En su regreso a Europa tras su luna de miel en Buenos Aires, Merceditas San Martín y su marido, Mariano Balcarce, llevaron a París, junto con el histórico sable corvo que su suegro le había pedido especialmente que recuperara, las sumas que hacía años el gobierno le adeudaba a José de San Martín y que su apoderado y cuñado Manuel Escalada venía reclamando desde 1822.
Pero el expediente, según le dijeron las autoridades de encontes, se había “extraviado”.
Con esos fondos y probablemente con la ayuda adicional de su amigo Alejandro Aguado, en abril de 1834 el Libertador compró su casa más famosa, en la comuna de Évry, a 27 kilómetros de París, población que entonces se dividía en dos sectores: Petit Bourg, donde se encontraba la mansión de Aguado, y Grand Bourg, donde estaba la vivienda de San Martín.
La casa -cuya reproducción, construida en Buenos Aires en la década de 1940, es la sede del Instituto Nacional Sanmartiniano- era un edificio de tres plantas (la superior en buhardilla) y sótano, con sala, comedor, ocho dormitorios y otros tres para el personal doméstico.
Estaba en un predio de una manzana, con un jardín donde el General practicaba su afición por la floricultura y horticultura, además de otras dependencias, entre ellas, una caballeriza.
San Martín le decía a su amigo Pedro Molina: “Hace más de tres años que vivo retirado en este desierto; pero como en él he encontrado el restablecimiento de mi salud y por otra parte la tranquilidad que en él gozo es más conforme con mi carácter y edad, lo prefiero a vivir en París,
cuya residencia después de ser contraria a mi salud yo no la encuentro buena más que para los que desean una sociedad activa o se hallan precisados a residir por sus negocios: si, como espero, la tranquilidad de nuestra patria se consolida en términos que me aseguren poder pasar mi vejez en reposo regresaré a ella con el mayor placer, pues no deseo otra cosa que morir en su seno”.
En Grand Bourg, la familia -a la que el 14 de julio de 1836, día del aniversario de la Revolución Francesa, se sumó otra nieta del general, Josefa Dominga Balcarce, Pepita- vivía entre cinco y seis meses al año, los de primavera y verano.
El resto del año lo hacía en una casa en París, en las calle Saint-Georges, en su cruce con Saint-Lazare, en lo que hoy es el noveno distrito (arrondisement) parisino y entonces era una zona en crecimiento urbano al pie de la colina de Montmartre.
A unas cinco cuadras, en 1837, se construyó la primera estación ferroviaria de Saint-Lazare, que sería inmortalizada años más tarde en uno de los cuadros más célebres de la escuela impresionista, por Claude Monet.
San Martín, que alquilaba esa vivienda desde 1833, pudo comprarla dos años después, a un precio considerablemente mayor que lo que le había costado su residencia en las afueras.
Así le describía el General su vida en Grand Bourg a su amigo Tomás Guido:
“Paso, en la opinión de estas gentes, por un verdadero cuáquero; no veo ni trato a persona viviente; vivo en una casa a tres cuadras de la ciudad. Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida.
Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto, ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa”.
Así queda claro que el General de todas las batallas extrañaba su lugar en el mundo, su querida Mendoza.








