Los dinosaurios siguen aquí | Perfil

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El 22 de marzo de 1969 el biólogo y fisiólogo estadounidense George Wald (1906-1997), premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1967, escribía en la revista The New Yorker un artículo en el que señalaba: “Estamos ante una generación que no se encuentra por ningún medio segura de poseer un futuro”. Había pasado medio siglo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual la humanidad vislumbró la posibilidad de su final como especie. Quedaban atrás los años en que, aun con la Guerra Fría de por medio, se había expandido en Occidente el estado de bienestar y, con él, una mirada optimista acerca de la posibilidad de vivir en armonía, en una atmósfera de optimismo económico, científico, tecnológico y social que finalmente sería un parpadeo entre dos oscuridades. Lo ominoso volvía a anunciarse. Sarajevo, Camboya, Ruanda, por ejemplo. “Sucesos horrendos que desesperadamente tratamos de entender, pero con los que no nos podemos reconciliar”, según escribió el filósofo Richard J. Bernstein (1922-2022) en su valioso trabajo titulado El mal radical.

Hoy, treinta años más tarde de aquellas palabras de Wald, a los “sucesos horrendos” mencionados por Bernstein se deben agregar Ucrania, Gaza, Irak, Afganistán, Sudán y ahora también Irán en una lista incompleta e interminable de masacres que se suceden como si se tratara de un fenómeno natural en el devenir humano. Cada cierto tiempo algún atisbo de racionalidad ilumina como un relámpago el cielo oscuro del odio y la intolerancia y, acaso debido al instinto de supervivencia, surgen intentos de convivencia bajo reglas, leyes, normas y acuerdos entre los países, como la Sociedad de las Naciones en 1916 y las Naciones Unidas en 1946. En poco tiempo (en el reloj de la historia las décadas son segundos) estos organismos se muestran estériles y la pulsión de guerra, que es pulsión de muerte, reaparece voraz. Brotan los Hitler, los Stalin, los Mussolini, los Trump y sus socios actuales, que convierten a la violencia en un denominador común en el tablero de las naciones, como señalaba Hannah Arendt en su ensayo Sobre la violencia. Los acuerdos, los tratados, las normas y los códigos se violan, las vidas segadas por millares son simples “efectos colaterales”, el mundo se convierte en un vasto páramo sin ley donde rige, sin embargo, una única ley. La del más fuerte, la de la selva. Aunque este último calificativo es quizás injusto, porque incluso los animales en la selva responden a leyes naturales con sus comportamientos. Y no tienen deberes morales, como aquellos que los humanos incumplen y violan. Se suele decir (y olvidar) que en estas matanzas la primera víctima es la verdad, y así es, ya que las razones que sus impulsores suelen esgrimir para justificarlas no tardan en revelar su falsedad.

“Coincido con Hannah Arendt, Hans Jonas y Emmanuel Lévinas (así como con muchos otros, incluyendo a Theodor Adorno) en que Auschwitz significa una ruptura y un quiebre con la tradición, y que después de Auschwitz tenemos que repensar el sentido del mal y la responsabilidad humana”, reflexiona Bernstein. Eso no ocurrió. Auschwitz y su significado como consecuencia y epítome del mal radical es una referencia cada vez más lejana e ignorada. Como la Gorgona, la oscura energía que la hizo posible reaparece bajo otras formas y otros nombres. Cada vez que despertamos el dinosaurio sigue aquí, como en el relato del hondureño Tito Monterroso (1921-2003). Solo que, gracias a una tecnología perversa, cuenta con medios cada vez más letales para sembrar el planeta de cadáveres y darle la razón a George Wald cuando dudaba de que hubiera un futuro.

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*Escritor y periodista.