En un solo libro hay dos dimensiones paralelas: la génesis del artero golpista Hugo Chávez, y en simultáneo la ridícula bambolla de los golpistas contra Chávez.
Chávez, exaltado místico de sí mismo, autodesignado salvador bolivariano de la patria, golpista antidemocrático desde siempre, falsificador serial; y los otros, los que avanzaron con un golpe contra Chávez, emblemáticos mediocres, más que mediocres: oportunistas. Descerebrados en su carnaval de ambiciosas ineptitudes.
Jaime Bayly, ese cazador de palabras, compone en Los golpistas (Galaxia Gutenberg) un texto polifónico que pinta el drama venezolano desde el retrato crudo de sus grotescos, irresponsables protagonistas. Chávez crece entre el desamor de sus padres y el amor de su abuela matriarcal, deseando ser beisbolista, como su ídolo de niño, el Látigo Chávez, que murió temprano en un accidente de aviación. Él se piensa a sí mismo como el látigo Chávez,su espejo profético y luego —obsecuente y meloso— aprecia y persigue a los periodistas de buena palabra de su época, los endulza y pide espacio para tomar él mismo la palabra.
Y magnetiza al fin a sus compañeros de armas, porque elige al fin el ejército como plataforma para su mesianismo innato y avanza en fabulaciones y confabulaciones con un objetivo que le había señalado una bruja: matar a Carlos Andrés Pérez, presidente democrático de Venezuela. Se suma junto a un grupo de temerarios y dementes que apuntan efectivamente hacia Miraflores para liquidar a Carlos Andrés, que es rápido, intuitivo, anticipador y aborta el primer golpe.
Chávez va a la cárcel, hechizado por la corazonada de que aquella primera derrota era solo el prefacio de una victoria final que le había sido asignada por su destino y su genealogía. Se siente heredero de Maisanta, “su abuelo afantasmado”, tiroteador, bandolero y ajeno a todo escrúpulo, que había asolado y perdigoneando a diestra y siniestra en los llanos colombianos y venezolanos.
Pero Chávez cree que Maisanta, su ancestro, tiene sangre y espíritu bolivariano y que él, que es un libertador, que él, Hugo Chávez Frías, por transfusión genética y épica, portaba en sus venas abiertas esa misma sangre que liberaría a su país de todos los males. Y que la llave hacia la liberación serían sus delirios sincréticos, de una religiosidad que lo volvía capaz de hablar con Maisanta y con Bolívar. Desde el comienzo repta el joven Chávez, dibujado por la sutil pluma de Bayly como un profeta armado y anegado por su propio imaginario.
Figura tutelar de Fidel
Cobra fuerza crucial en la novela la figura tutelar de Fidel Castro, guía y brújula de Chávez, con la mira puesta siempre en el golpista y en el petróleo venezolano con destino cubano, según los astutos designios del comandante. Y están los otros golpistas, porque Chávez, tras su encarcelamiento y sosegado en principio por miedo a que lo maten, es liberado y, ya libre, vuelve a cargar contra la democracia, y al fin sí toma el poder. Y los otros golpistas lo golpearán a la vez a él con la misma moneda. Pero son un grupo de obesos por pasividad física y mental, de chatura manifiesta, envidiosos los unos de los otros: el general Efraín Velázquez, el general Manuel Rosas —más gordo aún que el amotinado Velázquez—, el general Lucas Rondón, ardiendo en las llamas del odio y la venganza, y todos celándose a sí mismos los unos a los otros y viceversa, todos ellos exigiendo la renuncia firmada de Chávez, todos queriendo ser presidentes en simultáneo, atolondrados, repartiéndose cargos.
Y entre ellos emerge al fin el empresario Pedro Carmona, que fue presidente por algunas horas, desplazando al generalato impresentable, y que se jodió en su voluntad de poder por su impericia acelerada entre todos esos conjurados apurados e inútiles, hasta que Carmona advierte que Chávez, encarcelado otra vez, podría volver a Miraflores, porque el ejército estaba partido y que si volviera le cortaría las bolas a él y a las otras rapaces aves de rapiña.
Y entonces dice para sí Carmona, narra Bayly, que escruta las mentes y los espíritus con clarividencia: “En qué me he metido, carajo”. Y Chávez volvió y los golpistas partieron de Miraflores con la cola entre las patas, pero antes hubo horas dramáticas: Chávez rogando que no lo maten, persignándose y prosternándose como un cobarde, astuto convencedor además, descompuesto y con las agallas perdidas, y recompuesto cuando lo llama Fidel Castro y le da una lección de poder sin ornamentos: “El poder no se comparte, Hugo; eres tú o te matan. No te inmoles, Hugo, que no te maten; te vienes a La Habana y desde acá organizamos tu retorno a Miraflores”.
Y Castro llama al conspirador general Velázquez: “Oye, mariconzón, ¡óyeme bien! Tienes el deber de respetar su vida, la de mi amigo Hugo. Si no la respetas, si lo matas, mis hombres en Caracas te matarán, pero antes te cortarán los huevos. Y luego matarán a tu esposa, a tu madre, a todos tus hijos”.
Fidel Castro era capaz de eso y mucho más. Los golpistas contra Chávez se estremecen. La novela navega la intersección entre Chávez el golpista con los golpistas contra Chávez. En un punto tragicómico todos se parecen. Todos se hunden en los pantanos del misticismo y del oportunismo más bizarro.
Es una sátira. Pero así como la naturaleza imita al arte, la realidad imita a la sátira.
“Quiero la embajada en Madrid”, pide uno de los golpistas contra Chávez; “y quiero que mi hermano sea embajador en Lisboa”, agrega. “¿Y por qué quieres que tu hermano sea embajador en Lisboa?”, le pregunta el golpista a cargo en ese momento. “Porque me estoy cepillando a mi cuñada y la necesito cerca para echarme un buen polvo de tanto en tanto”.
Fidel, el mentor autoritario, insular y colonialista, toma el alma de Chávez y estremece a sus enemigos, y lo guía, y guía al petróleo venezolano hacia su isla. Es un profesional siniestro del poder; Chávez lo asume como padre. La grandilocuencia de la discursividad revolucionaria contrasta, como siempre, con la pequeñez de sus actores, clowns.
Diarrea en un helicóptero
Chávez también desde luego, aunque siempre altisonante en sus palabras, en sus rezos, en su cobardía incluso, en su diarrea en un helicóptero antes de volver triunfante a Miraflores para tomar definitivamente el poder —metáfora de Bayly de la excremental podredumbre que se avecinaba—, todo en una prosa sarcástica, en una ficción realista, más realista que las crónicas planas, más profunda, más aleccionadora.
“Me cago, carajo”, gritaba Chávez en el helicóptero que lo trasladaba a retomar el poder. “Me cago en los pantalones. Estoy sudando frío. ¿Qué carajo hacemos? No puedo llegar a Miraflores con los pantalones cagados”. Entonces resuelto se puso de pie y abrió la portezuela del helicóptero. Luego se bajó los pantalones… sacó el culo por el helicóptero y lanzó sus inmensas heces al vacío. La mierda de Chávez sobre las tierras venezolanas. “¿Qué pasa con la democracia?”, le pregunta Chavez a Fidel Castro, que la define; “esa mariconada de los yanquis.”
Los golpistas, de Jaime Bayly (Galaxia Gutenberg). Foto: gentileza.Con Chávez va una vez a pescar Castro por la noche cubana. Chávez le tenía terror al agua desde siempre, y Fidel siempre armado a la vez, navega con su ahijado político por esas aguas tibias pero negras en la noche.
Es una imágen simbólica en la que queda claro quién mandaba y quién temía. Y ese temor, y esa mierda y todos esos crápulas tejieron y tejen la novela de los golpistas. Y Venezuela se inundó de sangre, de inmundicias llovidas desde el cielo chavista prometido, y de lameculos por dinero y por poder, y de traidores, y de credulidades revolucionarias que Los Golpistas de Bayly desnudan como un teatro del absurdo.
Mucho más que eso. No es un teatro, es el poder desnudo, sin teatro, inquietanmente estúpido. Es el poder hipnótico del absurdo que es la pura verdad. Avanza exaltada la tragedia en las palabras como hostias verbales intencionalmente sacrosantas del dictador. Sus palabras caribeñas, sermoneadoras que atraviesan almas y cuerpos, para construir una cárcel ilimitada, custodiada por luciferinos esperpentos donde los torturados conocieron la crueldad más atroz atravesando sus cuerpos hasta la locura.
Los golpistas, de Jaime Bayly (Galaxia Gutenberg)








