La fiesta está por empezar. Es sábado y huele a verano. Como en los lejanos-cercanos tiempos de pandemia, la celebración al aire libre le ganó como modalidad al encierro y sigue uniendo almas e historias. Acaso haya quedado como una “perla de felicidad” frente a la marca indeleble de la pérdida y el hastío.
De a poco, las mesas desgastadas en gris de la Plaza Primero de Mayo, en Once, empiezan a irradiar colores, música y clics de celulares. Hay globos y guirnaldas. También, una torta hecha delicadamente con galletitas y queso crema que se lleva todas las miradas.
El agasajado es Simba, un Dachshund Piebald blanco -una variante del salchicha- con manchitas marrones, que corre salvajemente por el parque mientras su dueña trata de ponerle un gorrito de Mickey. Cumple un año y despliega una energía multiplicada.
“Lo tengo desde enero del año pasado. Siempre busqué adoptar un perro, pero nunca respondían mis solicitudes. Quería un ‘perrhijo’ y lo encontré a él. Es todo para mí. Está en las buenas y en las malas, como, por ejemplo, cuando perdí el trabajo. Solo somos Simba y yo. No tengo hijos y no sé si algún día los voy a tener”, comparte Jhoselyn Delgadillo (32), tutora (ya no se dide “dueña”) del cumpleañero.
Regida por el amor, la joven organizó la primera gran celebración de su perrhijo a la que cayeron con aviso una decena de invitados perrunos -la mayoría rescatados- con sus “padres y madres”.
Se conocen bien: los adultos y los animales. Suelen cruzarse en los paseos vespertinos y en todo aquel evento que amerite festejar. Mientras los perros juegan en los caniles de la plaza, sus tutores intercambian experiencias, historias personales y consejos.
Después, se comunican por el grupo “Perrhijos de la Primero de Mayo”, un chat que hace las veces del escolar de mamis y papis pero en versión canina.
La base del fenómeno
Parejas que no quieren tener hijos ponderando su autonomía. Mujeres que postergaron la maternidad y hombres, la paternidad, por proyectos personales y/o sus magros ingresos para sostener a un niño. Personas de más de 30 años que engrosan año a año la lista de hogares unipersonales. Jubilados con el nido vacío de hijos y de nietos y la soledad sobre sus espaldas.
Con la pandemia como bisagra, unos y otros tomaron el mismo camino: subieron un nivel en la ya alta vara emocional y sentimental en el vínculo con los perros. Conviven con ellos y los tratan y aman como personas. Gastan gran parte de su sueldo en alimento balanceado, veterinarios y paseadores para mejorar su calidad de vida.
“Humanización de los perros”, lo categorizan consultores, psicólogos y veterinarios en referencia a una tendencia global que pisa cada vez más fuerte en nuestro país. “Cambio cultural y reconfiguración de la familia”, suman los sociólogos. “Los perros son mucho más fieles y sinceros que los humanos. Los sentimos como hijos”, contrarrestan los dueños de las mascotas convencidos de su elección.
Rosana Carballo trabajaba full time para una empresa de tecnología hasta que la echaron. Se quedó sin empleo y con un vacío vital infinito. Sin familiares cercanos, pareja ni una red de apoyo sólida, tuvo que rearmarse. “Mi mundo cambió en un segundo. Entré en un pozo del que creía que no iba a salir”, recuerda Rosana desde su casa de Parque Patricios.
El torbellino de oscuridad -agrega- se vio iluminado una tarde de octubre de 2019 por un perrito callejero con la energía de un volcán. El animal se plantó en la puerta del lugar donde Rosana hacía pilates y esperó hasta que se produjo el encuentro.
“No me pude resistir. Lo vi y no dudé. Fue amor a primera vista. Lo llevé a mi casa. Publiqué sus fotos por todos lados por si tenía dueño. Pero nunca apareció nadie y me lo quedé. Creo que fue una de las decisiones más sabias de mi vida”, detalla esta mujer (freelancer en marketing digital, diseño y fotografía) sobre su perrhijo Maiden.
“Llegó en un momento muy difícil. Atravesó conmigo la tristeza de perder el trabajo y el impacto de la pandemia que me golpeó con una fuerza abrumadora. Me sentí muy sola. Él estuvo ahí, incondicionalmente. Se convirtió en mi salvador, mi motor de vida. Era mi razón para levantarme”, comparte Rosana, orgullosa de su perro que la mira con agradecimiento. Maiden también fue salvado del olvido.
“Con él pude abrir las puertas a otra etapa y reconstruir mi mundo. Socialmente, en las caminatas y los paseos, conocí muchas personas que aman a los perros como yo. Somos una comunidad. En el plano laboral, pude levantarme. Gracias a él, aprendí a disfrutar del trabajo en casa y tener muchos momentos de felicidad otra vez. Me reconfiguré y acá estoy, en una de mis mejores versiones”, subraya. Habla de Maiden y se le enciende la mirada. Tiene un orgullo muy parecido al del vínculo madre-hijo.
Rosana Carballo con Maiden. Foto: Cristina SilleMaiden se convirtió en mi salvador, mi motor de vida. Era mi razón para levantarme
Los números no mienten
Según el censo de 2022 y encuestas posteriores, Maiden es uno de los 493.676 perros que viven en la Ciudad de Buenos Aires. Los sondeos confirman, incluso, que en la Capital Federal hay más perros que niños menores de 14 años, los que llegan a ser 460.696.
En el mismo contexto, el mapa nacional indica que casi el 80% de las familias argentinas conviven con al menos una mascota. De ese universo, el 84% tiene perros, el 97% los considera miembros de la familia y el 80% siente que son como hijos. Estos datos surgen de un informe hecho en 2023 por la consultora argentina Voices!, conocida por sus estudios sobre el fuerte vínculo entre los argentinos y sus animales.
“Los seres humanos domestican mascotas desde hace miles de años. El fenómeno que estamos viendo en las últimos años es la humanización. Se le asignan emociones, creencias y comportamientos a los animales de compañía que son propios de los humanos. En el pasado, para tener una familia había que tener hijos. Hoy está viéndose que adoptar una mascota es fundar una familia. Un adulto y una mascota ya constituyen una familia”, describe Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices!
“En la Argentina, dos de cada diez argentinos valoran más su vínculo con los animales y plantas que con las personas. Ponen sus derechos a la altura de los derechos humanos. Estos lazos afectivos trascienden todas las edades y niveles socioeconómicos”, enfatiza.
En el pasado, para tener una familia había que tener hijos. Hoy adoptar una mascota es fundar una familia.
Constanza Cilley Directora ejecutiva de Voices!
Humanizar o no humanizar
Fiestas de cumpleaños. Seguros de salud. Psicólogos. Hoteles y spas. Clases de surf y de yoga. Helados. Empresas funerarias con servicios para entierros o cremaciones. Juguetes en las clásicas cajitas felices para chicos. Licencias a tutores por adopción o enfermedad de las mascotas. El árbol de negocios en torno al universo pet friendly tiene infinitas ramas que clonan las necesidades humanas.
“Este fenómeno es importante estudiarlo por dos motivos: por un lado, porque correlaciona con otros cambios de valores en el país, la región y el mundo. También, por el negocio que este sector genera. Se gastan billones de dólares anuales y se espera un crecimiento gigante”, remarca Cilley, de Voices!
“Humanizar no es malo. De hecho, los tutores están más atentos a la salud de sus perros, lo que hace que vivan más y tengan mejor calidad de vida. También está probado que el contacto con los perros -y el resto de los animales domésticos- ayuda a las personas y son un gran aliado frente a trastornos de todo tipo”, reflexiona sobre este punto el médico veterinario Maximiliano Cifuentes.
La arquitecta Jessica Mancardi con Harumi. Foto: Mariana NedelcuEl problema surge cuando se cometen excesos y se cree, por ejemplo, que un perro es una persona. “El perro es perro. El humano es humano. Querer que un perro haga lo que nosotros hacemos o lo que nos gusta como si fuese un hijo, le puede hacer mal, lo puede enfermar. No le hace bien a él ni a su tutor”, agrega Cifuentes.
En ese sentido, el profesional de la veterinaria Cilap profundiza: “Teniendo en cuenta que un perro puede vivir un máximo de veinte años, el golpe puede ser durísimo si muere y todo ese tiempo lo hemos estado viendo como un hijo. Los humanos no estamos preparados para ver morir a un hijo”, sentencia.
“En los perros se depositan angustias, vacíos, frustraciones… Es decir, diferentes emociones y relaciones no resueltas. Lo que puede resultar riesgoso es no discriminar que es un animal, lo que distorsiona la percepción, los sentimientos y las relaciones con ellos. Incluso, para el perro mismo tiene cierto riesgo al trastocar su esencia”, coincide la doctora en Psicología Charo Maroño.
“Es innegable que los perros, en particular, colaboran con las personas como apoyo emocional. Reducen la ansiedad, la soledad y el instinto de los humanos de cuidar y maternar”, contrarresta Maroño.
En los perros se depositan angustias, vacíos, frustraciones. Lo que puede resultar riesgoso es no discriminar que es un animal.
La familia tipo es pasado
Laura S. (38) -prefiere resguardar su apellido- estuvo en un vínculo tóxico durante más de 15 años. Un día, después de un largo proceso de idas y vueltas, despegó y soltó a Daniel.
Él se fue. Ella se quedó en un departamento diminuto de Congreso. No estaba sola. Con su ex pareja no habían podido tener hijos, pero sí un perro de 11 años que se quedó con ella. Daniel se llevó todo lo material. Donovan cubrió los casilleros familiares y emocionales vacíos.
Laura, a cargo de un kiosco en el microcentro, organizó su vida alrededor de su perrhijo. Donovan, un perro negro azabache, es de los que se quedan quietos en el carrito de bebé. “Siempre lo usó y se acostumbró. Antes iba atado. Ahora que está grande, va sin cinturón de seguridad. Creo que es una movilidad que lo protege. Si no estoy yo, lo pasea mi mamá, su abuela”, señala Laura, en referencia a uno de los transportes elegidos por varios tutores sin distinción.
Perrhijos: el cumple de Simba en la Plaza Primero de Mayo. Foto: Cristina SilleAsí como los madres y padres humanos se mueven con sus bebés en carritos de distintos estilos, las madres y padres de caninos replican el modelo. Muchos presumen de ellos en la vía pública y en las redes sociales.
Sin ir más lejos, para muestra basta un posteo: hasta el mismo Luck Ra presentó recientemente en sociedad a su “bebé Dragón” -así lo llamó-, un perrhijo con mandíbula despareja que posó para la foto en un carrito junto al músico.
No es el único que presume de su perro. “Ya sabemos que el presidente Javier Milei tiene en su bastón de mando a sus cuatro perros actuales (Milton, Murray, Robert y Lucas) y al original y fallecido Conan. La tendencia es mundial. Por ejemplo, la escritora chilena Isabel Allende dice que prefiere a los perros por sobre las personas. Cantantes famosos, como Karol G, y hasta miembros de la realeza británica, como James Middleton, el hermano de la princesa de Gales Kate Middleton, son también del team perrhijos”, enumera Cilley, de la consultora Voices!
¿Cuál es el perfil de la familia argentina del siglo XXI? ¿Hay un perfil o varios? ¿Qué rol y lugar ocupan los perrijos? ¿Hay algún sector con una edad y una situación socioeconómica particular que ponga en paridad al vínculo entre humanos con el vínculo humano-animal? ¿La tendencia atraviesa todos los estratos etarios y culturales? ¿Cuánto influyó la pandemia?
Muchas respuestas para estas preguntas aún están escribiéndose. Sin embargo, los especialistas ponen especial foco en los más jóvenes, considerando que son la piedra basal de la configuración de las futuras familias.
En ese sentido, el sociólogo Joaquín Linne, docente e investigador especializado en tecnologías y juventudes, habla concretamente de “una nueva gramática para un nuevo siglo: las pets families”.
“Tras una encuesta que incluyó 27 entrevistas en profundidad y revisión de 4.000 perfiles en redes sociales y aplicaciones, detectamos que existe una recolocación ontológica de la mascota: de asistente o guardián familiar pasó a ser roommate (persona con la que se comparte un lugar para vivir) o amistad íntima. Se trata de un fenómeno que atraviesa la vida contemporánea: el decrecimiento de la tasa de natalidad versus la jerarquización sentimental de las mascotas”, sostiene Linne.
“En las grandes ciudades -añade el sociólogo- se observa que cada vez más personas tienen mascotas o interactúan con alguien que las tiene. Ya no se trata de una mascota al servicio de un humano, sino de un vínculo en el que se conjuga familiaridad, igualdad, amor y confraternidad. El giro animal afecta la conformación misma de la subjetividad”, comparte Linne, autor del libro La reinvención del amor, donde aborda justamente cómo es tener amigos y mascotas en tiempos de Tinder, entre otras variables.
Ya no se trata de una mascota al servicio de un humano, sino de un vínculo en el que se conjuga familiaridad, igualdad, amor y confraternidad.
Jessica Mancardi (34, arquitecta) vive en Coghlan. Adoptó a su perra hace 7 años cuando apenas tenía meses y necesitaba los cuidados de un bebé. La perrita era la última de una camada de varios ejemplares y había quedado sola. En ese espacio indescifrable que vincula la soledad con el vacío, la chica la eligió.
La llamó Harumi (en japonés, Primavera Brillante), el femenino de Hachiko, el nombre del perro de la película Siempre a tu lado, un culto a la lealtad y la incondicionalidad entre un hombre y su mascota. Un vínculo similar al que están construyendo Jessica y su perrhija.
Harumi se levanta con ella, la espera detrás de la puerta cuando vuelve de trabajar y duerme en su cama. Se esconde bajo las mantas en invierno y se libera con el verano. Tiene almohada y lugar propio. Es la dueña del balcón y de la casa. Jessica asegura que percibe sus estados de ánimo y ella, los de Harumi, en una profunda simbiosis instintiva-emocional. Ambas saben cuando algo no anda bien.
“La adopté en 2019 y desde entonces es mi compañía. Fue un gran sostén en la pandemia cuando estaba sola con mi alma. Es súper compañera y graciosa. Es como que siempre está sonriendo. No sé cómo explicarlo”, describe Jéssica.
Los perrhijos no son una moda. Forman parte de un cambio estructural que llegó para quedarse, coinciden Linne, Cifuentes, Maroño y Cilley. Hoy, la Argentina es uno de los países líderes en la tendencia global que ubica a los perros en un lugar humanizado.
En la Plaza Primero de Mayo, la fiesta está por terminar. Apenas quedan algunos vestigios del cumpleaños y la alegría que unieron por “un instante único” a Simba, su madre humana y los pares de ambos. “Fue un momento hermoso. No todos los días se cumple un año”, sonríe Jhoselyn, agotada pero con la alegría de la misión afectiva cumplida.
Mañana será otro día y el equipo de la Primero de Mayo va a volver a verse en la plaza que casualmente los reunió. Como todos los años, arrancaron 2026 brindando juntos por un tiempo mejor. El calendario se vislumbra movido: ya están organizando nuevos cumpleaños perrunos en la plaza, las casas de los tutores y hasta en salones de fiestas.








