“Por lo menos está demacrado”. Eso fue lo primero que le pasó por la cabeza a Carola Hernández cuando vio a Nicolás Maduro entrar este jueves a la sala del tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York. Estaba sentada en la tercera fila de asientos reservados para el público que entró a escuchar la segunda audiencia del exgobernante venezolano y su esposa, Cilia Flores, desde su detención en Caracas. “Está demacrado, como nos veíamos nosotros cuando estábamos presos allá, pero se ve todavía en demasiado buen estado para todo lo que han sufrido los que están todavía en Venezuela”, dice Hernández. Cuenta que estuvo presa por un año y que fue torturada por seis días antes de que la llevaran a la cárcel militar de Ramo Verde, en las afueras de Caracas, acusada de traición a la patria y rebelión militar.
Hernández vive en el exilio desde hace cinco años y el 3 de enero vio los bombardeos y la operación militar estadounidense que acabó en la detención de Maduro y Flores a través de una transmisión en vivo de TikTok. Este jueves, ha pedido el día libre en el trabajo y ha hecho fila desde la madrugada en la acera del tribunal federal para representar a los cientos de venezolanos que siguen bajo prisión por razones políticas, aun después de que Maduro fuera desalojado del poder.
Nicolás Maduro y Cilia Flores entraron a la sala cerca del mediodía, vestidos con el uniforme color caqui que llevan los presos federales y las camisetas naranjas que suelen llevar los reclusos de más alto perfil. Menos elocuente que en sus primeros contactos con las cámaras y los alguaciles, Maduro saludó con un “Good morning, ¿cómo estás?” a su abogado, Barry Pollack, antes de sentarse y calzarse los cascos para escuchar la traducción al español de la sesión.
Salvo los corresponsales y un mexicano curioso que asiste a tantos juicios de alto perfil como puede, la mayoría del público que había logrado entrar a la sala era venezolana. Como Hernández, al menos media docena de ellos han sufrido cárcel, tortura o algún tipo de persecución por oponerse al chavismo.
Minutos antes de que empezase la audiencia, todos se han reunido en la cafetería de los tribunales a hacer inventario de sus experiencias: hablan de cómo avanzan o se estancan sus casos de asilo, se recomiendan trámites y abogados, comparan el tamaño de las celdas donde vivieron, comparten sus trucos para conciliar el sueño en el encierro y también sus pesadillas recurrentes. “Yo soñaba que chateaba”, dice Hernández en un momento de la conversación. Estar encerrados en este edificio federal, sin teléfonos celulares, les recuerda cómo era la vida sin ninguna comunicación con el mundo exterior.
Otra venezolana, Daniela Rivas, sigue sus historias desde un extremo de la mesa, impresionada: ella nunca había escuchado en persona el relato de un venezolano preso, torturado. Mucho menos había visto a Nicolás Maduro y a Cilia Flores en carne y hueso. Y ahora todo esto le pasa de golpe, casi por casualidad, cuando en mitad de sus vacaciones decidió darse una vuelta por los tribunales a ver si podía entrar a la audiencia. “No puedo creer que estemos aquí”, repite Rivas, sentada ya dentro de la sala de audiencias, escuchando de viva voz los argumentos de la defensa de Maduro y de Flores para pedir al juez que desestime los cargos en contra de la pareja. “Yo no podría ser su abogado”, dice Hernández y agrega, refiriéndose a Barry Pollack: “Él sabe (todo lo que ha hecho Maduro) y aun así elige defenderlo”.
El abogado Pollack no solo ha elegido defender a Maduro, sino que ha presentado dos mociones ante el juez Alvin Hellerstein, que lleva la causa: la primera, que se permita al Estado venezolano financiar los gastos de la defensa de la pareja acusada; y en caso de que eso no sea posible, que el juez desestime los cargos, bajo el argumento de que Maduro y Flores no tienen dinero ni recursos para pagar a sus abogados. En eso se ha ido casi toda la sesión, en discutir esas dos peticiones. Maduro y Flores tomaban notas y observaban el debate, sin volver nunca la mirada hacia las decenas de venezolanos que pasaron la noche en vela, haciendo fila para entrar a verles.

El juez Hellerstein, que a sus 92 años maneja un caso sin precedentes, escuchó los argumentos de las partes y, entre ataques de tos y sorbos de agua, dio por terminada la audiencia sin llegar a ninguna conclusión. “¿Y eso fue todo? ¿Cómo quedamos?”, pregunta Rivas, que aún necesitará algunas horas para procesar todo lo que ha visto en esta jornada inesperada de sus vacaciones. Para reflexionar sobre los horrores que han compartido los venezolanos a quienes conoció este jueves y que no son materia de este juicio ni están siendo juzgados en ningún tribunal. “Yo he sido afortunada, a pesar de todo”, dice ella, que en su adultez no conoció otro gobierno que el chavista. “No sabíamos nada de lo que nos venía. Uno veía [a Maduro] como un bobo, como una persona que no tenía la capacidad para estar en el poder tanto tiempo. Y míralo: terminó siendo más cruel [que Hugo Chávez]”.








