En abril, mes atravesado por la memoria de Malvinas, la guerra vuelve a pensarse desde quienes la vivieron. La Guerra de Malvinas fue de barro, turba y acero frío. Para los 23.000 argentinos que cruzaron al archipiélago, el conflicto se dividió en dos: la guerra que planeaban los generales en Buenos Aires y la que vivieron los soldados en los pozos de zorro. A 44 años, los testimonios de quienes estuvieron en el puente de mando, en el aire y en la primera línea de infantería reconstruyen un mapa de dolor, pero también de una dignidad que el silencio oficial intentó, sin éxito, sepultar.
La tecnología nuclear británica se enfrentó a la resistencia de una generación de jóvenes valientes que, en pocos días, debió aprender a morir y a matar en el confín del mundo.
De un día para el otro pasamos de ser conscriptos a estar en una guerra real, con todo lo que eso implica”.
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Roberto Grill dejó La Pampa a los 15 años para ser radarista. En abril de 1982 vigilaba el horizonte desde el puente de mando del Crucero General Belgrano, sin saber que terminaría desafiando a la muerte durante 34 horas en una balsa a la deriva, usando su propio cuerpo como única fuente de calor. En ese mismo mar, el guardiamarina catamarqueño Fernando Bernabé Santos preparaba una pacífica campaña antártica como contador del ARA Bahía Paraíso. La guerra lo obligó a transformar su buque logístico en un hospital flotante.
Liliana Colino era parte de la primera promoción de mujeres militares, la enfermera que se convirtió en la única mujer en pisar las islas, que voló a ras de las olas en la bodega gélida de los Hércules C-130 monitoreando signos vitales a oscuras para arrebatarle heridos a la muerte en vuelos nocturnos de evacuación.
En la piedra sólida de los cerros, Luis Alfonso Cabral, un misionero que reparaba aires acondicionados, y Daniel Santos Rojas, un joven correntino criado en el campo, pasaron de la humedad del Litoral al viento que corta la cara en los montes Dos Hermanas y Harriet. Allí, Luis tuvo que cargar el cuerpo de su compañero decapitado por una bomba antes de enterrar su cañón para seguir tirando con un FAL, mientras Daniel, acostumbrado a las privaciones del rancho, aprendía a encender pastillas de alcohol dentro de su propio casco para no morir congelado mientras esperaba una comida que nunca llegaba.
Estas vidas se entrelazaron en el espanto y el coraje. Amado Monzón pasó de la artillería en la Península Camber a un regreso oculto por la desmalvinización. Claudio Domínguez cambió los cables de comunicaciones del destructor ARA Seguí por un micrófono de radio para que ninguna de estas historias se pierda. Juntos, reconstruyen hoy un mapa de dolor y dignidad.
En abril de 1982, miles de jóvenes argentinos llegaron a las islas sin entender del todo qué iba a pasar. El 1 de mayo cambió el escenario. Ese día, la aviación británica bombardeó posiciones argentinas en Puerto Argentino. Fue el inicio formal de los combates. El 2 de mayo de 1982, a las 16:01, el escenario cambió para siempre. El submarino nuclear HMS Conqueror disparó dos torpedos Mk-8 contra el Crucero ARA General Belgrano.
El primer impacto cercenó la proa; el segundo golpeó la sala de máquinas. En menos de una hora, el gigante de acero se inclinó hacia su banda de babor y 323 marinos pasaron a la inmortalidad, la mayoría atrapados en las entrañas del buque que se hundía en aguas de 4.000 metros de profundidad.

Pilotos y tripulaciones argentinas salieron a buscar sobrevivientes en condiciones límite. Volar en esa zona implicaba enfrentar tormentas, visibilidad reducida y el riesgo permanente de nuevos ataques.
Roberto Grill, operador de radar, era uno de los cuatro hombres en el puente de comando. “Ayudamos a los compañeros que no podían salir. Aprendí más en 34 horas arriba de una balsa que en toda mi vida. Nos daban 9 horas de vida por el frío, pero estuvimos 34 abrazados, llorando y dándonos calor con lo que el cuerpo elimina. Sobreviví porque me acordé que no le había dicho las veces necesarias a mi mamá que la quería. Ahí entendí que la forma más cercana de salvar a otro es abrazarlo, porque así se juntan los corazones”, contó a PERFIL.
El buque se hundió en 20 minutos. Grill terminó en una balsa para 16 personas, enfrentando olas de 12 metros y una temperatura que congelaba.
Sobreviví porque me acordé que no le había dicho las veces necesarias a mi mamá que la quería”.
Mientras el Belgrano desaparecía, comenzaba una epopeya de supervivencia biológica y heroísmo logístico. La respuesta argentina fue inmediata. Pilotos de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración y tripulaciones de búsqueda salieron a peinar el mar en condiciones límite.
Fernando Bernabé Santos tenía 23 años en 1982. Era guardiamarina, catamarqueño, contador de especialidad, y estaba embarcado en el ARA Bahía Paraíso, un buque logístico que había terminado la campaña antártica y que, en plena guerra, fue reconvertido en buque hospital. Así recuerda el impacto de llegar a la zona de rescate el 4 de mayo: “Las primeras diez balsas que encontramos estaban vacías. Recién a las 10:30 empezaron a aparecer los hombres. Estaban devastados, con los uniformes pegados al cuerpo por el frío y las quemaduras. El mar se los estaba llevando hacia las islas Sándwich del Sur, rescatamos balsas que habían derivado más de 100 kilómetros”.

El ARA Bahía Paraíso rescató a 89 tripulantes del ARA General Belgrano: 71 con vida y 18 fallecidos. El buque, reconvertido en hospital, contaba con salas de terapia intensiva y un equipo integrado por médicos, personal de sanidad y cocina que intervino en la atención de los sobrevivientes, que habían resistido 34 horas a la deriva.
Liliana Colino: “¿Le podés escribir una carta a mi mamá?”
En el imaginario de 1982, las mujeres no tenían lugar en el frente, pero el destino de Liliana Colino no aceptaba un “no”. Como parte de la primera promoción de mujeres militares de la Fuerza Aérea, la entonces Cabo Principal cambió su realidad de enfermera por la bodega de los C-130 Hércules. Su misión era el puente aéreo sanitario: la única vía de escape para los heridos que el frente ya no podía estabilizar. Eran misiones al límite, volando a ras de las olas y en un silencio de radio absoluto para evadir los radares ingleses.
“Los vuelos eran exclusivamente nocturnos y a oscuras. El Hércules no aterrizaba; carreteaba todo el tiempo porque si se detenía era un blanco fácil. Bajaba la ‘panza’ del avión y subíamos a los pacientes con las ambulancias marchando a la par, a la misma velocidad del carreteo”, relató a PERFIL.
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En ese caos de motores, volando despresurizada para no ser detectada, debía monitorear hemorragias y paros cardiorrespiratorios mientras se convertía en el último nexo emocional de los jóvenes soldados. Al llegar a Comodoro Rivadavia, Liliana realizaba el triage y escuchaba sus confesiones: “Me decían: ‘¿Le podés escribir una carta a mi mamá?‘ y lo que más me marcaba era que el 70% pedía volver porque allá habían quedado sus hermanos”.
Hoy, médica veterinaria de profesión, Liliana convive con un sistema inmunológico bloqueado por las secuelas de aquel estrés extremo. Sin embargo, su postura frente a la soberanía es firme: se niega a volver a las islas mientras deba presentar un pasaporte extranjero. “Yo tuve el honor de ir cuando las Malvinas eran argentinas. Malvinas me cambió la vida, me enseñó que la vida es un segundo y que hay que aprovecharlo”.
Los montes de la resistencia
Hacia junio, la guerra se decidió en los cerros que rodean la capital. Batallas como las de Dos Hermanas, Harrier y Tumbledown fueron el escenario de la infantería.
Allí, el soldado Luis Alfonso Cabral, del Regimiento 4, vivió el horror: “Mi rol era ayudante de apuntador del cañón Instalaza. En un bombardeo, la tercera bomba le pega directo a mi compañero. Diez minutos antes estábamos tomando una chocolatada que él preparó. Tuve que bajar de la montaña a mi hermano de armas, sin cabeza”. Tras el impacto, Luis enterró su cañón para que no fuera trofeo inglés, tomó el FAL de un caído y siguió combatiendo como tirador.
Para Daniel Santos Rojas, el enemigo también fue la desidia logística. Mientras los depósitos de Puerto Argentino rebosaban de víveres, a la primera línea, a 30 kilómetros, no llegaba nada por el bombardeo constante. “Comíamos un trozo de carne hervida —si había— entre cuatro. Hacíamos rendir un puñado de arroz en una lata”. En el pozo de zorro había que moverse lo justo para no perder calor y mantenerse despierto para no morir. “No sentía las manos para raspar el fósforo. Me puse una manta en la cabeza y logré encender una pastilla de alcohol dentro del casco para calentar los pies. Si no lo lograba, me moría esa noche”, recuerda Daniel.

La diferencia entre la vida y la muerte la marcó el origen. Estos hombres, criados en los montes y esteros del Litoral, traían consigo una escuela de supervivencia que ningún manual militar pudo igualar. El conocimiento del terreno, la resistencia a las privaciones y la capacidad de “leer” el clima fueron sus armas invisibles. Esa identidad montés, forjada en la vida rural antes de la guerra, fue lo que les permitió transformar el pozo de zorro en un último bastión de resistencia, allí donde la logística oficial los había abandonado a su suerte.
La “desmalvinización”: la guerra después de la guerra
El 14 de junio cesó el fuego, pero comenzó el ocultamiento. Amado Monzón, del GADA 101, relata a PERFIL el operativo entre sombras. “Nos hicieron firmar un papel de que no podíamos hablar. Nos llevaron de noche, nos escondieron para que la sociedad no viera cómo volvíamos: flacos, sucios y barbudos. Querían ocultar el hambre y los maltratos de algunos superiores”.
Claudio Domínguez, veterano de Malvinas y comunicador, lleva más de 900 emisiones de su programa Destino Malvinas, dedicado a reconstruir testimonios. Define este proceso como una política de Estado: “Hubo 9 años de desmalvinización oficial. Los políticos quisieron despegarse de la derrota y culpar a los soldados”. Esta etapa alimentó una tragedia paralela: la tasa de suicidios en posguerra que hoy se equipara a la de los caídos en combate.

Darwin, “el lugar más sagrado de la Argentina”
Para muchos, como Cabral o Rojas, la única medicina para “sacarse la mochila” ha sido volver a pisar las Islas Malvinas. Aunque el pasaporte es una espina clavada y un trámite doloroso, el destino final es siempre el Cementerio de Darwin, al que definen sin dudar como “el lugar más sagrado de la Argentina”.
Hoy, buena parte de los veteranos recorren escuelas, participan en charlas y encuentros en centros culturales, y construyen desde ahí una forma de enseñanza desde la experiencia directa. En Corrientes y otras provincias, ese trabajo se sostiene además con políticas públicas que promueven la memoria y el vínculo con las nuevas generaciones.
“Hay que aprovechar que todavía estamos. Después, la historia la van a contar otros“, insisten. Domínguez concluye: “La historia de Malvinas no es una sola; cada uno vivió su guerra, pero todos dieron mucho más allá del deber. Éramos inmortales porque creíamos en lo que hacíamos”.
ML







