wintour, Bono, Denzel Washington, Michael J. Fox y Jane Goodall entre otros. Diecinueve personalidades y, por primera vez, un argentino premiado.

“¡No está mal el grupo, eh!”, dijo Biden tras entregar 18 medallas. La décimo novena fue hecha llegar días más tarde a Messi, absolutamente ignorado en la ceremonia. El capitán de la selección no sólo rechazó la invitación por “problemas de agenda”, como se explicó en esos días -estaba disfrutando del verano en Rosario-, sino que ni siquiera envió un representante a la cita en la Casa Blanca. Así, su nombre fue borrado, nadie lo mencionó mientras Biden elogiaba a los “iconos culturales, dignos estadistas, humanistas, estrellas del rock y estrellas del deporte” que “alimentan a los hambrientos y dan esperanza a los que sufren”.

Está claro que no era un premio más. El honor que le confería la presidencia de Estados Unidos a Messi en enero de 2025 era exponencialmente mayor que la visita a la Casa Blanca junto a sus compañeros del Inter de Miami de marzo de 2026. Un mundo de distancia entre ambas situaciones.

Messi sonríe junto a Trump en la Casa Blanca. (Valerie Plesch/Bloomberg)

¿Por qué no fue, por qué Messi no disfrutó el momento de recibir un premio que colgó del cuello de grandes de la historia como Martin Luther King, la Madre Teresa de Calcuta, Albert Sabin o Muhammad Ali? La misma medalla que una semana más tarde recibiría el Papa Francisco, con grado de “distinción”, tres meses antes de morir.

Primera explicación: ni él ni sus consejeros entendieron la importancia del asunto. Segunda explicación, decisiva: para el entorno cubano y ultra republicano del Inter de Miami, ver a Messi con Biden era impensable, recibir el premio de un demócrata y sonreír junto a él en la Casa Blanca, una muy mala idea. Mejor esperar a Trump.

De ahí lo sucedido este jueves, cuando Messi ingresó al East Room de la Casa Blanca junto a Trump y Jorge Mas, propietario del Inter de Miami y figura connotada del exilio cubano.

Sonriente, Mas celebraba el doble éxito: su club y el que es quizás el mejor jugador de la historia estaban, al fin, donde él había soñado. En el momento y lugar justo: cerca de Trump y muy lejos de Biden.

Messi tuvo la oportunidad de dos fotos únicas poco más de un año, una con un presidente demócrata y otra con un republicano. Si Biden le colgaba la medalla del cuello en enero de 2025, la ceremonia de este jueves con Trump se hubiera producido de todos modos.

Pero no sucedió, y para mucha gente que lo adora y admira sin límites, ver al gran futbolista de las últimas dos décadas, quizás el mejor de todos los tiempos, sonriendo ante un Trump que hablaba de bombardeos, de guerra, de Irán y de mil cosas más, fue una profunda decepción. Consecuencia, quizás, de la reciente confesión que hizo acerca de uno de sus arrepentimientos: no haber aprendido a hablar inglés.

No es justo ni preciso ese “Diego, te necesitamos”, que se escuchó en estas horas, porque si bien es cierto que Maradona siempre eligió el rincón del débil contra los poderosos, también fue un recalcitrante defensor de las dictaduras cubana y venezolana y eje de importantes bandazos políticos. Tampoco es justa la definición de “hombre minúsculo” que le endilgó a Messi una columnista del sitio brasileño UOL. Pero sí es cierto que Messi, y el futbolista actual, en general, están a años luz de, por ejemplo, aquel Sócrates que lideraba la “democracia corinthiana” durante la dictadura militar brasileña.

Hace un par de años, Rafael Nadal decepcionó a gente que lo amaba tanto como aquellos que aman a Messi, al sellar un contrato con Arabia Saudita y deshacerse en elogios hacia el reino del desierto. Tenía argumentos sólidos para hacerlo, más allá de acordar con ellos o no, pero al dar el paso de salir del deporte y entrar en la política, el español perdió cierta inocencia e inmunidad de la que gozaba. Si Messi no es peronista, como bien claro le quedó a Alberto Fernández en diciembre de 2022, ¿por qué meterse en la batalla ideológica de los Estados Unidos y del desgarrado mundo de hoy?