La Bienal del Whitney 2026 hace historia con su primera curadora latina

La Bienal del Whitney 2026 hace historia con su primera curadora latina


La mirada de Drew Sawyer y Marcela Guerrero, cocuradores de la 82.ª edición de la Bienal del Whitney, se fija en la obra de 56 artistas procedentes de distintas partes del mundo: Vietnam, Japón, Egipto, Reino Unido, Filipinas, Canadá, Afganistán, Irán, Estados Unidos y distintos países de Latinoamérica. No ha sido una selección fácil. Tenían un borrador de 400 artistas y afirman haber realizado más de 300 visitas a estudios en los últimos años. El resultado es ecléctico y representa la coexistencia de una pluralidad de diálogos y perspectivas. A diferencia de ediciones previas, en esta bienal, abierta al público del 8 de marzo al 23 de agosto, no hay un tema cohesivo. “¿Qué significa organizar una bienal en un momento de tanta incertidumbre y fractura?”, se pregunta Sawyer en el ensayo que acompaña la exposición, donde explica que ha tratado de dar con un lenguaje capaz de describir formas de estar juntos en la diferencia, siguiendo la expresión de Warhol misfitting together, que alude a la yuxtaposición de elementos que no encajan.

La Bienal del Whitney —que se exhibe principalmente en las plantas quinta y sexta del museo ubicado en el Meatpacking District de Manhattan, aunque también incluye piezas en el vestíbulo, la entrada y una de sus terrazas— pasa este año a la historia por ser la primera bajo el prisma de una curadora latina, la puertorriqueña Marcela Guerrero. Un hito que evidencia el compromiso de algunas instituciones culturales del país por transformarse para garantizar una mayor diversidad, equidad e inclusión tanto en sus muestras como en el canon. Lo cual supone un giro especialmente relevante en el contexto político actual, cuando la Administración de Donald Trump ha atacado abiertamente esta diversidad. El cambio queda patente en la curaduría, ya que en torno a un quinto de los artistas representados en esta edición son de origen latinoamericano.

“El tono de esta bienal es mucho más alto que el de la pasada, lleno de matices más agudizados”, asegura Guerrero. “La llegada de la bienal coincide con un genocidio en curso, con los efectos de un planeta abrasado y con las depredaciones del capitalismo tardío”, prosigue en la introducción de la bienal. Una sensación de colapso que ejemplifica Pandemonio, una pieza visual de una de las artistas participantes, Michelle Lopez, donde un tornado (que representa las consecuencias del cambio climático, pero también la desinformación) hace volar banderas estadounidenses y hojas de periódicos.

O la instalación sonora Requiem para los insectos del colombiano Oswaldo Maciá, que parte de una composición a través de dieciséis canales de audio diferentes y altavoces ocultos en megáfonos de vidrio, mediante la que el artista busca concienciar sobre la extinción de los insectos. “Soy caribeño y no estoy al margen de lo que ocurre en América: me afecta profundamente. Creo que es un momento importante para tener voz y formar parte de un coro de pensadores”, explica el artista.

La muestra también explora cómo se ciernen los claroscuros del avance de la tecnología sobre los humanos. En este sentido, Gabriela Ruiz, artista mexicoestadounidense, presenta Homo Machina, una consola digital a escala humana a modo de retrato. “A medida que la estética tecnológica se vuelve más minimalista, más pulida, más estéril, algo desaparece: las relaciones desordenadas, excesivas y expresivas con la tecnología que antes ofrecían placer, identidad y poder”, explica Ruiz en el Manifesto que acompaña su pieza. “Homo Machina mantiene esa contradicción en un mismo cuerpo: la tecnología como protección y como amenaza, como deseo y como arma”.

La 82.ª edición de la bienal de arte contemporáneo más influyente de Estados Unidos es una muestra de carácter intergeneracional que contrapone artistas con más de seis décadas de diferencia, ya que, aunque la mayor parte de los artistas representados nacieron a partir de finales de los 80, se incluyen obras de artistas veteranas como la estadounidense Pat Oleszko (79 años), que empezó a hacer inflables precisamente en esa década; la palestina Samia Halaby (90 años) y la puertorriqueña Carmen de Monteflores (93 años), cuyas piezas dialogan por primera vez en la misma sala que las esculturas de su hija, la artista conceptual y performer Andrea Fraser (que participa en la bienal por tercera vez).

Obras de la Bienal del Whitney 2026: pieza 'Homo Machina' de Gabriela Ruíz.

Uno de los rasgos más llamativos de esta edición es que, aunque la performance sigue teniendo cabida, como es habitual en la bienal, esta vez convive con la cultura pop al incorporar a figuras televisivas como Julio Torres, el actor, cómico y director salvadoreño conocido por Saturday Night Live, Problemista y la serie Los Espookys. Torres presenta una performance junto a la artista estadounidense de ascendencia guatemalteca maya, Martine Gutierrez.

Otra de las novedades de la bienal de este año es que introduce los videojuegos como forma de arte. “Me interesa tender puentes entre distintos públicos: organizar exposiciones en museos, pero también llevar muestras de calidad museística a conferencias de videojuegos, para que los jugadores sientan que el arte también se acerca a ellos”, explica el colombiano Leo Castañeda, que lleva más de una década trabajando en Camoflux, un videojuego en el que los cuerpos y paisajes se fusionan con la tecnología y en el que se van acumulando recursos, lo que resulta muy refrescante en contraste con la violencia que predomina en este tipo de formatos.

El catálogo presenta, por otra parte, una iniciativa singular que lo vuelve aún más interesante: cada artista tiene carta blanca para elegir con quién conversar sobre su obra, pudiendo ser el interlocutor un familiar, un curador, otro artista o alguien a quien admiren pero que desconozcan. Por ejemplo, la estadounidense Emilie Louise Gossiaux eligió a alguien que no está relacionado con el arte contemporáneo, pero con sensibilidad para entenderlo, el novelista y poeta Ocean Vuong.

El territorio y la identidad prevalecen en algunas entrevistas a artistas latinos recogidas en el catálogo de la exhibición. “La contradicción de Puerto Rico como patria y como territorio ocupado al mismo tiempo, me muestra cómo algo puede ser reclamado y borrado a la vez, y aun así perdurar”, apunta la estadounidense de origen puertorriqueño Taína H. Cruz, que con veintiocho años es la artista más joven de la muestra. Por su parte, el chileno Ignacio Gatica explica cómo “hablar español y estar en Nueva York” le ha abierto a gente con historias diferentes, comunidades con familia en otros países.

En un momento de fragmentación global, la mirada de Guerrero y Sawyer convierte el museo en un espejo del mundo, donde no existe un relato único, sino una pluralidad de narrativas y voces.