En Las bendiciones, su nueva novela publicada por Planeta, la escritora argentina Eliana Madera (Carlos Casares en 1985) explora las zonas más incómodas de la maternidad: el puerperio, la soledad, la fragilidad psíquica y los mandatos que persisten incluso cuando parecen discutirse. Una ficción que incomoda porque pone palabras donde todavía hay silencio.
En tiempos en que la maternidad se discute en clave de derechos, elección y políticas de cuidado, la literatura sigue encontrando un territorio fértil –y áspero– para narrar lo que queda fuera del discurso público. Las bendiciones, la nueva novela de Madera, se inscribe en esa tradición, una ficción que se atreve a correr el velo del ideal materno para mostrar aquello que incomoda, duele y rara vez se dice.
La historia narra la vida de Nadia, una mujer atravesando el puerperio, aislada en un departamento que pronto se vuelve un espacio cargado de resonancias ajenas. Allí aparece la figura de Diana, una mujer que vivió en ese mismo lugar años atrás. Separadas por el tiempo, pero unidas por experiencias de maternidad solitaria, ambas funcionan como espejos deformantes como ecos de una herencia emocional difícil de nombrar.
Desde la escucha
Lejos de partir de una tesis cerrada, la escritura se construye desde la escucha de sus personajes y de lo que la propia historia va revelando en el camino.
“No suelo trabajar con un plan, ni siquiera con una idea formada sobre los textos. Me gusta ir siguiendo lo que los personajes y la historia proponen, y ver hasta dónde se puede ir, qué se puede descubrir”, comenta. En ese recorrido, la novela deja aflorar zonas sórdidas de la experiencia materna: el cansancio extremo, la desconexión emocional, la culpa, el miedo y la violencia que puede habitar puertas adentro. Sin proclamas ni consignas explícitas, el texto deja que esas tensiones emerjan con naturalidad, casi como fósiles que salen a la superficie.
“De ninguna manera me propuse hacer una proclama sobre la maternidad y sus mandatos, pero sin duda, eso estaba ahí y a medida que las historias se fueron desarrollando, empezaron a surgir aspectos sórdidos en un tema que todavía parece tener mucho de tabú y de ideal impuesto”, resalta.
La argentina Eliana Madera es autora de Las bendiciones (Planeta). Foto: Juano Tesone.La elección de una estructura narrativa doble no responde solo a una búsqueda formal. La duplicidad permite salir del encierro de una única voz y amplificar la experiencia de la protagonista que transita la maternidad en un estado de aturdimiento casi constante. “La idea de la duplicidad me resultó atractiva por permitirme salir del yo. Nadia, la protagonista, está sola. Casi no habla con nadie, tiene un bebé que, según sus palabras, llora y al que no entiende”, cuenta.
Diana aparece entonces como un fantasma, una presencia difusa que condensa temores, rumores y silencios. Su historia no solo aporta información a la trama sino que complejiza el mapa emocional de la novela, que avanza de manera no lineal, como un reflejo del tiempo suspendido del puerperio. “La novela sigue un tiempo no cronológico, va y viene, como en un laberinto de espejos, los días se suceden en loop como en el puerperio”, subraya la autora.
El peso de los mandatos
Aunque ambas mujeres comparten la soledad al maternar, sus experiencias están atravesadas por mandatos distintos, propios de generaciones diferentes. La novela no propone una lectura nostálgica ni progresista en términos lineales, sino que muestra continuidades y rupturas igualmente problemáticas.
“Para Diana, además de la fachada de familia perfecta, era necesario mantener su trabajo, ser independiente, autosustentable, no pedir ayuda ni mostrar su debilidad, ni siquiera en los momentos más difíciles de su vida”, subraya.
En contraste, Nadia encarna un mandato más contemporáneo, entregarse por completo a la experiencia materna, respetar los tiempos vitales, renunciar al trabajo. Sin embargo, ese modelo tampoco ofrece una salida. En palabras de la escritora: “Se siente aislada, sola, sin expectativas y o deseos, simplemente funciona como una autómata que intenta mantenerse con vida para preservar la vida de su bebé”.
La novela sugiere que, más allá de los modelos, la constante es el no saber y la falta de redes. Frente a eso, aparece la idea de la co-maternidad como hipótesis posible, aún frágil y provisional. Sobre esto, resalta: “Si tuviera que arriesgar una hipótesis diría que el modelo que funciona es el de co-maternar. El de maternar con otras, el compartir experiencias, ideas, brazos”.
En ese sentido, Las bendiciones dialoga de manera directa con un contexto social que, aunque parece habilitar nuevas discusiones sobre maternidad, continúa sosteniendo exigencias contradictorias. Las mujeres son impulsadas a tener hijos como parte de un mandato persistente, pero una vez que maternan, el sistema espera que se reintegren a la vida productiva y social como si esa experiencia no hubiera modificado nada.
La maternidad sigue siendo una tarea central pero invisibilizada, sostenida en la soledad y en redes frágiles o inexistentes. “Existe un doble mandato que pesa sobre las mujeres en relación a la maternidad, por un lado la obligación de ser madres, y no cualquier madre, sino una super madre que todo lo puede y que de nada se queja”, afirma.
La novela expone ese desfasaje entre el ideal y lo posible, entre lo que se exige y lo que realmente se puede sostener, mostrando cómo esa presión impacta de lleno en la salud mental y emocional de quienes maternan. “Además de esto que a todas luces es un trabajo full time, las madres tienen que volver a trabajar e integrarse a la sociedad como si los hijos no existieran”, sostiene convencida.
Frente a ese escenario, la literatura aparece como un espacio privilegiado para decir lo que otros discursos no logran formular sin ser rápidamente rechazados. En línea con una concepción de la ficción como territorio de experiencia antes que de teoría, Madera retoma una idea que la acompaña desde hace años.
“Alguna vez escuché decir a Liliana Bodoc que la literatura tiene muchas posibilidades de acercarse a la verdad a través de la ficción. Comparto por completo esa idea”, indica. Desde ese lugar, el texto no busca explicar ni resolver, sino habilitar una experiencia de lectura que permita reconocer lo no dicho, lo silenciado y volver visible una soledad que sigue siendo estructural en la experiencia materna contemporánea.
Lo doméstico como archivo del trauma
El departamento donde transcurre gran parte de la historia no es solo un escenario: funciona como un archivo emocional, un espacio que acumula memorias, deseos frustrados y traumas heredados. La casa, lejos de ser un refugio, se vuelve un lugar inquietante.
La argentina Eliana Madera es autora de Las bendiciones (Planeta). Foto: Juano Tesone.La autora se detiene en este punto y agrega: “Tenemos la tendencia a no pensar en lo que dicen los espacios, a neutralizarlos, pero la arquitectura y la forma de habitarlos transmiten modos de pensar y de habitar el mundo.” Esa hostilidad no se limita al interior del hogar. La ciudad que recorre Nadia tampoco está pensada para maternar, y esa exclusión refuerza el aislamiento y la sensación de no pertenecer a ningún lado.
En Las bendiciones aparecen temas como la depresión posparto, la violencia doméstica y la precariedad emocional sin subrayados ni golpes de efecto. La apuesta está en la potencia de la literatura para decir lo que otros discursos no pueden o no se animan.
“La literatura ilumina, comparte el sentir con el lector, habilita la palabra y pone en circulación ciertos temas que no siempre están a tono con la agenda que proponen los medios de comunicación.” Para la autora, la ficción sigue siendo un espacio privilegiado para narrar las zonas de quiebre, allí donde el pensamiento racional no alcanza. Y remarca: “La literatura, al menos para mí, es un espacio para vivenciar, no para pensar, ni teorizar.”
En un texto atravesado por el silencio, pocas voces se animan a hablar. Pero cuando lo hacen, dejan marcas difíciles de borrar. El relato no ofrece respuestas ni consuelos fáciles, sino que propone una experiencia de lectura que obliga a mirar de frente aquello que todavía incomoda, incluso –o sobre todo– cuando se lo nombra como una bendición.
Las bendiciones, de Eliana Madera (Planeta).








