la historia del chamán que une espiritualidad y sanación ancestral

la historia del chamán que une espiritualidad y sanación ancestral


Los ancestros del chamán salteño Aguarapire Seacandirú eran de raza Tupí–Guaraní: los describe como sanadores y guerreros, con una filosofía comunitaria. También como grandes jefes locales. La palabra de Aguarapire, no exenta de sentido del humor y lejos de la solemnidad, se conoce en el libro Aguarapire. Ave–espíritu en piel de zorro, editado por La Flor Azul y escrito por el antropólogo Diego Viegas.

En el caso de su abuelo, recuerda el chamán, se dice que tenía doce discípulos. Cuenta que su padre cierta vez le contó un sueño cuando él tenía ocho años, un sueño donde al abuelo no le tocaban las balas ni tampoco a sus discípulos porque estaban energizados bajo un aura especial.

Tanto el abuelo como su gente fueron prisioneros en un regimiento de confinamiento, allí donde se acorralaba a la gente para matarlos. Entonces como todos hablaban guaraní –los coroneles, los soldados, los indios– se enteraron que a la madrugada pasarían a degüello a todos los presos. Los jefes comunitarios dijeron: “¡Comamos tabaco!”. Mascaron los cigarros y comenzó, de ese modo, a circular el poder de sanación y protección. Se salvaron.

Curanderos, monjes y budistas

Nacido en 1969, en Rosario, el antropólogo Diego Viegas es abogado, licenciado y doctorando en Antropología por la Universidad Nacional de Rosario. Allí enseña en la cátedra Etnografía del Conocimiento, y hace varios años fundó el Centro de Estudios en Antropología en Conocimiento y la Conciencia (CEAC). No son simples datos arrojados al azar de un currículum académico: Viegas tiene una vasta experiencia con comunidades indígenas, desde sus trabajos con curanderos del norte argentino como con amazónicos y sin dejar de lado sus entrevistas a monjes y budistas en Nepal y el Tíbet.

Por caso, ha sido uno de los pioneros en la Argentina en integrar las medicinas tradicionales y las occidentales, incorporando las ceremonias de Ayahuasca y las prácticas etnográficas y de experiencia directa y transpersonal en sus cátedras académicas.

Aguarapire. Ave–espíritu en piel de zorro, de Diego Viegas (La Flor Azul). Foto. gentileza.

El libro es una interesante oportunidad para conocer su trabajo: es el relato en primera persona, reconstruido a lo largo de quince años por Diego Viegas, del chamán Aguarapire Seacandirú o Basilio Soria, un sanador itinerante tupí–guaraní nacido en Yacuy, pueblo cerca de Tartagal, en Salta.

La historia de su linaje y la sabiduría ancestral, las formas de lucha y la cultura de su pueblo, la puesta en escena de la cosmovisión tupí–guaraní, y el trabajo del chamán con las enfermedades y conflictos del mundo moderno son algunos de los ejes que atraviesan la narración.

Nacido en 1952, Aguarapire cuenta cómo fue criado por su abuelo en el monte y se fue transformando en sanador espiritual de su comunidad bajo una misión que cumplir. En el epílogo, Diego Viegas hace un raconto de la relación, poniendo en tensión ciertos postulados antropológicos como la distancia objetiva.

“A poco de conocernos en mi ciudad de Rosario, comencé a entrevistarlo y a observar frecuentemente sus tratamientos espirituales. De hecho, durante unos tres años, en mi propio estudio organizamos un ´consultorio´, y durante sus estancias intermitentes de una semana o quince días, lo hospedé y funcioné como su ´secretario´, recibiendo a los pacientes, y aprovechando –cuando me era posible– para efectuar observaciones participantes y un mínimo seguimiento de aquellos”, escribe Viegas, que se involucró en sesiones como usuario de sus prácticas chamánicas nombrado por el chamán como “Yaguara Misi”, traducido al castellano como jaguarcito negro.

Viegas cuenta que la temporalidad guaraní se encuentra íntimamente ligada a una geografía cosmológica que se superpone al mapa físico–político del continente, en tanto el futuro hace referencia “al lugar donde están los antepasados”.

De las guerras al sapucay

En el libro se habla de la Guerra del Chaco, del sapucay, de maestros y aprendices, de la práctica de comer y no de fumar tabaco, de la lucha por la tierra y los recursos naturales, de guerras intestinas, de montes, selvas, montañas y lagunas, de la persecución y represión a los pueblos originarios.

De ceremonias y la llegada de los primeros ferrocarriles, de mensajes telepáticos y brebajes espirituosos, de fugitivos y cavernas, de criollos y exploradores, de la dualidad del bien y el mal, los gemelos míticos que se convirtieron en el Sol y la Luna, las denominadas energías invisibles blancas y negras, noción clave del equilibrio entre las polaridades metafísicas.

“Y así fue la primera fiesta en ese momento. Mi papá capaz que tenía dieciséis o diecisiete años y mi mamá era fugitiva y se enteró de la fiesta, y se instaló junto a las doncellas en primera fila, y ahí se conoció mi papá con mi mamá. Se enamoraron. Se juntaron”.

Sigue: “En aquella época las mujeres tenían a sus hijos en cuclillas. El ochenta por ciento de ellas decidían tener el parto en el agua, y el amor también se hacía en el agua, porque nosotros no teníamos camas sino nuestra hamaca guaraní.

“Por eso nuestros ancestros desde niños nos enseñaban a dominar los pulmones en y bajo el agua”, reconstruye Viegas de la voz del chamán, que va contando la larga preparación, durante catorce años, para convertirse en maestro y así “aprender todos los secretos”.

En el Impenetrable, por ejemplo, le hicieron conocer las lagunas, panteras, vizcachas, perdices y chanchos de monte, para cazar, para comer, sacar el cuero, y también todos los vegetales con sus respectivos cantos. Tenían cabras, burros, y eran ayudados por perros de caza. Usaban trampas. “No hablaba con nadie más que con los abuelos. Todo muy cuidado. Yo creía que ellos eran mis padres”, confiesa Aguarapire.

Según la cosmovisión guaraní, existen hasta cinco modos en que puede obtenerse el poder espiritual conocido como “chamánico”. El de Aguarapire fue por herencia de linaje. La transmisión, el poder espiritual, la preminencia de la voz de la mujer, el apego a la Madre Tierra, el Cielo, las Nubes.

No hay miedo

“Como maestro y como discípulo que fui, también debo morir como mi abuelo, traer un nuevo ser, entregarle mi poder, y ese joven debe llegar hasta los quince años, y ahí me voy a morir yo. Se termina el tupí–guaraní Aguarapire. No hay miedo. Ya sabemos el punto de nacimiento y el punto del fin. Envejecen la carne y los huesos, pero el espíritu siempre es niño, o niña”, se lee en otro fragmento, entre otras crónicas que incluyen la sabiduría de los árboles y su potencia terapéutica y vitamínica, la etnoastronomía y las estrellas como semidiosas, los mates y las hierbas medicinales, las lluvias y los cultivos, y el devenir de un pensamiento politeísta y polígamo.

Aguarapire en Yacuy. Foto: redes sociales.

Ritos de iniciación, limpiezas energéticas, el trabajo con los sueños, pequeñas y grandes enseñanzas y una espiritualidad que, si bien se define en un marco específico, es capaz de atravesar fronteras y volverse universal.

El libro incluye fotos del propio Diego Viegas y algunas donadas por Carlos Martínez Sarasola, antropólogo y referente de la etnohistoria que lo puso en contacto con Aguarapire.

Una inmersión sensible a lo ancestral y milenario sin perder el nexo con lo contemporáneo, el libro como una especie de monólogo “canalizado” por otro, un cruce entre lo académico y lo ceremonial que comparte el placer de una larga conversación y la potencia, íntimamente transformadora, del encuentro cultural.

Aguarapire. Ave–espíritu en piel de zorro, de Diego Viegas (La Flor Azul).