la batalla diaria de los comerciantes de Bahía Blanca

la batalla diaria de los comerciantes de Bahía Blanca


Sergio Martínez tiene la secuencia intacta en su cabeza. Recuerda que esa mañana, la del 7 de marzo, salió desesperado de su casa en Punta Alta junto a su esposa Claudia. Tenían que hacer 30 kilómetros hasta Ingeniero White, pero la ruta estaba cortada. No pudieron llegar hasta el sábado.

“Primero vine a buscar a mi familia, mi hijo, mi nuera, mi nieto y mi mamá. Después vinimos para acá. No te imaginás la tristeza que es eso porque…¿cómo no puedo tomarme este lugar como familia? A mi mamá la veo día por medio, acá estoy entre 9 y 10 horas por día. Hace 34 años y lo siento con la misma angustia de que si se me muriera un familiar. Fue desastroso. Aparte ya veníamos caminando mal por la desolación que había en White, por el silencio que había”, cuenta Sergio.

Esa que describe es la primera imagen que tiene de Bahía Blanca luego de la catástrofe que inundó la ciudad hace un año atrás.

Sergio le abrió a Clarín las puertas de su gráfica IndusWhite apenas unos días después de que el agua arrasara con todo. En ese momento, las ruinas de la inundación estaban por todas partes, incluso en su cara cansada, triste. Ahora, con otro semblante -aunque siempre con aquel dolor escondido en alguna parte de sus ojos- vuelve a recibir al equipo de Clarín.

La pareja empezó de a poco, con mucho esmero, en el año ’92. Comenzó fabricando bolsas de papel, después pasó a fabricar estuches de cartulina para embalar y, con el tiempo, se dedicó a las cajas de cartón corrugado. Se fueron sumando máquinas y empleados al proceso.

El agua entró con particular fuerza en esta zona portuaria llevándose todo a su paso. La marca llegó a 55 centímetros y complicó los motores. El trabajo quedó parado por dos semanas mientras se veía qué podía salvarse y qué debía cambiarse.

En 2016, Sergio tomó un crédito en Estados Unidos para comprar una impresora offset japonesa de 6 cuerpos, cuando el valor del dólar era de $ 9,70. Cuando recibió el dinero el dólar costaba casi $ 16. Era tarde para cancelar la compra, así que se endeudó más, por fuera del banco. Tres meses antes de la inundación habían terminado de pagarla, eran U$S 350.000.

Sergio Martínez sigue adelante a pesar de las deudas y el agua que arrasó su empresa. Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial

“La máquina hoy está en funcionamiento, pero no al 100%. Se rompió con lo que pasó, pero si no anda del todo es porque no tenemos la guita para hacerlo. La máquina viene con un sistema que se perdió con el agua, y comprarlo hoy sale U$S 20.000 o U$S 25.000”, dice.

Ahora ese trabajo lo hacen a mano: cuando se imprime hay que poner las medidas de impresión, el espesor del papel y muchas cosas más.

Así quedó la gráfica después de la catástrofe.

El agua recién bajó el domingo 9 de marzo. El lunes se encontraron con pilas de cartón corrugado tiradas en el piso. Los motores de las máquinas pudieron abrirlos y secarlos, aunque tuvieron que cambiar los bolilleros.

Para tratar de salir adelante, Sergio sacó créditos en tres entidades. Pero pudo mantener a sus 23 empleados y recuperó casi todas las máquinas, salvo una que decidió reemplazar invirtiendo en otra nueva.

Sobre el alivio fiscal que la Municipalidad de Bahía Blanca implementó para comercios afectados por el temporal, Sergio dice que no lo obtuvo. Aunque sí pudo aplazar el pago de tasas nacionales y provinciales, pero ahora deberá pagarlas con intereses. Tiene que pagar muchas cosas juntas este año.

Sergio Martínez y Claudia Piñeyro están al frente una imprenta en Ingeniero White. Muestran cómo se pudieron recuperar un año las inundaciones.

“La municipalidad dijo ‘no van a pagar las tasas los que facturaron menos de 50 millones en enero por 90 días’. La inundación fue en marzo. Con 23 empleados obviamente no podemos facturar $ 50.000.000. Capaz que el hace servicios sí, pero no un fabricante. El lunes y el martes fue feriado de Carnaval y la inundación fue el viernes 7. O sea, pudimos facturar solo miércoles y jueves. Con una facturación mínima tuvimos que pagar ingresos brutos y tasa municipal como si fuéramos los mejores”, comenta.

Así estaba la gráfica de Sergio y Claudia pocos días después de la inundación.
Foto Archivo. Diego izquierdo

“Me cuesta mucho, para colmo la venta no está acompañando. Ahora estamos en baja temporada, pero está demasiado tranquilo, por suerte la parte de corrugadora me ayuda un poco. Creo que hay una merma económica a nivel país, pero acá se siente mucho por lo que pasó”, suma.

“Sentís un vientito y ya te da miedo”

Los casos como el de Sergio contrastan con realidades como la de María Graciela Arguile, una señora de White que tiene un negocio de zapatos y ropa que todavía no puede levantar la cabeza después de la catástrofe. Desde hace tiempo que quiere vender, pero dice que la inundación fue “la gota que rebalsó el vaso”.

En su casa, a pocas cuadras, no hubo daños. Por eso cuando se enteró de que la calle del negocio estaba inundada fue muy tarde. No tenía forma de pasar. Cuando pudo hacerlo al día siguiente, sin luz, encontró un caos: infinidad de pares de zapatos enterrados en el barro, un metro de agua estancada en el depósito y el baño.

Así quedó el negocio de Graciela luego de las inundaciones.

“Fue muy chocante lo que pasó. Hay mucha gente que se quedó muy mal, porque uno acá lo vive todos los días. Muchos quedaron en estado psiquiátrico mal. Sentís un vientito y ya te da miedo. Fue algo de la naturaleza pero también estuvo la impericia humana. Vivir una cosa así es difícil. Yo un año antes de todo esto dije ‘voy a dejar’. No me decidía, pero ahora estoy cansada. Me da pena, me da angustia”, dice Graciela. Son 28 años a cargo de este local.

“Fueron 20 días trabajando acá adentro, sin parar. Veníamos a las 5 de la mañana y nos íbamos a las 6 de la tarde, porque mi marido decía ‘venite porque ya cumpliste un montón de horas’. La gente todavía sigue hablando de sus casas, sigue encontrando cosas”, agrega.

Graciela Arguile está al frente de una zapatería en Ingeniero White. A un año de las inundaciones planea cerrar el negocio. Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial

En el centro de Bahía Blanca, la misma calle sobre la que se emplaza el palacio municipal -en Alsina- es la que hasta hace poco albergaba a esos comercios que parecían a punto de claudicar entre el barro y la pérdida.

Los locales sacaban a la vereda las prendas más rescatables con la intención de secarlas al sol, pero la gente que pasaba empezaba a ofrecer dinero por llevárselas.

Así estaban los locales un año atrás. Foto Fernando de la Orden / Enviado especial

Ahí fue que los negocios comenzaron a poner carteles de liquidación total “por inundación” en los vidrios estallados por el agua. El barro, adentro, tapaba el stock de los depósitos y se había tragado los zapatos y la ropa que había quedado en las zonas más bajas.

Ahora no hay barro, pero las marcas de su paso quedaron en algunas paredes. Ahora no hay vidrios estallados, pero sí hay vidrieras agrietadas. Muchos levantaron pisos y pusieron nuevos, otros pintaron y revistieron sus locales.

Los que aguantaron con sus propias ventas

Los comerciantes que hablan con Clarín cuentan que los locales se apoyaron en sus propias ventas, que tampoco podían compensar lo perdido, para sacar a flote sus negocios y pagar los sueldos de los empleados. Luciana Gili es una de las que, cuando todo pasó, temía perder su puesto de trabajo.

Hace un año, Clarín la encontraba vendiendo los zapatos salvados en la vereda. “Ese día entraba a las 9, pero a las 7 de la mañana ya tenía agua en mi casa. Cuando pude venir para acá fue recién el domingo y fue un desastre. Pero atrás llegó agua hasta el baño, y detrás hay un depósito también. Justo era cambio de temporada, había entrado poca mercadería. Lo poco que pudimos rescatar se vendió en la vereda, porque después vino la crisis y estamos siempre remando”, recuerda.

Luciana Gili es empleada de la zapatería Victoria, en el centro.  Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial

Dice que fueron 15 días en donde lograron vender lo que se podía para ahorrar plata y acomodar el negocio.

“Llevamos 12 camionetas repletas para lavar. Había 6 o 7 personas lavando para después vender a costo. Y cuando vos hablás de costo y de mercadería perdida no recuperás todo, o sea, no vendés todo lo que se te inundó. Aparte del costo, perdés 20 o 30 por ciento”, relata Néstor Zennaro, uno de los socios de Mundo Outdoor en el centro de Bahía.

Luciana estuvo 15 días vendiendo en la vereda la mercadería que lograron salvar.  Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

En otra sucursal que se había hecho nuevo las ventas estuvieron frenadas por dos meses. “Tuvimos que comprar todo de vuelta. Se complicó. Mucha gente estaba abocada a comprar cosas para sus casas”.

Comenta que el último Día del Padre repuntó un poco el año, pero no se logró comparar con años anteriores. En líneas generales, fue un año difícil para las ventas.

Néstor Zennaro, uno de los socios de Mundo Outdoor. Foto: Fernando de la Orden / Enviado especial

Zennaro ve que hay algunos negocios “más apretados que otros, más golpeados”.

“Los chicos van a tender a desaparecer. Pero creo que si te manejás con redes sociales cambia mucho. Está cambiando mucho la venta la forma de venta, nosotros en los locales en algunos estamos bajando un 10 o 15%”.

Bahía Blanca. Enviada especial