“No seas lila, Emilio, que esto tiene más calado de lo que presupones. Si comienza por atribuirse funciones que nadie le ha otorgado, el siguiente paso será revestirse de emperador y convertiros, a ti y a los pardillos como tú, en eunucos”. Esa advertencia le hacía su padre al general Emilio Mola, cerebro del golpe de Estado contra la República española en julio de 1936, cuando otro de los cabecillas de la conspiración y también general, Francisco Franco, había sido designado por la “Junta de Defensa” como “jefe de Gobierno del Estado español”, cuando los rebeldes controlaban ya parte del sur del país y algunas zonas del norte, pero el Frente Popular todavía se mantenía de pie.
La frase retumba en la novela El hombre de la Leica. La conspiración golpista que dio origen a la guerra civil española (FCE), del escritor pamplonés Fermín Goñi, un buen mirador en clave ficcional para revisar los entresijos de un conflicto que desangró al país desde el País Vasco hasta Andalucía y que fue un banco de pruebas del nazismo para testear sus nuevas armas, incluidos tanques y bombas.
Novela histórica, política, bélica, o biografía novelada, la obra de Goñi, que es periodista y politólogo, alterna entre una primera persona que revive la figura de Mola y una tercera omnisciente.
Maquinaciones de un general olvidado
El recorrido es cronológico y comienza con las maquinaciones de ese olvidado general, que decidió jugar un rol clave en la aventura golpista contra el gobierno surgido de las elecciones de ese mismo 1936.
Desde su puesto de comandante militar en Pamplona, capital de Navarra, no muy lejos de la frontera con Francia, el general pasa horas en plena escritura de órdenes reservadas, proclamas y apuntes, mientras, con discreción, articula los distintos puntos de una red de oficiales y dirigentes de derecha que quieren decapitar al gobierno democrático.
Aquellos documentos se guardan entre sábanas de una habitación de servicio del cuartel, mientras fermentan los preparativos de la insurrección.
El Mola cincelado en la novela es parco, firme, con ocasionales estallidos de furia cuando se demoran sus órdenes. También aparece desconfiando de Franco, que es demasiado silencioso en la previa, escurridizo, quizá taimado.
El general pamplonés, pese a cuidar los detalles, como todo conspirador, es febril: llama por teléfono a colegas, se encuentra en lugares poco frecuentados con otros cómplices, se rodea de compañeros de armas, escribe sin pausas, conjetura.
El hombre de la Leica muestra la cocción del golpe y las internas, los matices y la confluencia no siempre simple entre distintos actores que buscan acabar con el comunismo, “el caos” y “la anarquía”, como pintan en paredes o afirman en sus panfletos o diarios.
Así, los carlistas ultracatólicos y monárquicos buscan conducir el golpe, mientras Mola lo descarta de plano y remarca que la línea de una aventura semejante la deben marcar los militares. En esa cinchada se consolida otro nombre olvidado, el del general José Sanjurjo, también de Pamplona, que desde el exilio en Portugal por una intentona golpista anterior surge por consenso como jefe del movimiento hasta que muere en un accidente de aviación en Estoril cuando viajaba a España para encabezar la rebelión.
La novela de Goñi palpa las indecisiones de los conjurados, las sospechas, los cabildeos entre políticos derechistas y los militares, el dinero que fluye de aquellos hacia estos, el acopio de armas de los carlistas, el rol de muchos sacerdotes navarros que estimulan la reacción contra el gobierno.
El libro además toma la temperatura de las semanas previas al comienzo del golpe en cuanto a la violencia política desatada, con pistoleros de derecha y de izquierda sacándose la vida a balazos.
El general Emilio Mola, cerebro del golpe de Estado contra la República española en julio de 1936. Foto: archivo Clarín.El asesinato del político derechista José Calvo Sotelo, luego de ser detenido por un grupo paraestatal, galvaniza a los golpistas y Mola ordena que comiencen las sublevaciones, en cascada, con las tropas que conduce Franco dando el primer y sangriento topetazo en Marruecos.
Las fuerzas de Mola toman Pamplona sin problemas, luego de que los golpistas mataran al jefe de la Guardia Civil, José Rodríguez Medel, que había jurado mantenerse leal al gobierno.
Parte de los rebeldes buscan tomar otras ciudades del norte, con muchas dificultades, y otra se dirige al sur, hacia Madrid, pero con más pena que gloria y escasos de municiones, se estancan poco antes de llegar a la capital.
En paralelo, Franco, el sigiloso en las semanas previas al comienzo de la insurrección, logra cruzar con sus tropas hacia la península desde Marruecos, ayudadas por la aviación alemana e italiana. Y desde Andalucía conquistan una a una las zonas republicanas.
Jefe del movimiento
El Generalísimo es designado entonces como jefe del movimiento, y aunque Mola se autoengaña creyendo que aquel es solo uno más, su figura se consolida simbólica y militarmente.
El escritor y periodista Fermín Goñi en la Feria Internacional del Libro de Miami, 2014. Foto: redes sociales.Franco basa buena parte de su poderío en que es quien ha logrado abastecerse tanto de armas como de soldados alemanes e italianos. Hitler y Mussolini, como es sabido, prestan todo tipo de apoyo al golpismo de derecha, mientras la Unión Soviética hace un esfuerzo parecido, aunque menos contundente, con el bando republicano, que aparte cuenta con el arrojo valiente pero caótico de miles de voluntarios internacionales.
Mola tiene que suplicar municiones, aviones y bombas a su rival en la rebelión, que cada vez lo opaca más. De todas formas, logra que bombarderos alemanes e italianos arrasen pueblos como Durango y Guernica, en el País Vasco, y maten a más de 1500 personas, con tal de doblegar ese frente.
En sus escritos, Mola había previsto que el golpe militar tenía que ser rápido y violento. Como lúgubre logro, solo consiguió que fuera lo segundo. La Guerra Civil, como se sabe, duró casi tres años y triunfaron los aliados de nazis y fascistas, con Franco a la cabeza.
Pero aquel general amante de las fotografías, que solía tomar imágenes con su Leica cuando volaba en avión para revisar los campos de batalla presentes o futuros, no llegó a ver esa victoria. La novela cuenta en primer plano su final, en el Valle de los Ajos.
El hombre de la Leica, de Fermín Goñi (FCE).








