Masacres escolares: las historias detrás del dolor

Masacres escolares: las historias detrás del dolor

“No me gustan los lunes”, dijo Brenda Ann Spencer, de 16 años, cuando le preguntaron por qué se apostó en su ventana con un rifle semiautomático calibre 22 y disparó una ráfaga hacia la escuela primaria que tenía enfrente, asesinando a dos adultos e hiriendo a ocho niños y a un policía. Este hecho de 1979, ocurrido en San Diego, California, fue el precursor de las masacres escolares que proliferan lamentablemente en el presente.

La frase recorrió el país como un reguero de pólvora. Tanto es así que, a casi 3500 kilómetros, en Georgia, costa Este del país, Bob Geldof, líder de la banda irlandesa The Boomtown Rats, la escuchó y automáticamente escribió I Don’t Like Mondays, una de las canciones más escuchadas de aquel año en todo el mundo. El crimen de Brenda se volvió una noticia internacional, exactamente lo que ella quería, al menos según sus propias palabras: “Quiero hacer algo grande, como para salir en la televisión”, contó que le había dicho a una amiga.

Brenda, junto a un ataque de terrorismo individual sucedido en 1995 en Oklahoma -que dejó 168 muertos-, sirvieron de inspiración y referencia para quizás el caso más impactante de las masacres escolares en todo el mundo: Columbine.

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El 20 de abril de 1999, Eric Harris y Dylan Klebold, de 17 y 18 años, transformaron la secundaria Columbine en el kilómetro cero de las masacres escolares modernas. Su plan original no era un tiroteo, sino un atentado terrorista: colocaron bombas de propano en la cafetería para matar a cientos, inspirados por el ataque de Oklahoma City. Al fallar los explosivos, iniciaron una cacería armada que dejó 13 muertos y 24 heridos antes de suicidarse en la biblioteca.

La fecha del atentado no fue casual. El 19 de abril —día en el que se ejecutó un supremacista blanco y en el que se conmemora un enfrentamiento armado entre el FBI y una secta religiosa— ya había sido usado por el terrorista de Oklahoma para llevar adelante su ataque. La fecha buscaba sintetizar una suerte de símbolo que declamaba contra el rumbo de la humanidad y un supuesto sentimiento de superioridad del atacante. Los autores de la masacre de Columbine quisieron imitar este gesto, pero tuvieron problemas logísticos con la preparación del crimen y debieron retrasarlo un día.

Lo que cambió el mundo no fue solo la cifra, sino la narrativa. Harris, un psicópata que buscaba la “selección natural”, y Klebold, un depresivo radicalizado, diseñaron el ataque como una producción cinematográfica para la posteridad. Grabaron videos, dejaron diarios y vistieron gabardinas negras, creando una estética que se volvió viral. No fueron víctimas de bullying reaccionando al azar; fueron verdugos que buscaron la infamia global. Instalaron un guion cultural de “venganza de los parias” que, entonces, funciona como un manual de instrucciones para imitadores en todo el planeta.

Desde 1999, la masacre de Columbine se transformó en un virus cultural que infectó a jóvenes bajo el fenómeno conocido como “copycat”. Investigadores de la Universidad de Arizona estiman que cada evento masivo genera un período de contagio donde el riesgo de nuevos ataques aumenta exponencialmente. Los perpetradores no solo imitan la táctica, sino la estética de Harris y Klebold: abrigos largos, guantes sin dedos y el deseo de superar el “récord” de víctimas.

En 2007, Seung-Hui Cho asesinó a 32 personas en Virginia Tech; en su manifiesto mencionó a los “mártires” de Columbine. En 2012, Adam Lanza masacró a 26 personas en Sandy Hook, Nueva Jersey, tras años de obsesión con los detalles técnicos de Colorado. El contagio cruzó fronteras: en 2019, en Suzano, Brasil, dos exalumnos atacaron su escuela vistiendo máscaras y ropas idénticas a las de sus ídolos estadounidenses. Incluso en 2021, en Kazán, Rusia, el atacante se autoproclamó “un dios”, replicando palabra por palabra el delirio de superioridad de Eric Harris. El modelo de Columbine ofrece una identidad empaquetada para el resentimiento; un guion que convierte el suicidio en un acto de terrorismo mediático global que no deja de sumar capítulos.

En Carmen de Patagones, hace 22 años, Junior -un chico de quince años- fue a ver con su amigo Dante, Elephant, la película de ficción basada en la masacre de Columbine. Según Dante, Junior salió del cine y dijo que la película “lo había dejado sin palabras”. Inmediatamente comenzó a imitar a los atacantes de la escuela en Colorado. Empezó a vestir la gabardina como ellos y adoptó parte de su postura corporal y léxico.

“Este va a ser un buen día”, aseguran que dijo Junior el 24 de septiembre de 2004 cuando ingresaba a su escuela. Cerca de las 7:30 AM entró a su salón, se paró delante del pizarrón, metió su mano en un camperón verde que había llevado, sacó una Browning calibre 9 mm y vació el cargador contra sus compañeros sentados. Asesinó a tres alumnos e hirió a otros cinco. Luego se dirigió fuera del aula para cargar de nuevo el arma y seguir disparando. En ese momento, Dante, su único amigo, lo tiró al suelo y le sacó el arma. “¿Por qué hiciste eso?”, le gritó. Junior no paraba de llorar.

A pesar de que el caso de Junior en 2004 fue un trauma nacional que marcó un antes y un después, el sistema de seguridad y la propia dinámica escolar argentina han enfrentado varios intentos de imitación o amenazas que los peritos vinculan directamente con el “efecto Patagones”. En la psicología criminal, esto se estudia como la búsqueda de una validación a través del horror local: para un adolescente argentino en crisis, la figura de Junior es mucho más cercana y “posible” que el despliegue casi militar de Columbine.

El caso más resonante, por cercanía geográfica y simbólica, ocurrió en 2017 en La Plata, dentro del Colegio Nacional Rafael Hernández. Una alumna de 15 años intentó suicidarse en plena clase de Geografía tras dispararse con el arma reglamentaria de su padre, un oficial de policía. Antes del hecho dejó notas y mensajes en redes sociales que aludían a la “liberación” y al desprecio por la rutina escolar. Aunque no hubo víctimas fatales más allá de su propio intento de quitarse la vida, el escenario —el aula frente a sus compañeros— y el origen del arma repitieron con precisión escalofriante el patrón de Carmen de Patagones.

En años recientes, con el auge de las comunidades digitales, las amenazas han mutado hacia lo preventivo. En Santa Fe y Córdoba se registraron múltiples casos de adolescentes detectados por las autoridades tras publicar fotos con uniformes similares a los de Junior o Harris, portando armas de sus padres y advirtiendo que “harían historia”. Estos jóvenes consumen la estética de Patagones mezclada con la de Columbine, creando un híbrido donde Junior funciona como el referente de que “acá también puede pasar”. La justicia argentina debió intervenir en al menos una decena de situaciones en que el plan de imitación fue desactivado antes del primer disparo gracias al monitoreo de redes.

Siguiendo toda esta saga brutal de casos, llegamos a San Cristóbal. “Sorpresa”, gritó G.C., el adolescente de 15 años, antes de asesinar a Ián Cabrera y herir a otro alumno con una escopeta en el colegio Mariano Moreno, de la localidad santafesina. Horas antes había consumido contenido de ataques escolares y participado en foros con esa temática. En su mochila se encontró un croquis de la institución y tres nombres de alumnos que parecen haber sido su objetivo principal. Su única víctima fatal no estaba en la lista: Cabrera simplemente fue al primero que vio después de desenfundar el arma.

Las tres caras del atacante escolar

Para comprender las razones detrás de las masacres escolares, los expertos internacionales -como el psicólogo Peter Langman y el exoficial del FBI Dwayne Fuselier- han abandonado la idea de una causa única. En su lugar, proponen un modelo de convergencia de factores donde el ataque es la etapa final de un proceso de deterioro que suele durar meses o años. No existe un perfil psicológico único, pero sí tres tipologías que explican el por qué” de estos jóvenes.

La primera es la del Atacante Psicopático, cuyo máximo exponente es Eric Harris. En estos casos, la razón no es el sufrimiento, sino un narcisismo patológico. Estos individuos sienten un desprecio profundo por la especie humana y ven a sus compañeros como seres inferiores. Su motivación es el poder, la dominación y la búsqueda de una fama póstuma que los convierta en figuras históricas o “dioses” de la violencia. Para ellos, la escuela es simplemente el escenario con mayor concentración de víctimas para demostrar su superioridad.

La segunda es la del Atacante Depresivo y Suicida, perfil en el que encajan Dylan Klebold y, con matices locales, Junior de Carmen de Patagones. Aquí, la razón profunda es el agotamiento existencial y un odio dirigido hacia uno mismo que termina proyectándose hacia afuera. El ataque se vive como un “suicidio espectacular”. Estos jóvenes no quieren necesariamente ser famosos, sino que quieren que su dolor sea visto y que el mundo se detenga con ellos. La escuela representa el lugar de sus fracasos sociales y, por lo tanto, el sitio lógico para su acto final de desesperación.

La tercera es la del Atacante Traumatizado, que suele provenir de hogares con abusos físicos, sexuales o negligencia extrema, como se observa en los antecedentes de Brenda Spencer o en los datos que surgen del caso actual en San Cristóbal. Estos jóvenes han normalizado la violencia como único método para resolver conflictos. Para ellos, el ataque es una respuesta defensiva distorsionada: golpean al mundo antes de que el mundo termine de destruirlos a ellos.

Los expertos señalan tres factores del entorno que actúan como dinamizadores de las masacres escolares:

El guion cultural de Columbine: la existencia de un “manual” estético y táctico disponible en internet permite que un joven en crisis encuentre una forma de canalizar su odio. Ya no tienen que inventar nada; solo tienen que imitar.

La falla de la mirada adulta: casi todos los atacantes dan señales previas, conocidas como leakage o filtraciones. Son comentarios en foros, dibujos en cuadernos o amenazas que el entorno minimiza. La masacre ocurre cuando esa filtración no encuentra una respuesta institucional que contenga al joven.

El acceso al arsenal simbólico: no se trata solo de la disponibilidad de armas, sino de lo que el arma representa para el adolescente: el paso instantáneo de la impotencia absoluta al poder total. El arma compensa la falta de identidad y les otorga, por unos minutos, el control sobre la vida y la muerte de los demás.

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En resumen, las masacres escolares son el resultado de un encuentro letal entre una patología previa, un entorno fallido y un modelo cultural de violencia que ofrece una salida épica a un sufrimiento privado. El atacante no nace: se construye en el vacío que dejan la familia, la escuela y la sociedad.

LT