Lidiando con Trump a ambos lados del Atlántico

Lidiando con Trump a ambos lados del Atlántico

La reunión de Gustavo Petro con Donald Trump acabó bien, según ambos mandatarios, después de meses de enfrentamientos. El presidente colombiano, junto a otros como Claudia Sheinbaum, ha demostrado que plantar cara a Trump —dentro de las posibilidades que permiten las fuertes dependencias de ambos países respecto a Washington— sale más rentable que la adulación practicada por Ursula von der Leyen o Mark Rutte.

Las declaraciones conciliadoras de Petro y Trump tras su reunión en la Casa Blanca el pasado martes eran impensables hace solo unas semanas, cuando parecía inminente una intervención militar contra Colombia del estilo de la sufrida por Venezuela. Petro ha desplegado una fuerte retórica antiimperialista frente a Trump, pero a la vez ha hecho discretamente cesiones a Washington, como colaborar en su lucha contra la inmigración irregular y reanudar los bombardeos contra grupos armados relacionados con el narcotráfico, una práctica que Petro criticó en el pasado. Concesiones difícilmente evitables por parte de un país que destina a Estados Unidos el 30% de sus exportaciones y que depende de su cooperación de seguridad para enfrentarse a los grupos armados ilegales que asedian al Estado.

Una táctica similar ha seguido la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, cuyo país tiene una dependencia económica respecto a Estados Unidos aún mayor, por el tratado de libre comercio de Norteamérica. México fue una de las principales víctimas de la ofensiva comercial de Trump en 2025, que amenazó al país vecino con aranceles del 30% que habrían hundido la economía mexicana. Mientras mantenía una retórica nacionalista, Sheinbaum aceptó enviar 10.000 soldados a la frontera para evitar el paso de migrantes. El envío de petróleo a Cuba ha sido otro episodio de los tira y afloja entre ambos presidentes. Las opiniones públicas colombiana y mexicana han respondido favorablemente a los equilibrios de Petro y Sheinbaum ante Trump. Ambos, junto a Lula, han liderado los infructuosos intentos de articular una respuesta latinoamericana unitaria frente a Washington.

En el campo contrario está Ursula von der Leyen, cuya humillación en el campo de golf de Trump en Escocia, en julio de 2025, todavía resuena en los pasillos de Bruselas. La presidenta de la Comisión Europea —que hasta la amenaza de invadir Groenlandia apenas había respondido a los ataques de Trump— volvió de Escocia con un pacto comercial que todo el mundo en Europa consideró una imposición. Tanto que el Parlamento Europeo ha acabado suspendiendo la aprobación del acuerdo, después de las amenazas contra Groenlandia. La foto donde Von der Leyen posaba con la sonrisa congelada y el pulgar en alto, copiando el estilo del magnate, se convirtió en el símbolo de la humillación de una élite europea desorientada ante los giros de Washington. También pertenece a este grupo Emmanuel Macron, que alterna declaraciones contundentes con súplicas discretas para que el republicano vuelva al redil euroatlántico, como evidenció el mensaje del presidente francés que el republicano filtró. Pero quien más ha destacado en la adulación a Trump ha sido el secretario general de la OTAN, Rutte, que le envía cariñosos mensajes llamándolo “daddy” mientras el presidente estadounidense amenaza con atacar a un país miembro de la Alianza Atlántica.

Plantar cara a Trump, con prudencia pero con firmeza, ha sido hasta ahora más efectivo que adularlo porque, como buen bully, el magnate parece disfrutar hundiendo a quienes muestran debilidad. Pero todo esto es solo táctica, respuestas reactivas a los incesantes e imprevisibles ataques del republicano; sigue faltando una estrategia de quienes eran aliados de Estados Unidos y ahora son rivales, en América Latina y Europa. Ambas regiones están divididas entre los gobiernos quintacolumnistas de Washington (Hungría, Argentina, Chile…), los que han intentado resistir de alguna manera (Colombia, México, España respecto al gasto militar) y una mayoría desorientada: las recientes visitas de líderes europeos a China sugieren que las élites europeas por fin han entendido que la ruptura de la amistad transatlántica va en serio, pero siguen alimentando la dependencia respecto a Washington, comprándole armas y energía.

Quizá sea el momento de establecer alianzas entre los gobiernos de Europa y de América Latina dispuestos a defender la soberanía de los Estados frente al imperialismo desbocado del republicano. El comunicado conjunto de Brasil, México, Colombia, Chile, Uruguay y España rechazando el ataque estadounidense contra Venezuela fue un paso interesante en esa dirección, pero solo con declaraciones no se detendrá a Trump.