“Me anda la mitad del cuerpo; sólo me pedís que me ate los cordones y me cagás la vida”

“Me anda la mitad del cuerpo; sólo me pedís que me ate los cordones y me cagás la vida”


Plantearse por qué es una trampa. Una pregunta que cierra, que no abre respuestas. Mauro Giallombardo lo sabe: sería imposible vivir preguntándose por qué le pasó todo lo que le pasó.

Por qué el 13 de noviembre de 2011, mientras peleaban por el triunfo del Turismo Carretera en Balcarce, él esquivó al rezagado Leonel Larrauri pero no así su amigo Guido Falaschi, que murió tras un impacto brutal a los 22 años.

Por qué el 6 de diciembre de 2015, en una competencia de Top Race en Río Cuarto, su auto se prendió fuego y él salió solo con quemaduras en las manos y la cara.

Y por qué el 13 de agosto de 2017 no se murió cuando el Volkswagen Suran rojo que manejaba chocó de frente contra un micro en la Ruta 40, a la altura de Villa La Angostura, aunque en primera instancia lo dieron por muerto.

“Yo me rompí la cabeza mucho antes de chocar”, dice ahora, sentado en la redacción de Clarín.

Llega manejando una Kangoo vieja, la deja en la calle y avanza despacio unos metros. Arrastra todavía las secuelas de aquel accidente que lo tuvo 36 días en terapia intensiva y le cambió el cuerpo y la vida. “Tengo dos placas de polímero en la cabeza. La parte finita que agarrás en el medio es mi cráneo; el resto es todo polímero”, dice, mientras invita a tocarle.

No quedan lujos de aquel campeón de 2012, el segundo más joven en la historia de la categoría -apenas dos años más que Agustín Canapino cuando logró el suyo-. Hoy compra y vende autos y autopartes. Se las rebusca.

La peleo como vos, como cualquiera. No se me cae ningún anillo. Me subo al tren. Además, por el Certificado Único de Discapacidad no pago”, dice. Y se ríe. El humor aparece seguido, quizá como una forma de seguir adelante, a lo largo de una charla de más de una hora.

-¿Por qué decís que te rompiste la cabeza antes de chocar?

-Estaba cansado. No aguantaba más la presión. Mi vida pasaba demasiado rápido.

Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-Fuiste campeón de TC a los 22 años, ¿llegó demasiado rápido?

-Rapidísimo. Yo lo deseé mucho. No sé si hice un pacto con Dios o con el diablo, pero yo dije: “Yo quiero ser campeón del TC”. Y también me llegó demasiado rápido, en el sentido de la madurez que puede tener un pibe de 22. Estaba en mi mejor momento físicamente, estaba fachero. Tenía todo lo que quería: minas, guita, fama. Pensé que todo iba a ser sencillo. Y después las presiones empiezan a aparecer. Las cosas no funcionan tan fácil y aguantar las presiones es lo más jodido, imaginate que pude aguantar la presión de un bondi. Fuera de joda. Tuve una presión intracraneal zarpada.

-¿Hiciste terapia después del choque?

-No. No me fue bien nunca. Tengo psicólogo desde que se separaron mis viejos, a los 6 años. Sé que son importantes, pero nunca di con uno con el que me sintiera a gusto. ¿Mi terapia sabés cuál era? El domingo subirme al auto de carrera. Siempre fui un tipo de hacer. Fijate, después de todo lo que me pasó, que me anda la mitad del cuerpo y parezco Robocop, prefiero estacionar afuera y venir caminando. No sé. Yo siento que los problemas son acorde a cómo cada uno se los toma. La vida te lleva por lugares donde nunca imaginaste estar, ¿no te parece que hay cosas que no tienen la relevancia de antes?

-Y otras veces te quejás hasta que te das cuenta de que es una estupidez. Pero es lo que te sale.

-No te puedo cambiar ni una coma. Yo me recaliento. Imaginate, yo soy manco o rengo, todo junto. Soy discapacitado. Y por ejemplo, hoy cuando se me rompe el auto, yo digo: “La conferencia… ¿justo a mí que corrí toda la vida, que estoy atento?”. Puteo y me enojo hasta que digo: “La concha de mi hermana, si yo ya me morí”.

Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-¿Te costó verte en el espejo?

-Todavía me cuesta acostumbrarme a verme un poco en la tele. No en las fotos. Me cuesta más en el movimiento, porque es distinta mi percepción: se nota más que tengo mi hemiparesia, que tengo un chichón en mi cabeza.

-¿Te tuviste que amigar con la discapacidad?

-Creo que antes era más discapacitado que ahora, je. Para mí la discapacidad es la barrera que cada uno se elije poner, porque no hay límites para los tipos que pueden enfrentarse a cualquier cosa. Creo que una de mis capacidades máximas de todos los tiempos fue hacerme cargo. Nunca hacerme el boludo con lo que me pasaba. Y hablo de todo: en las carreras, el accidente, el video porno, que yo me grabé como un pelotudo.

Giallombardo recuerda un hecho de 2016, cuando se grabó teniendo sexo con una promotora. También participaba otro piloto de TC, pero a él le costó su proyección internacional: el equipo de Stock Car brasileño le rescindió el contrato.

“Pasé muchos momentos que fueron difíciles -repasa-. El momento que me di cuenta de que se había muerto Guido; cuando me separé de mi ex Valentina, que conocí en el hospital; cuando no podía hablar, que dije ‘La quedé, ya fue’ también fue muy difícil. Pero siempre encontré la manera de salir adelante. En este momento, decidir vender mi equipo de TC y estar un poco más lejos de los autos de carrera fue muy difícil. Pero tengo fe de que en algún momento voy a volver a hacer algo donde me sienta realmente el mejor”.

Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Ser el mejor fue lo que lo motivó a meterse en el automovilismo. “Toda la vida corrí, toda la vida fui arriba de un auto de carrera, hasta que el físico no me permitió hacerlo de la manera que yo lo hacía. A diferencia, por ahí, del criterio de tu viejo con lo que le pasó del corazón (vamos a contarles a los lectores que yo lo conozco al Turco Faija, de cuando yo era chiquito y escuchaba las carreras del Turismo Nacional por Canal 13), yo no corrí porque me gustara el automovilismo. Corrí porque probé con el fútbol y era muy malo; solamente era muy corredor, me decían el hijo del viento los pibes. Probé con el básquet, me hubiese defendido con mi metro ochenta, pero era malo, malo. Probé con el tenis, pádel, hasta karate. Y con lo único con lo que salí andando fue con el karting, que me subieron cuando tenía 5 años y gané una carrera en karting de alquiler. Y con el tiempo me di cuenta que lo que a mí me me gustaba era el éxito, era ganar. El éxito es peligroso, a mí me costó caro. Pero me terminé dando cuenta que a mí me gustaba más ganar que correr”, afirma.

-Y lo ganaste todo: TC Mouras, TC Pista y TC, donde debutaste en 2011 y saliste campeón en 2012.

-No gané TC Pista Mouras. Pero porque no existía, era una Copa. De hecho, yo quiero o quise volver a correr TC Pista Mouras para ganar el último trofeo. Pero no me siento físicamente… Por ahí estoy al nivel de decir, bueno, me subo el auto. Pero no sé qué pasa con mi cabeza si se golpea.

-¿Te dijeron algo los médicos?

-Nadie me dijo nada, todos me dicen…

El Volkswagen Suran, en el que viajaba Giallombardo, y el micro con el que chocó de frente.

-Que es imposible que estés acá hablando conmigo.

-Exacto. Todos los pronósticos que me dieron son totalmente distintos a lo que yo tengo. Yo no podía hablar, no podía modular, iba a necesitar terapeuta, acompañante. No iba a poder vivir solo, no iba a poder hacer nada. Y me fui adaptando o cambiando esos pronósticos con el paso de los años. Y un día le pregunté al médico: “¿Qué pasa si yo vuelvo a correr?”. “Mira, subite, intentalo”, me dijeron. “¿Vos me firmás algo si yo me golpeo?”, le dije. Ni en pedo. Nadie me quiere dar su firma para que yo corra tranquilo.

-¿La licencia sí te la dan?

-Yo puedo tramitar la licencia, pero eso no quita que mañana me golpee y un golpe sea igual o peor de lo que es para vos o para un corredor. Y la verdad es que, volviendo un poco para atrás, yo corro porque me gusta ganar. No me subo a un auto para ser 30. Y quiero hacer mi despedida, quiero retirarme y pedir el permiso para correr mi última carrera del TC, pero no para correr un campeonato ni ganar. O sea, me anda la mitad de cuerpo. Solamente me pedís atarme los cordones y me cagás la vida. Va a ser difícil que yo me vuelva a medir con los tipos con los que yo me sacaba la cabeza.

-¿Lo del TC Pista Mouras lo seguís pensando?

-Quiero correr una última carrera de TC. Me gustaría. Y ganar en TC Pista Mouras es algo. Pero un campeonato y estar competitivo yo ya no sé si tengo el mismo hambre que tenía. Mi cabeza, literalmente, no es la misma que a los veintipico.

-Es contrafáctico, pero probablemente no lo hubiese sido tampoco de no ocurrir el accidente.

-No, seguro, pero mi accidente es como la pandemia para la gente. A mí se me aceleró el proceso. Yo tengo hoy, y no es chamuyo, Sabri, eh, 40 años más. Las personas tenemos tres edades: biológica, madurez y experiencia. La suma de las tres dividida tres te da la edad. En mi caso, tengo 36 biológicamente, tengo 16 años de madurez -me encanta comer golosinas y chocolates, soy un eterno adolescente- y de experiencia, por las cosas que me pasaron, no porque me crea un capo, las buenas y las malas, tengo 76.

Así quedó el auto que manejaba Giallombardo en la ruta 40. Foto: Télam

-Dijiste: “El éxito me costó caro”. ¿Por qué?

-Yo siempre digo que soy mi propia trampa. Lo dije mucho antes del accidente. Soy mi propia trampa, por ahí, con el impulso de querer demostrar que las cosas no eran como decía mi viejo. Mi viejo siempre fue mi ídolo y va a ser mi ídolo siempre. Ahora está en una situación delicada, sufre de Parkinson, lo sufre hace muchos años pero ahora más severo. Lo amo como a nada en el mundo. Pero siempre tuvo esa manera de motivarme porque él veía que yo era un luchador, un tipo que sabía que si le tocaban la oreja se iba a calentar. Él me decía: “Para mí esto no lo podés hacer”. Y ahí iba yo a demostrarle que estaba equivocado. Pero también en ese afán de querer siempre superarme, estaba dispuesto a caer en la propia trampa que tendía. Cuando jugás al límite para llegar hasta el límite, si empujás un poquito más hay precipicio. Ojo, desde allá abajo también me las rebusco para poder salir adelante. Siempre me acomodo, a veces con los huesos más torcidos. Pero siempre logré sacarle lo bueno a lo malo que me pasaba. Y mirá que me pasaron un montón de cosas. Hasta con lo de Guido: yo no quería correr más. Fue el único momento.

-¿Por qué? ¿Porque era tu amigo?

-Porque sentí que podía haber sido yo. Y me dije: “¿Qué sentido tiene? ¿Y esto para qué carajo lo hago? ¿Qué lógica tiene?”. No había salido campeón, pero ya había ganado. Creo que tiene mucho sentido por eso: yo quería ser campeón como Guido y lo logramos juntos, al tiempo. Yo lleve todo 2012 el número de Guido en el lateral adentro de mi número. Me pregunté: “¿Qué hubiese hecho este este gordo hijo de puta si hubiese sido yo?”. Yo creo que Guido habría querido que yo siguiera corriendo. Por eso decidí correr. Por eso y porque amaba correr.

-Y porque querías ganar.

-Sí, ni hablar. Eso no cambia nunca. Yo no quiero nunca salir segundo. Otra de mi ídolo, el Flaco Traverso, que cada vez que lo nombre me vas a ver como un boludo tirando un beso al techo, pero es mi promesa, como cuando nombro a Moli (Jorge Molinatti), que era mi representante, muy amigo de un fotógrafo de este diario, Tony Bosco, al que también le tiramos un beso.

-Hablando de muertos, ese día en la Ruta 40 nadie pensaba que estabas vivo; de hecho, te sacan último del auto.

-Todo el mundo pensaba que estaba muerto. Un terapista que me recibió en Bariloche me contó la historia, ese fue el último rescate que hizo el que me sacó. Y me pasó algo más loco: un día me lo encontré al rescatista en una carrera y me contó que él no sé si se había olvidado el teléfono o qué, pero volvió al lugar y dijo: “Miren que el muñeco este no está muerto, tiene pulso”. Ya se iban, porque mi cabeza golpeó contra el parabrisas del bondi, no había chance de que hubiera alguien vivo dentro.

Así quedó el auto que manejaba Mauro Giallombardo en Villa La Angostura.

-Me fui recuperando. Y me pasó que dejé de tener contacto con los que choqué porque me enteré de que me estaban haciendo un juicio, me lo hacían a mí como parte involucrada. Y es verdad que yo manejaba el auto, pero fue un accidente, qué sé yo. El que me salvó la vida o me dio una sobrevida bárbara, y lo quiero nombrar, fue el neurocirujano Raúl Lucaccini, el tipo que decidió abrirme el bocho en Bariloche sin autorización de mi familia, porque dijo este pibe se muere mañana o queda con secuelas neurológicas muy grosas.

-¿Cuánto estuviste sin hablar?

-Choqué en agosto y estuve hasta enero.

Primeras imágenes de Mauro Giallombardo luego de su accidente. Foto: Archivo

-¿Cómo fue estar sin hablar?

-Es lo más loco. Es como estar encerrado en el cuerpo. Me costaba un montón, me enojaba mucho. Tenía que escribir en una tablet. Me volvía loco. Escribía con la mano izquierda. La derecha, que no me anda ahora, imaginate cuando choqué, y la izquierda no me andaba ni la mitad. Aparte, estaba lento neurológicamente. Hasta que mi mano decidía que tenía que ir a la H, a la O, a la L y a la A para decir “HOLA”, pasaba media hora. Yo me enojaba mucho con mi mamá porque mi vieja se atropellaba, me decía: “Mauri, no te entiendo”. Claro, porque capaz, en vez de “HOLA”, escribía “CZLA”, porque yo le escribía lo más rápido que podía con mi discapacidad motriz y mi vieja me decía: “Mauri, no se escribe así”. Y también me presentaba a todos mis amigos, siempre, cada vez que venían.

-Cuando pudiste hablar, ¿qué le dijiste?

-Me acuerdo como si fuera ahora. Estaba en el hospital. Me habían puesto un fonador para que yo hable, muy bajito hablaba, tengo todavía la marca de la traqueotomía. Y un día en el comedor del Fleni, allá en Escobar, le dije a mi vieja, gritando para mí: “Me tenés podrido” (imita su voz con el fonador). Y ella se larga a llorar. Esa fue la primera palabra que dije. Pero pensé que no iba a hablar más yo. Puta madre, adentro de mi cuerpo encerrado.

El recuerdo de la internación, que duró un año, lo lleva a otro momento: un día que pidió que lo dejaran ir al baño un rato solo. “Entonces tenía un solo tatuaje, resiliencia, en el costado izquierdo del pecho. Me lo había hecho el verano ese, en el invierno de Europa, el último viaje que hice con mi hermano Guido, que hace un mes fue papá de Benito, y mi papá. Y me miraba el tatuaje y decía: ‘Yo de esto tengo que salir’. Y siempre encontré la manera de salir del pozo que yo mismo cavaba. Y este fue el pozo más grande que cavé. Si bien quiero dejar esto claro y no me importa mucho lo que digan, las cosas fueron claras. Fue un accidente -reafirma-. Choqué en la ruta. Sí, manejaba yo y no estoy exento a que me pase algo porque yo sepa manejar, como se puede comer un caño Messi, que es el mejor del mundo. A veces las cosas pasan, fue un accidente. Choqué de frente contra un bondi y no murió nadie. Sí, fue un cagadón. Si mirás para atrás, había tenido miles de de momentos donde el destino me había tratado de parar: el viaje había sido planificado una semana antes y el vuelo no salió; iba a esquiar y estaba cerrado así que dije voy a hacer 100 kilómetros hasta Bariloche. Yo vivía a fondo y no había nadie que me parara. Hasta que me pararon. Pero de todo eso fui encontrando la manera de salir adelante”.

-¿Te quedaron menos amigos después del choque?

– Muchos menos. Amigos no me animo a decirte que pasan los cinco. Muchos tipos se me arrimaron porque les servía. Cuando dejé de ser lo que era, desaparecieron. Esa gente no es tu amiga. Tengo amigos de las carreras, por supuesto: Felpa (Juan Pablo) Rossotti y Emanuel (Moriatis). Cuando tenés un quilombo te das cuenta. Solo que a mí se me depuró todo esto con el accidente. Y lo hablé con otros discapacitados y yo no sé si fue tan malo. Soy un agradecido de haber tenido ese accidente. Lo digo porque yo no tengo ni un pelo en la lengua; no lo tenía antes, imagínate ahora. No sé si porque estoy más desinhibido, aunque no creo que sea un tema químico solamente de mi cerebro. A mí me importan las cosas de otra manera, por todo lo que hablamos, y estoy el tiempo que quiero estar con la persona que quiero estar. Empecé a ver las cosas de otra manera. Lógico, hay cosas que no soy el mismo. Ni el aspecto.

Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-Decías que viajás en tren, ¿te reconoce la gente?

-Sí, es muy loco eso. ¿Sabes qué me pasa? Creo que no sé si más que antes. O la gente empatiza más y se anima a hablarme, porque dice: “Mira, este está todo torcido, ahora me animo a hablarle”. Yo me cago de risa.

Mauro Giallombardo hoy: vendió su equipo de TC, sigue en rehabilitación y compra y vende autos

El oriundo de Quilmes estuvo un mes en coma tras aquel accidente vial en Bariloche. Perdió 15 kilos y durante cinco meses no habló. Catorce meses después del choque, se subió a un karting en Zárate y tuvo que esperar tres años años y cuatro meses para acelerar unos metros un TC. Pero con terapia física permanente -a cargo de Orestes Freixes en el Centro Ciner-, su lugar dejó de estar arriba del auto.

La idea del equipo de TC (Escudería G129, que debutó en 2021) fue de su familia. “Pero como que me tiraron un salvavidas de plomo, ¿viste? Pasé de ser cantante de AC/DC y tocar en River a tener que armar un River, que es tener un equipo. No tienen un carajo que ver”, compara.

“Me gustaba manejar porque lo podía hacer más o menos bien. Me gusta tener contacto con las marcas, me gusta el marketing; en eso me manejaba bien. Pero ya tener un equipo… No me gusta el taller, odio la grasa, era histérico arriba del auto también, todo tiene que estar perfecto, simétrico. Soy muy metódico, eso me lo dio el deporte. Ahora que soy manco, yo me pongo ahí y digo: ‘Quiero que lo hagas así’. Y verifico que esté hecho como yo quiero porque no puedo hacerlo. Entonces, peor, doblemente hinchapelotas. Tuve el equipo, me gustó mucho, sentí mucha pasión hasta que me di cuenta que no me veían como un líder. Que no podía liderar a la manada. Que no tenía la autoridad porque no tenía los conocimientos. Entonces la gente no respondía como me respondía cuando estaba arriba del auto”, explica sobre la decisión de vendérselo a Emiliano Spataro.

Foto: Guillermo Rodríguez Adami

“Además de ser mi amigo, es el tipo que me salvó la vida, porque yo no estaba para tener un equipo. Si querés tener un equipo de carrera sin conocer lo que vale una tuerca de un auto, es la manera más fácil de fundirse”, bromea.

Al principio, cuenta, fueron socios. “Le fui delegando lo que él conocía mucho mejor que yo, que era el taller. Y al tiempo yo no me sentía parte -reconoce-. Entonces, quería dar un paso al costado y hablé con él. Paralelamente, ya hacía unos cuantos meses que no podía vivir del automovilismo porque no lograba tener las marcas que necesitaba, cosa que en algún momento espero poder reactivar porque yo tengo pasión por ganar, pero también me gusta el automovilismo, así que quiero conseguir a alguien que pueda llevar las marcas que yo consiga a donde yo creo que tiene que estar, que es adelante. Y fui subsistiendo vendiendo repuestos de auto, comprando y vendiendo autos. A mí me encanta vender, me encanta negociar, descubrí la manera de encontrar adrenalina desde otro lugar”.

Conocedor del ambiente, se pregunta cómo hacen los pilotos para vivir del automovilismo con lo que sale una carrera y especula: “Hoy yo creo que estaría hace mucho tiempo, por más que no hubiese tenido un accidente, abajo del auto o por ahí hubiese encontrado una manera de seguir, pero no sé cómo carajo hacen para juntar la guita que hace falta. Hace muchos años que ya no es armar un auto en un taller. No lo bancás con la peña del pueblo. No existe eso. Hoy cada equipo es una PYME”.

El recuerdo de Guido Falaschi

Después de Balcarce, el TC fue a correr a Buenos Aires y Giallombardo puso a Falaschi en el techo de su auto. Foto: Tony Bosco

Cuesta darle sentido a la muerte. A las de personas jóvenes, aún más. Quienes quedan en este plano, encuentran conexiones con aquellos que lo dejan. A Mauro Giallombardo le pasa con su amigo Guido Falaschi. “Guido es la vuelta de la copa de las viejas”, compara riéndose. Y explica: “Es como mi amuleto. Cuando pierdo algo, yo lo llamo. Le digo: ‘Gordo, tirame un centro que perdí esto’”.

Mauro y Guido se conocieron corriendo; contemporáneos (ambos nacieron en 1989, con menos de dos meses de diferencia), se criaron juntos en los autódromos y también fuera de ellos.

“De Guido Falaschi, el piloto que se mató atrás mío en 2011, siempre digo y lo repito: nunca me voy a olvidar. No por lo que hayamos compartido en pista, porque en realidad nuestra historia es mucho más grande que eso, la conoce mucho menos gente que la que conoce a Guido Falaschi piloto de auto. Siempre digo que las personas mueren solamente cuando son olvidadas. Y así va a pasar con Vito, con Guido. Mientras alguien lo tenga en la memoria…”, afirma.

Su conexión va más allá de una visita al mausoleo de Las Parejas, donde está el cuerpo del piloto que murió en Balcarce a los 22 años y que Giallombardo visitó regularmente hasta hace unos años. “Lógicamente en 2017 no fui porque estaba visitándolo allá en el cielo pero San Pedro me mandó para abajo”, bromea.

Así quedó el auto de Guido Falaschi en Balcarce. Foto Tony Bosco

“Pero yo me acuerdo que iba a visitarlo y cada vez que entraba, se escuchaba el ruido del karting y era el Gordo. Y no porque atrás había un kartódromo de tierra. Hasta que sentí que no estaba más. Son cosas que siento sin poder explicártelo. Yo me di cuenta que Guido seguramente está acá”, confiesa y señala la sala donde transcurre la charla.