Es el año 1958 y en el Waldorf Astoria de Nueva York, emblema de lujo y diplomacia, va a fecharse un hito fundamental en la vida de alguien. En el salón principal, bajo las arañas de cristal de una gala, una mujer rubia -elegante y discreta- garabatea unas palabras en una servilleta.
Minutos después, un senador de sonrisa impecable le hace una seña. Son un hombre y una mujer y están a solas. Ella recordará el abrazo fuerte, el susurro íntimo: “Es maravilloso verte. Te quiero”. Ella es Gunilla von Post; él, John Fitzgerald Kennedy, ya casado con la escritora Jacqueline Bouvier. Ese cruce, no menos intenso que fugaz y clandestino, era la estela de una historia que había comenzado tiempo atrás: en una hermosa tarde de verano de 1953 en la Riviera francesa.
Karin Adele Gunilla von Post Miller había nacido en Estocolmo el 10 de julio de 1932, descendiente de una antigua casa noble. Su infancia transcurrió entre la capital de Suecia y temporadas en el campo, donde aprendió a apreciar la sobriedad y el orden nórdicos.
Se educó en escuelas de hotelería y cocina, y completó su formación en Lausana, Suiza, con estudios de protocolo e idiomas. Hablaba inglés y francés; adoraba viajar y se movía con soltura entre Europa y los Estados Unidos. Esa vida de tránsito sería el escenario donde apareció en su camino el joven senador por Massachusetts.
El flechazo fue mutuo y, aunque él, de todos modos, se casó en septiembre de 1953 con Jackie, la correspondencia y los llamados transatlánticos no se interrumpieron jamás. En marzo de 1954, él le escribió: “¿Recuerdas nuestra cena y velada en Antibes y Cagnes?”.
En otra carta, más audaz, fantaseó: “Pensé en comprarme un barco y navegar por el Mediterráneo durante dos semanas contigo como tripulación. ¿Qué te parece?”.
El plan pronto naufragó: una grave lesión de espalda llevó a Kennedy al quirófano y a una recuperación que rozó lo fatal. Pero el vínculo persistió, con humor y apelativos íntimos -la llamó “mi chica sueca” y, jugando con su nombre, “mi gorila sueca”-, y con una franqueza poco común: en febrero de 1956 le confesó que el verano con ella había sido uno de los mejores recuerdos de su vida.
Vivieron una pasión a contramano de la política y las apariencias.
El reencuentro
La cita se concretó recién en agosto de 1955, en un castillo sueco, lejos de miradas indiscretas. “Lo tomé prestado por una semana, una semana hermosa que nadie me podrá arrebatar”, diría Gunilla muchos años después.
Fue, para ambos, la confirmación de una pasión a contramano de la política y las apariencias. Aquellos días fueron de paseos junto al lago y silencios cómplices: ambos sabían que lo que compartían no tendría un cauce público posible.
La realidad, sin embargo, se impuso. En 1956, Gunilla se casó con el rico terrateniente sueco Anders Ekman; Kennedy, por su parte, ya transitaba el camino que lo llevaría a la Casa Blanca. Se verían por última vez aquella noche de 1958, en el baile del Waldorf Astoria. Ella, desde su mesa, le envió la servilleta; él la hizo llamar al pasillo. Fue el tiempo del largo abrazo, las palabras bonitas y un cierre tácito.
Las revelaciones de Gunilla, en la prensa de 1997.En 2010, subastó las cartas de JFK y recaudó 115.537,50 dólares.
El romance sale a la luz
Durante décadas, la historia quedó guardada en un cajón: once cartas manuscritas y tres telegramas que sobrevivieron a mudanzas y temporadas. En 1997, Gunilla decidió contarla en Con amor, Jack (Love, Jack), unas memorias sobrias y directas donde dio precisiones de fechas, lugares y encontró el tono justo para contar lo que hasta entonces había sido un rumor.
En 2010, subastó ese lote de correspondencia en Chicago: recaudó 115.537,50 dólares, más del doble de la estimación.
Años después, en 2015, salió a la luz otro objeto elocuente: una chaqueta de cuero que Kennedy le había dejado a Gunilla, valuada en más de 135.000 dólares. Para ella, esos objetos eran parte de un archivo íntimo, no trofeos. El libro tuvo una acogida prudente y reabrió el debate ético sobre los límites entre vida privada y memoria histórica.
Con el tiempo, la chaqueta dejó de ser solo una prenda para convertirse en un documento. El desgaste del cuello y el peso del cuero parecían certificar, como un acta silenciosa, que hubo un verano y hubo cartas; que alguien guardó todo eso en un ropero privado. La prenda, marrón oscura, condensaba para ella la cercanía de una voz y de un tiempo. En esas telas ella acariciaba su ausencia.
Las cartas, además, revelan a un Kennedy poco visto: espontáneo, de puntuación apresurada, tierno y de a ratos juguetón. Las escribe en papel oficial con membrete del Senado. En ellas alterna promesas de nuevos encuentros con bromas privadas. Lejos del orador calibrado al milímetro, aparece un hombre que escribe deprisa y, aun midiendo cada gesto público, deja asomar la vulnerabilidad.
La iconografía romántica de JFK (donde resuenan los nombres de Marilyn Monroe y de la argentina Stella “Baby” Cárcano) encuentra en Gunilla un contrapunto más humano: cartas en papel con membrete, un afecto que se resiste a apagarse y la evidencia, extraña quizá para un político, de una ternura que no busca la foto.
La vida de Gunilla, por supuesto, no empieza y termina en aquel verano. Con Ekman tuvo dos hijas; y tras la muerte accidental de su esposo, se casó con Wisner Miller, un ejecutivo de IBM, y se trasladó a los Estados Unidos.
Entre Palm Beach, Suecia, el sur de Francia y Suiza, alternó residencias y apoyó causas benéficas (protección animal y ayuda a la infancia) con la discreción con que había vivido su romance. En los Estados Unidos halló una rutina más anónima: playas en invierno, reuniones discretas en clubes locales.
Hija de estirpe antigua y formada en Suiza, Gunilla cultivó una identidad a “mitad del Atlántico”: se sentía en casa lo mismo en Europa que en los Estados Unidos. Ese estar entre dos orillas se advierte en sus mudanzas, en su trabajo filantrópico y en su modo de administrar los recuerdos: sin estridencias, con una elegancia práctica.
Con Miller tuvo dos hijos (uno falleció a los siete meses). Al final de su vida la sobrevivieron sus dos hijas del primer matrimonio y un hijo del segundo. Había cumplido sesenta y cinco años cuando publicó sus memorias, y setenta y nueve cuando murió: el tiempo, en su caso, funcionó como un filtro para elegir qué decir y qué callar.
Si bien la estirpe de la que provenía (con raíces en la Edad Media) le dio blasón y puertas abiertas, fue la claridad con la que supo contar su vida lo que la volvió inolvidable. En sus páginas no hay grandilocuencia ni rencor: solo escenas precisas, citas resguardadas con cuidado. Sobre todo, hay una mujer que encontró un modo propio de contar lo que nunca quiso convertir en escándalo.
Gunilla von Post murió el 14 de octubre de 2011. Quedaron su libro, algunas fotos, una chaqueta de cuero y un puñado de cartas donde el futuro presidente de EE.UU. baja la guardia para amar y permitirse la ternura. También persiste, nítida y serena, esa imagen mínima que, por su precisión, roza la perfección del diamante: una servilleta doblada, un pasillo del Waldorf, un abrazo que condensa el vértigo de una historia vivida a contratiempo.
En la mitología de Camelot, donde casi todo es símbolo, la “pequeña sueca” encontró un cuarto propio que brilla por su autenticidad. Porque lo que se escribe a mano y se dice en voz baja no siempre está destinado a borrarse ni a callarse.








