La fiscal es una serie documental original de Netflix que a lo largo de tres episodios sigue los pasos de la activista y defensora de derechos humanos, Sayuri Herrera, desde que decidió contender y luego asumir el cargo público de fiscal de Feminicidios de Ciudad de México.
Una decisión que no es cualquier cosa para ella. En primer lugar, porque la funcionaria proviene de movimientos sociales de finales de los noventa e inicios del año 2000 en México. Estamos hablando de la huelga de la UNAM de 1999, en la que miles de estudiantes cerraron escuelas por casi 10 meses.
Por entonces, Sayuri era una adolescente poniendo barricadas en una de las preparatorias que se fueron a paro. También nos referimos a la tradición del neozapatismo. Ambos movimientos tienen una consigna en común: pretender cambiar el sistema desde adentro es una trampa.
Trampa o claudicación, se dice, porque el sistema devora al individuo.
Sayuri comparte dicha visión. Su camino hasta entonces ha sido otro: estudiar dos carreras y una maestría para acompañar y formar parte del movimiento social. Ha sido abogada en casos legales de mucha relevancia y terriblemente dolorosos. Casos que muestran la fractura completa que padece México: ha sido la abogada de Marissa Mendoza, joven viuda de Julio César Mondragón Fontes, muchacho que fue torturado y desollado el 26 de septiembre de 2014 durante la desaparición forzada de 43 normalistas de Ayotzinapa.
Por ende, Sayuri ha conocido desde ese lado la inconmensurable corrupción del sistema de justicia, el cómo en los ministerios públicos hay colusión con el crimen organizado. También, unos pocos años después, ha acompañado a la madre de Lesvy Berlín Rivera Osorio, joven asesinada en Ciudad Universitaria, y ha echado para atrás la primera “versión” de un suicidio a todas luces inverosímil.
Por eso, Sayuri sabe de primera mano la misoginia del sistema de justicia: la forma mecánica en la que hace escarnio de las víctimas, la forma en la que siempre –o casi siempre– se justifica al feminicida. Le ha tocado ser parte de los movimientos feministas en Ciudad de México, desnudar la violencia machista y señalar la ineficacia de las autoridades.
Así es como llegamos con ella a una disyuntiva crucial: ante un cambio de colores en el Gobierno, se abre la posibilidad de incidir, pero, ¿no sabemos acaso desde el movimiento social que los cambios no se pueden impulsar desde adentro?
La periodista Paula Mónaco Felipe, codirectora de la serie junto con el fotógrafo Miguel Tovar, no lo dice abiertamente, pero tiene una historia similar. Es hija de madre y padre detenidos desaparecidos durante la dictadura militar en Argentina. Joven migrante, integrante del movimiento social y adherente de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del EZLN. Es una periodista que nunca ha negado su rol como activista, aunque desde el periodismo más conservador hay otro estigma: no se puede ser periodista y activista a la vez.
“Hablamos del horror y hacemos reportajes que nadie lee, nos ganamos premios con ellos, pero nada pasa”, expresa Mónaco en entrevista sobre esta serie que se estrena el próximo 26 de marzo en la popular plataforma de Netflix. Necesitamos, insiste, “sacudir conciencias”. ¿Es Netflix la salida?, ¿“entrarle” (SIC) a Netflix? Esa es la pregunta que no llega a elaborar, pero cuelga conspicuamente como candelabro en el centro de la sala.
Como periodistas se nos ha dicho que nuestro lugar está en el periodismo puro y duro (ese que sí, honestamente, pocos leen), no en Netflix, una industria cuya principal vocación es la del entretenimiento, pero de alcances estratosféricos.
Disyuntivas
La primera disyuntiva que se le presenta a Sayuri Herrera es: ¿buscar ser fiscal traicionaría sus ideas y compromisos sociales?, ¿es acaso esto una puerta falsa? Las acciones de Sayuri que son documentadas a lo largo de la serie no solo responden al sí o no, sino al cómo. ¿Dónde está la lealtad y qué representa un individuo en la maquinaria del Estado?
Y a veces esta acción conjunta de movimientos sociales con individuos representantes en la maquinaria surten efectos. La primera consecuencia de su llegada, por ejemplo, es la renuncia masiva de agentes del Ministerio Público.
A partir de la mitad del primer capítulo y hasta la conclusión en el tercer episodio, la serie describe la investigación y resolución de cuatro casos de feminicidio (Karen Itzel, Joana Esmeralda, Yrma Lydya y Ariadna), algunos que tuvieron un fuerte impacto mediático y otros muy poco conocidos e invisibilizados.
La oferta de ‘true crime’ en la actualidad es enorme, en parte debido a su fuerte demanda. Como documenté en mi libro Feminicidio Mítico (Debate, 2025), no solo en el horizonte anglosajón hay un interés femenino prevaleciente por estos productos, sino también en México (y probablemente en América Latina).
Una de las razones detrás de este fenómeno es que se trata del tipo de violencias que sentimos más cercanas y amenazantes. Por ello es que merecemos también contenidos que documenten con dignidad y sensibilidad dichos temas.
Sin embargo, la narrativa y la producción suelen caer en ojos y manos masculinas, lo que perpetúa una serie de narrativas muy desfasadas de la realidad. En el caso de este trabajo de la productora DETECTIVE (A plena luz, El show, #todas, El valiente ve la muerte solo una vez), el punto de vista cambia precisamente en beneficio de la audiencia: es la narrativa de una fiscal feminista y una pareja de documentalistas comprometidos socialmente.
Por ejemplo, Mónaco Felipe insiste en que quiso llevar el tema de las infancias en primer plano, algo que usualmente queda invisible tanto en diarios como en series de televisión. Así es como la voz en off de un niño narra cómo fue testigo del feminicidio de su mamá. Esta decisión podría ser problemática, dado que la voz es un identificador del niño que, si bien puede pasar desapercibida para la mayoría, da cuenta de su intimidad en un contexto de violencia muy marcada.
Pregunté a la codirectora por esta elección. Ella relató que este caso en particular se discutió mucho y largamente; y al final decidieron incluir este material por varias razones: una era la necesidad de poner el foco no solo en los feminicidios, sino visibilizar el daño que generan en las infancias. La otra es porque la abuela del niño (esto es, la madre de la víctima de feminicidio) narró en diversas ocasiones cómo esta declaración que hizo el niño le devolvió a él la propia historia de su madre. De alguna forma, era prueba de que él había ayudado a detener a los agresores de su mamá. La inclusión de su voz era algo que como familia querían hacer.
Se trató entonces de una decisión tomada entre todas las partes, con más de cuatro años de seguimiento. Hay otros momentos de decisiones arriesgadas. Pienso en el video de un feminicida cargando a su víctima, difusión que fue criticada en su momento cuando pasó en la televisión. De nuevo, hay aquí un entrelazamiento y un discurso distinto, en particular por quienes narran la historia, en este caso las amigas cercanas de la víctima, quienes proporcionan un acompañamiento.
Y aquí quiero llegar a otro aspecto que me interesó del trabajo: el tiempo de investigación, acompañamiento y rodaje. Este no es un documental realizado por personas ajenas a los casos que conocen a la protagonista por unos meses y rearticulan para producir masivamente (lo cual es más o menos la práctica estándar en la creación de documentales de plataformas de streaming).

Por el contrario, la hilación de la historia es orgánica, producto de una cobertura de largo aliento. Esto da a la serie una textura muy diferente de la que se obtiene en una producción convencional. Hay otros aspectos, como las imágenes de ministerios públicos trabajando en directo, que a veces, se puede adivinar, se sienten cohibidos por la cámara; pero en otras se les olvida o se han acostumbrado, y muestran otros colores. También vemos a la fiscal llorando porque, por supuesto, la realidad rebasa el cargo y el poder que puede ejercer.
Finalmente, tras cinco años de luchas al interior de la fiscalía, Sayuri se va porque trabajará a nivel nacional. Aquí queda esta sensación de orfandad entre diversos movimientos feministas. Pero también se insiste en los alcances, de nuevo del individuo o, en este caso, la individua. ¿Cómo se articulará en adelante el movimiento social en torno a la fiscalía de feminicidios?
Y viene quizá el aspecto más misterioso del documental (y de la vida en estos contextos de alta violencia): ¿de qué manera seguimos teniendo esperanza?, ¿cuál es la esperanza que nos sujeta? La fiscal deja ver cuál es la suya: seguimos teniendo esperanza.
Y eso también tenemos que narrarlo.
Puedes ver el tráiler de La fiscal en este link.
Lydiette Carrión
Es periodista y escritora mexicana. Autora de La fosa de agua (Debate, 2018) y Feminicidio mítico (Debate, 2025)








