Cada vez es más frecuente escuchar que el sueldo no alcanza. Que no cubre el mes. Que la tarjeta ya no da margen. No se trata solo de percepciones: los datos del Banco Central muestran que casi la mitad del crédito a las familias se destina a préstamos personales y consumo con tarjeta.
Según la información oficial, el 47% del crédito de las familias, se distribuye entre un 27% de préstamos personales y un 20% de consumo por tarjeta.
En tanto que el nivel de morosidad de las personas ha superado el 9% y se encamina a alcanzar el récord del 2001. El dato no es menor: los préstamos personales y las tarjetas suelen utilizarse para cubrir consumo inmediato, refinanciar deudas o compensar pérdida de poder adquisitivo. Es decir, el endeudamiento funciona más como sostén del gasto cotidiano que como motor de inversión.
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Cuando los ingresos no acompañan el ritmo de los precios, aparece un fenómeno con nombre técnico poco conocido: “estagnación salarial”. Ocurre cuando los salarios crecen por debajo de la inflación o de la productividad, erosionando el poder adquisitivo. No es una sensación aislada ni un accidente. Es el resultado de decisiones políticas, estructuras económicas y relaciones de fuerza.
El mecanismo es sencillo: si los precios suben más rápido que los sueldos, el ajuste lo absorbe el trabajador. Incluso en contextos de estabilidad, puede darse cuando la productividad aumenta, pero esa mejora no se traduce en mejores ingresos, generando una transferencia implícita del trabajo al capital.
El nivel de morosidad de las personas ha superado el 9% y se encamina a alcanzar el récord del 2001″
La experiencia internacional lo confirma. En la década del 70 en Estados Unidos, tras la crisis del petróleo de 1973, se instaló un período prolongado de estancamiento real que duró hasta el 2013 donde la productividad del trabajo subió un 60% y los salarios promedios un 30%. El salario nominal podía subir, pero el real —el que importa— quedaba rezagado.
En Alemania, durante las reformas laborales acaecidas en los años 2000 -conocidas como “Hartz”-, se impulsó competitividad vía moderación salarial y mayor flexibilidad. El resultado fue mayor dinamismo exportador, pero también precarización en ciertos segmentos del mercado laboral. En el Reino Unido de los 80, el debilitamiento sindical redujo la capacidad de negociación.
En Argentina, los años 90 y el período posterior a 2018 mostraron dinámicas similares: recesión, inflación y caída del salario real.
Sin embargo, no es un destino inevitable. Países como Dinamarca o Uruguay demostraron que, con negociación colectiva, inversión en capacitación y reglas institucionales sólidas es posible combinar crecimiento y mejora salarial.
Revertir la estagnación exige políticas activas: actualización del salario mínimo, fortalecimiento de la negociación colectiva, inversión en educación, impulso a la productividad y marcos regulatorios adecuados. No hay soluciones mágicas, pero sí decisiones.
La pregunta de fondo es incómoda: ¿para quién crece la economía? Si la productividad aumenta y los salarios no, el problema deja de ser técnico y se vuelve distributivo. La historia muestra que cuando el salario se convierte en la variable más fácil de ajustar, la economía no solo se vuelve más desigual, sino también más inestable, agravado en contexto de estanflación.
La estagnación salarial no es una ley natural. Es una consecuencia institucional. Y, por lo tanto, también puede ser revertida. Aprender de las experiencias propias y ajenas nos podría ayudar a no cometer los mismos errores una y otra vez, evitando ir a contramano de la historia y el sentido común.








