Leonardo DiCaprio, el controvertido pero adorable último patriarca de Hollywood: “¿Qué tendría que hacer para dejar de gustarme?” | ICON

Leonardo DiCaprio, el controvertido pero adorable último patriarca de Hollywood: “¿Qué tendría que hacer para dejar de gustarme?” | ICON


Toni Cade Bambara, la activista que introdujo en el debate contemporáneo el concepto de corrección política, no sabría qué pensar de Leonardo DiCaprio. Comprometido con el medio ambiente, progresista, presunto feminista, antirracista y filántropo, DiCaprio se reúne con el Papa para hablar de inmigración y retos climáticos, viaja a Indonesia para denunciar la política de tierra quemada de los productores de aceite de palma, se gasta 43 millones de dólares en proteger los bosques de mangle de las islas Galápagos y dedica otros 15 millones a campañas en favor de los pueblos nativos estadounidenses.

Por otro lado, tal y como le reprocha Scaachi Koul en un encarnizado artículo en Slate, recorre el planeta en jets privados que contaminan más que algunas repúblicas centroafricanas, “se pasa la vida a bordo de la flota de superyates de su íntimo amigo Jeff Bezos” y sigue cultivando su reputación de mujeriego inmisericorde, siempre del brazo de supermodelos al que saca varios lustros.

Si alguna coherencia hay que reconocerle, según remata Koul, es que lleva 35 años reivindicando el derecho a no ser coherente, a vivir según sus propias reglas, sin hacer concesiones ni pagar peajes. Lo fascinante en su caso es que toda una vida dedicada a ignorar con olímpico desprecio las reglas de conducta ajena no parece haberle pasado factura. Ni siquiera en esta era de hiperescrutinio feroz dentro y fuera de las redes sociales.

La autoindulgencia, la gradual desconexión de la realidad y el estilo de vida desmesurado y tóxico que han arruinado (en parte) la reputación de Johnny Depp y otros ídolos caídos de la generación X apenas han hecho mella en la de DiCaprio, por mucho que él haya incurrido en riesgos reputacionales no muy distintos a los de Depp. El caso es que Leo lleva desde los primeros noventa gritándole al mundo que estos son sus principio y el mundo ha acabado comprando ese producto contradictorio, a ratos aborrecible pero casi siempre genuino, con una fascinación reticente, casi culpable. Su última aparición en los Oscar, con bigote, un rostro envidiable pero natural, sin muestras obvias de intentos desesperados de rejuvenecimiento, un cuerpo que no sigue la dictadura actual del crossfit y un rostro siempre relajado, casi irónico, lo demuestra: DiCaprio es tal vez el último patriarca de Hollywood, legítimo heredero de aquellas estrellas (Bogart, Grant, Stewart o Wayne) que se mantenían al margen de controversias o sabían sortearlas con encanto.

El otoño del patriarca

Lo reconocía hace unos años la redactora de la edición estadounidense de Vogue Jennie Hyman: “Me sigue gustando Leo DiCaprio a pesar de mí misma”. Es más, reconocía Hyman en un rapto de sinceridad dolorosa, “ni siquiera me imagino qué tendría que hacer para dejar de gustarme”. Le amamos, sugería la periodista, porque seguimos viendo en él al Jack entusiasta, vulnerable e imberbe de Titanic. Pero tambien porque el hombre barbudo, contradictorio y displicente en que se ha convertido nos parece un digno heredero de Jack. Y porque, concluye Hyman, “amar a alguien, en la pantalla o fuera de ella, consiste en estar dispuesta a que te lleve a lugares a los que no querías ir”.

Por supuesto, no todo el mundo es igual de indulgente. Arwa Mahdawi, en The Guardian, argumentaba no hace mucho que la insistencia de muchos hombres poderosos en tener relaciones con mujeres mucho más jóvenes que ellos no deja de ser un molesto resabio patriarcal que no merece ninguna indulgencia. “Leo”, le exhortaba Mahdawi, “¿por qué no sales con alguien de tu edad?”.

A la periodista le parecía poco menos que un ultraje que DiCaprio hubiese roto su relación con la modelo Camila Morone poco antes de que ella cumpliese 25 años, una línea roja, siempre según Mahdawi, para un hombre “que solo parece sentirse cómodo con mujeres con el córtex prefrontal no del todo formado”, tal vez porque no busca compañeras de vida, sino “admiradoras o discípulas”. Pero lo que de verdad soliviantaba a Mahdawi es la complicidad mastuerza y machirula que la ruptura suscitó en las redes sociales. Bromas como: “Titanic cumple 25 años y Leo lo celebra de la mejor manera posible: buscándose otra novia menor de 25”.

Para June Kirri, en Medium, da igual que DiCaprio se haya especializado en ofrecer experiencias vicarias a hombres bastante menos atractivos que él (las novias trofeo a los que no pueden aspirar, las relaciones de adoración asimétrica que nunca podrán tener): es el Jack de Titanic y, además, tiene todo el derecho a hacer lo que quiera con su vida: “De acuerdo, le gustan las mujeres jóvenes y bonitas. ¿Y qué?”. Incluso remata su reflexión poniendo las cartas sobre la mesa: a ella también le gustan los hombres “jóvenes y guapos”, pero se han convertido en un lujo que ya no puede permitirse.

La soledad de los números primos

Stacy Lee Kong, en Friday Things, opina pese a todo que la vida privada de ese señor cincuentón que hace películas en Hollywood sí debería preocuparnos, porque es un síntoma, y uno más bien preocupante. A Kong le resultaba chocante que la breve relación entre DiCaprio y la modelo israelí de 19 años Eden Polani se convirtiese en su día en objeto de mofa, befa y rechifla en medios y redes. Bromas, por lo general, cómplices con DiCaprio y crueles y desconsideradas con Polani.

Kong va un paso más allá e introduce un gráfico, bastante curioso, sobre la vida sentimental y sexual de DiCaprio del que se deduce que dejar a sus novias cuando están a punto de cumplir 25 años es una pauta de comportamiento y no algo que ocurrió por casualidad en el caso de Camila Morone. Una pauta, en cualquier caso, que ya se ha roto, porque su actual pareja, Vittoria Ceretti (italiana y, por supuesto, modelo), está a punto de cumplir los 28.

La pregunta, en cualquier caso, es por qué DiCaprio ha conseguido sobrevivir a crisis reputacionales que pulverizarían la carrera de cualquier otro personaje público. Cuando se le acusa de ser una celebridad que se aprovecha de su posición y de la candidez de mujeres muy jóvenes, no responde, pero sí admite, a modo de explicación indirecta, que “emocionalmente” se siente “un hombre de 35 años”, de ahí su síndrome de Peter Pan. Cuando se afirma sin ambages que su nombre aparece en varias ocasiones en los papeles de Epstein, no responde. Cuando se le acusa de invertir el dinero que se le cae de los bolsillos en el proyecto de hotel de lujo de una compañía israelí en plena invasión de Gaza, no responde. Cuando se le echa en cara su intensa relación con Jeff Bezos, en cuya fastuosa boda apareció, con su sempiterna gorra de golf, sus americanas holgadas y sus cigarrillos electrónicos, rodeado de los propietarios de las compañías más contaminantes del planeta, se limita a decir que Bezos es su amigo, apelando tal vez a nuestro conocimiento íntimo de que la amistad tiene razones que la razón no entiende.

El héroe del silencio

En realidad, DiCaprio no responde casi nunca. No acusa las crisis reputacionales porque las ignora. Scaachi Koul tiene una teoría: “No le preocupan las servidumbres del estrellato porque nunca quiso ser una estrella”. A él le entusiasma el cine y quería actuar desde niño. Lo consiguió a edad muy temprana y, alcanzado un éxito muy por encima de cualquier expectativa previa a los 18 años (en 1993, con ¿A quien ama Gilbert Grape?, junto a Johnny Depp), optó por quedarse solo con la parte positiva de esa súbita fama, de los viajes en jet privado a las fiestas exclusivas hasta el amanecer y las citas con top models, e ignorar el resto.

De ahí que parezca la superestrella contemporánea menos preocupada por su reputación y su imagen, que haya adquirido un áurea de autenticidad a prueba de escándalos, controversias e incoherencias y que a muchos les siga pareciendo algo así como un ser humano en esta era de ídolos robotizados, melifluos y de cartón piedra. Si se asoma a las redes no es para defenderse de los ataques que rebotan en su inexpugnable armadura de indiferencia, sino para decirnos cosas como que convertir en presidente de Estados Unidos a un tipo que desprecia la ciencia y no cree en el cambio climático equivale a renuncia a miles de años de evolución humana.

Koul añade, además, que si DiCaprio nos sigue gustando es porque le conocimos cuando era un muy competente actor juvenil y, en cierto sentido, nunca ha dejado de serlo. Su carrera es sólida y muchos de sus personajes (el hermano de Gilbert Grape, Jack, el lobo de Wall Street, el detective amnésico de Shutter Island, el poli atormentado de Infiltrados) siguen siendo memorables. Lo ha vuelto a demostrar con Una batalla tras otra. Una película que le ha vuelto a llevar a los Oscars, a los que acudió exhibiendo su relajada indiferencia por todo lo divino y lo humano y del brazo de otra novia. Modelo, claro.