Lobo Antunes contra la noche oscura

Lobo Antunes contra la noche oscura

António Lobo Antunes era un lector fanático del gran poeta Dylan Thomas. Recitar de memoria algunos de sus versos le cambiaba la cara. Readaptó, de hecho, uno de los títulos del galés para uno de sus propios libros: No entres tan deprisa en esa noche oscura. El frágil y fuerte poema de Thomas está dedicado a la muerte de su padre. Podría invocarse esa misma línea para contrarrestar la noticia que llegó esta mañana desde Lisboa. En todo caso, para interpretarla como dirigida por el propio Lobo de niño -a quien tanto evocó en sus escritos- al oso macizo y silencioso que fue el portugués durante sus últimas décadas. Alguna vez al que fue en su niñez de esta manera y en tiempo presente: “Sólo conoces el sol y pocas voces, algunos rumores esenciales, el agua, las hojas del olmo a las seis de la tarde, el regreso de los rebaños confundido con el peso de silencio de tu padre”.

Difícil creer que se engañara: Lobo Antunes era un poeta que se hacía pasar por novelista. Un astuto infiltrado, un honesto estafador. Ahí están para demostrarlo sus ficciones no programadas Esplendor de Portugal, Yo he de amar una piedra, El orden natural de las cosas, La muerte de Carlos Gardel, En el culo del mundo y, en no menor medida, sus preciosos volúmenes de crónicas, acaso la mejor puerta de entrada a su mundo. Lo blanqueó en un texto titulado “Receta para leerme”: “Las que por comodidad he llamado novelas, como podría haberlas llamado poemas, visiones, lo que se quiera, sólo se entenderán si se las toma por otra cosa. Las personas tienen que renunciar a su propia llave, la que todos tenemos para abrir la vida, la nuestra y la ajena, y utilizar la llave que el texto le ofrece”. Era una manera elegante y cortés de pedir paciencia.

Desobediente de la puntuación tradicional, en la página sus frases avanzan a fuerza de tangentes y digresiones, de fustazos de recuerdos que nunca terminan de arder: “La infancia es el lujo de quien posee tiempo para haberla tenido”. Mediante una evidente concentración sobrenatural al escribir, Lobo suelta una gracia rítmica, escandida y a la vez torrencial, que disimula la desesperación de exorcizar varios pasados. En sus libros el posicionamiento del narrador -a menudo una mujer, acaso como cortina de humo de su remontarse autobiográfico- es siempre de una entereza clara, anacrónica, indispensable..

Durante décadas, escribió doce horas por día lo que prefirió llamar “epopeyas líricas” (prometidas ya desde sus largos y líricos títulos). Ese sueño había arrancado temprano, a los siete años. Al poco tiempo hacía periódicos, por él escritos e ilustrados y que él mismo vendía. Aprendió el rigor de juzgarse cuando a los doce años le mostró unos sonetos a su madre: “Debían de ser malos, porque recibí la mirada de pena que se concede a los lisiados y a los tontos irremediables”.

Nunca renegó de sus lecturas de Sandokán, como tampoco de las posteriores, igualmente decisivas: Felisberto Hernández, Lezama Lima, Juan Benet, Mijaíl Bulgákov, William Gaddis, Malcolm Lowry. La ironía estaba inscripta en su genética: “Admiro a la gente que escribe libros, como si yo nunca hubiera escrito uno”. Y cierto humor no estaba proscripto en su prosa encendida; al principio de En el culo del mundo reciben al lector “avestruces idénticas a profesoras de gimnasia solteras, pingüinos torpones con juanetes de conserje, cacatúas de cabeza ladeada como contempladores de cuadros”.

Como se dice de los apasionados, le corría sangre por las venas. Más allá de que, de joven, había visto correr sangre de otra manera, en la guerra de Angola. No salió del todo ileso de ese trance pero tampoco herido de muerte. Ejerció durante décadas como psiquiatra en el Hospital Miguel Bombarda de Lisboa. Allí mismo tenía su oficina para escribir, en letra mínima, manuscritos atiborrados de incisos e inserciones, más que de tachaduras. Así atravesó este simpatizante del Benfica y de la cercanía del mar la bella, detenida, sufrida y pantanosa Portugal del siglo XX, y un cuarto de este siglo más despejado en aquellos cielos.

Lobo Antunes sabía despedir a sus más queridos, y no sólo en crónicas con aire de obituario. En su obtusa voluntad de renombrar el mundo, podría decirse que sus novelas no son otra cosa que molinos de la memoria que giran y giran hasta limpiar sus aguas de todo sedimento venenoso, hasta poner en su sitio el mobiliario familiar. Al recordar al jardinero de sus padres anotó: “Nació en São Martinho de Anta, me llamaba “-Niño”, y era mucho más elegante de alma que yo, de una delicadeza (iba a escribir aristocrática, escribo artistocrática) que no he poseído nunca: estoy hecho de cardos y hay palabras que dejé secar dentro de mí o las secó la vida”.

El autor de Manual de inquisidores nunca dejó de ser -valga el juego de palabras- un Lobo estepario: “Acerca de mi rechazo a integrar la comitiva portuguesa a la Feria del Libro en Alemania… Los grupos existen porque existen debilidades individuales. No tengo nada contra aquellos que se juntan, siempre que no me pidan que me junte a ellos”. Hablaba poco, pero no se callaba.

Fue, junto a su amigo João Cardoso Pires, Agustina Bessa-Luís y Antonio Tabucchi, de los escritores más interesantes del último medio siglo de la literatura portuguesa. (La militancia vociferada de José Saramago era materia ideal para la ceguera de la Academia Sueca). Cardoso y Lobo se repartían la mesa: el primero se aferraba a su lamparón de whisky y el segundo a su inmaculado vaso de abstemio. Se decían “amigo de infancia a primera vista”. La vida es bien extraña en los momentos más simples. Ante un libro, por ejemplo.