la noche en que San Luis fue capital del país por 8 horas

la noche en que San Luis fue capital del país por 8 horas


Una madrugada de invierno espesa en la ciudad de San Luis. Ni llueve ni hay luna. Lo peor, no hay respuestas. Corre el año 1960 y Rubén Pepa sostiene un Máuser 1909 con las dos manos, apuntando con firmeza a un hombre que desciende de una estanciera sin dar su nombre. En el fusil, frío como el aire de la sierra, late un conflicto que no entiende del todo pero del que ya se ve formando parte.

El oficial se detiene a centímetros de la boca del arma.

—Teniente coronel León Santamaría —dice, finalmente.

Rubén no baja el fusil. Ha aprendido eso durante la instrucción: si no hay contraseña, se mantiene el arma en alto. Grita entonces la fórmula reglamentaria:

—¡Atención, jefe de guardia!

El suboficial Miguel Fuhad Azura —el Turco— sale de inmediato desde el interior del cuartel. Pepa lo ve caminar con la cabeza ladeada, la mano en forma de cuenco detrás de la oreja izquierda. Con voz calma y sin rodeos, Azura lo releva.

—Está bien, soldado. El teniente coronel Santamaría pertenece al nuevo gobierno.

Tapa del diario Clarín del 13 de junio de 1960.

La orden seca fue: Acuartelamiento por tiempo indeterminado. A cada uno le entregaron un arma larga y municiones.

La asonada militar

Nuevo gobierno. Esa fue la primera vez que Rubén Pepa escuchó la expresión. No sabía que en cuestión de minutos esa ficción se convertiría en realidad para once soldados, dos oficiales y una ciudad entera que sería declarada, por unas horas, capital de la República Argentina. La revolución había comenzado. Y él —sin querer, sin saber cómo, sin haberlo buscado— ya estaba dentro.

Rubén Antonio Pepa nació el 23 de julio de 1939 en Palmira, Mendoza, pero fue anotado, por razones desconocidas, el 1º de agosto. Fue el primogénito del matrimonio entre Antonio Pepa y Asunta Gruini, descendientes de italianos de las regiones de la ciudad Potenza Picena, de la provincia de Macerata.

Desde pequeño mostró una sensibilidad especial por los procesos, las sustancias, las combinaciones. Le gustaba mirar largo rato los frascos de la farmacia del barrio, leer las etiquetas de los envases con devoción casi religiosa. A los veinte años, ingresó a la Facultad de Bioquímica de la Universidad Nacional de Cuyo, sede San Luis, convencido de que la ciencia podía ordenar lo que la historia insistía en dejar en estado de caos.

Pero la historia se entrometió una vez más. En medio de la carrera, recibió el llamado obligatorio para el servicio militar. Diecinueve meses y dieciocho días de colimba cambiaron su ritmo de vida y alargaron su carrera: tardaría trece años en recibirse.

El 12 de junio de 1960, cuando el viento Chorrilero bajaba con fuerza sobre la ciudad de San Luis, Rubén Pepa fue convocado de urgencia al Distrito Militar 50 sin mayores explicaciones. Era un conscripto de escritorio, un furriel: clasificaba legajos, organizaba carpetas. Vivía en una pensión junto a otros soldados —casi todos universitarios— que no eran puntanos y caminaban juntos cada mañana hasta el distrito, donde fichaban y hacían vida de oficina. Pero esa vez no volvieron.

La orden seca fue: “Acuartelamiento por tiempo indeterminado”. A cada uno le entregaron un arma larga y municiones. Cuando uno de los superiores murmuró, en voz baja, “son balas de verdad”, la saliva se le endureció en la garganta. Rubén sintió por primera vez que el uniforme que llevaba puesto era una trampa.

Nadie sabía qué pasaba. El jefe del distrito, mayor Edgardo Osvaldo Consigli, se limitaba a cruzar los pasillos con el ceño fruncido. A su lado, el Turco Azura repetía órdenes con la voz despareja de quien lleva años escuchando con dificultad: en 1955, durante la Revolución Libertadora, una bomba había estallado a pocos metros de su posición en la Plaza de Mayo. Desde entonces, se llevaba la mano a la oreja cada vez que alguien le hablaba. A diferencia de la mayoría de los oficiales del distrito —“asimilados” de oficina que habían ascendido entre carpetas y máquinas de escribir—, el Turco tenía experiencia real en combate. Su presencia imponía respeto, aunque su silencio era aún más inquietante.

Cuando cayó la noche, la situación dio un giro más extraño. Comenzaron a llegar civiles vestidos de traje que entraban al despacho del mayor Consigli y salían minutos después uniformados: de la Gendarmería, de la Marina, de la Aeronáutica. Parecía una obra de teatro mal montada, pero los fusiles eran reales.

La escena culminó en el Patio de Honor, un viejo solárium adaptado como sala de actos: mosaicos amarillos, un hogar a leña encendido y un techo de vidrio que dejaba ver las estrellas como si fueran testigos helados. Allí, en medio de un fuego que proyectaba sombras móviles sobre las paredes, los conscriptos fueron alineados por jerarquía. Desde los sargentos ayudantes hasta los soldados clase 1939. Como en un espejo absurdo, se formaron enfrente los recién uniformados: alférez, subtenientes, capitanes.

El mayor Consigli apareció junto al general Fortunato Giovannoni, vestido de gala, corpulento, adornado con tantas condecoraciones que parecía una muñeca rusa: dentro de él, imaginaba Rubén, debía de haber otro Giovannoni más pequeño, y dentro de ese, otro más. La voz del general retumbó en el patio como un cañonazo:

—Soldados de la Patria. Ustedes hoy escribirán las páginas más importantes de la Historia Argentina. Serán los verdaderos héroes de la Nación.

Uno de los soldados, con voz temblorosa, preguntó:

—¿Valor para qué, mi general?

—Para echar a todos los comunistas.

Giovannoni, con su arenga, selló lo que hasta entonces era una sospecha: estaban participando —sin haber sido consultados— de un intento de golpe de Estado contra el presidente Arturo Frondizi. La escena tenía el mismo tono grotesco que un acto escolar, pero con munición real. Y con miedo.

Lo que parecía una maniobra absurda se había convertido en una revolución real.

San Luis capital de la República

Hacia las tres de la madrugada, un compañero de Pepa fue llevado en un automóvil requisado —un Kaiser Caravela incautado al doctor Scala, pediatra conocido de la ciudad— a la radio LV 13 Granaderos Puntanos, donde se lo obligó a leer un comunicado. En voz firme, con ecos metálicos, anunció: “Se declara capital provisional de la República a la ciudad de San Luis. El que se oponga provocará la guerra civil”.

Desde ese momento, ya no hubo dudas. Lo que parecía una maniobra absurda se había convertido en una revolución real. Las calles fueron patrulladas por jeeps y estancieras, las comisarías intervenidas, las radios tomadas. En la pensión, los inquilinos escuchaban temblorosos la transmisión en una radio Electrodinie, detrás de cortinas corridas.

Pero dentro del distrito, lo que crecía ya no era el fervor sino el pánico. ¿Qué pasaría si llegaban las tropas leales? ¿Y si los oficiales sublevados decidían usarlos como escudo, como carne de cañón? Peor aún: ¿y si querían borrar testigos?

Algunos de ellos empezaron a romper en llanto.

La terraza por laque huyeron los conscriptos.La terraza por laque huyeron los conscriptos.

La revolución, prometida como el nuevo capítulo heroico de la patria, duró apenas ocho horas.

La gran fuga

Pepa y sus compañeros que estaban parapetados en la terraza decidieron escapar. No por la puerta —era suicida— sino por los techos. Una locura. Pero quedarse también lo era. Salieron por una ventana lateral, treparon al techo del galpón de suministros, y desde allí avanzaron a gatas, con el cuerpo pegado a las chapas heladas. Pepa iba tercero. A cada paso, creía que el corazón se le iba a salir del pecho. Evitaron el patio principal para no cruzarse con superiores, saltaron una medianera hacia un baldío y, desde allí, corrieron agachados hasta la pensión.

Se atrincheraron. Acomodaron muebles contra la puerta. Apagaron las luces. En la terraza, vieron cómo los jeeps circulaban a toda velocidad. Algunos soldados, desde el techo, decían que podrían venir los Avro Lancaster desde Villa Reynolds, la quinta Brigada Aérea, bombarderos de la Segunda Guerra Mundial, y borrar el Distrito con la misma furia con que habían arrasado ciudades japonesas.

—Si no rajábamos, nos hacían pedazos —diría Pepa, años más tarde en el geriátrico.

En la radio, poco después, se escuchó voz ronca del locutor oficial, Arnaldo Isurieta:

—Asumo la responsabilidad de informar que LV 13 Granaderos Puntanos está transmitiendo normalmente y que el grupo que había tomado la emisora la ha abandonado…

La revolución, prometida como “el nuevo capítulo heroico de la patria”, duró apenas ocho horas. No hubo disparos. No hubo muertos. Solo miedo. Pero para Rubén, y para muchos de los que esa noche cruzaron los techos con el corazón en la garganta, fue un antes y un después. Al amanecer, una patrulla fue a buscarlos. No hubo gritos ni golpes. Los subieron a un transporte militar y los llevaron en silencio al penal de Las Pichanas, en Córdoba. Allí estuvieron sin contacto con abogados ni familiares. Nadie les explicó nada. Algunos pensaban que los fusilarían. Otros creían que serían acusados de traición.

Pero un día cualquiera, sin anuncio ni juicio, los dejaron ir.

A los oficiales se les siguió proceso judicial. A ellos, nada. Rubén Pepa nunca supo si lo consideraban cómplice, testigo o víctima. Solo sabía que había vuelto a la pensión por los techos. Y que, aunque la historia oficial no lo dijera, él había estado allí, en el corazón absurdo de una revolución mínima, deshilachada y olvidada, pero decisiva en su vida.

Al volver a la vida civil, retomó la carrera de bioquímica con esfuerzo. Años más tarde, se estableció en Mar del Plata, donde trabajó como profesional de laboratorio durante décadas. Allí formó su familia: tuvo cinco hijos biológicos —Sonia, Silvana, Sabina, Natalia y Matías— y también reconoció como suyos a los dos hijos de su última pareja.

La vocación científica se replicó en sus descendientes: Sonia y Matías siguieron sus pasos y se convirtieron en bioquímicos; Silvana eligió la veterinaria; y Natalia tomó los hábitos, y hoy vive como monja de clausura en Valencia, España.

A sus ochenta y seis años, Rubén Pepa reside en un geriátrico del barrio La Perla, en Mar del Plata. Conserva una lucidez admirable, aunque su cuerpo ha comenzado a pasarle factura. Cada tanto, sus hijos lo visitan. A veces pregunta si todavía existe la radio LV 13 Granaderos Puntanos. O si alguien recuerda a Consigli. O al Turco Azura, aquel que, en el ocaso de una madrugada, con la mano detrás de la oreja, le iba diciendo al oído: “No te preocupes, que todo está bajo control”.

Rubén Pepa no odia ni idolatra a nadie. Solo recuerda. También espera. Vaya a saber qué espera. Pero en cada recuerdo, regresa, aunque sea por un instante, a aquella noche en que apuntó su Máuser contra un superior sin que le temblara el pulso. No fue por heroísmo. Fue por obediencia. Quizá fue por miedo. O, tal vez, por algo más primitivo aún: porque no había alternativa. ¿Qué más podía hacer ese joven, en ese lugar, en esas circunstancias? Porque, a veces, la historia no se forja con gritos, no se hace con gestas heroicas. Ni siquiera pretende grandes convicciones. A veces (y el caso de Rubén Pepa lo demuestra), la historia se escribe mientras ocurre, tan callada.