Juan Villoro: “Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”

Juan Villoro: “Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”


La afición en los estadios es el coro parlanchín de las tragedias griegas; las camisetas de los jugadores, sudarios o reliquias de santos; y el balón, claro, es el objeto máximo de deseo: redondo, escurridizo y perfecto como los dioses. En su último libro, Héroes numerados (Planeta), Juan Villoro envuelve el fútbol en ecos míticos, dando la razón a Pasolini cuando dijo, hace ya unas cuantas décadas, aquello de que el juego del balón era la última representación sagrada, el último gran rito que nos queda.

Casi tan rituales han sido también las publicaciones de Villoro (Ciudad de México, 69 años) sobre fútbol. Durante el Mundial de Argentina de 1978 escribió un cuento acerca de un aspirante a delantero que se debate entre su novia o el Estadio Azteca. Para Italia 90, un periódico le mandó a Roma a que hiciera reportajes sobre lo que pasaba fuera de la cancha, los márgenes del fútbol. Luego, coincidiendo con otros dos Mundiales, ha ido publicando libro, Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014), dos obras canónicas de la literatura balónpédica reeditadas ahora por Planeta. ¿Habrá un cuarto? Sentado en una sala de las oficinas de la editorial, su respuesta es otro guiño al metafútbol: “No creo que yo sea como Roger Milla”, dice en referencia al legendario delantero camerunés que batió dos veces el récord de jugador más veterano en anotar en un mundial.

El nuevo libro, que coincide también con año de Mundial, está estructurado como una especie de diccionario de gramática futbolera, alimentado por el cruce de géneros marca de la casa: crónica, ensayo, memoria. “Lo que pretendí fue primero hablar de los grandes elementos del juego, comenzando por la afición misma, siguiendo por el balón, la camiseta, las celebraciones, los cronistas”. Cada parte de esa gramática particular es un capítulo. El primero, dedicado a la afición, es un texto recuperado y actualizado de sus crónicas del mundial de Italia, la que considera la matriz de toda su producción posterior sobre fútbol. “Es un texto sobre lo que significa el fútbol para mí, cuál es el vocabulario de la pasión. Ese sentido de pertenencia tan especial y tan comunitario. Apostar a un equipo es como una forma laica de ejercer la religiosidad”.

Buceando en los orígenes, muchos siglos antes de que los británicos decidieran probar a jugar al rugby sin usar las manos, hay un antecedente sagrado. “En el año 1.600 a.C., los olmecas ya dominaban el arte de extraer savia de árbol de hule y someterla a una vulcanización natural que creaba sólidas esferas que botaban”. En ocasiones, el proceso se completaba con cenizas de los muertos, lo cual convertía a la pelota en un emblema de resurrección. “El juego de pelota prehispánico, que se jugaba con los codos y las caderas, se jugaba de manera sacramental, era una síntesis de su concepción de la vida y el universo, representaba la cosmología de la dualidad”. Los campos de juego eran el “patio del mundo”, el lugar de encuentro con los dioses.

La otra cara, lo mundano del fútbol, es lo que Villoro llama las “cajas de resonancia”. Recuerda bien las del Mundial de Italia 90: “Hubo conflictos interesantísimos, como el de Madonna contra el Vaticano, porque ella se había enamorado de Roberto Baggio, el fantasista de la selección italiana. Quería dar un concierto y el Vaticano lo prohibió porque ella utilizaba los escapularios y los crucifijos de una manera exageradamente sexy. El Partido Comunista se oponía al Mundial porque habían muerto obreros en la construcción de los estadios. Y la Chicholina, que era diputada y actriz porno, prometía acostarse, no sé si con el ganador o con el perdedor. Había todo un entorno que demostraba que el juego no solamente tenía que ver con lo que pasaba en la cancha”.

Kissinger, el padrino del fútbol estadounidense

Con el fútbol se pueden explicar incluso áridas cuestiones geopolíticas, como prueba el Mundial este año, celebrado a tres bandas entre Estados Unidos, Canadá y México mientras el mundo arde azuzado por las ansias imperiales del Donald Trump. Para los mexicanos, el fútbol fue durante décadas un mecanismo de gozosa compensación. “La nación que nos dominaba en todo al menos era nuestro “cliente” en la cancha”. Pero eso empezó a cambiar a finales del siglo XX, gracias en gran parte a una figura tan oscura como Henry Kissinger.

De origen alemán, el arquitecto de la política exterior estadounidense durante décadas “entendió la importancia geopolítica que el fútbol tendría para su país de adopción”. Su apoyo a las dictaduras militares latinoamericanas llegó a extremos delirantes. Kissinger acompañó al argentino Jorge Videla durante una polémica visita al vestuario del equipo rival en medio de un partido decisivo en el Mundial de Argentina 78. También estuvo en Italia 90, el Mundial en el que México fue inhabilitado para asistir por una polémica decisión, que a la postre favoreció la campaña de promoción del fútbol en Estados Unidos y su papel como organizador del siguiente Mundial.

De todas esas cajas de resonancia, la que le parece más valiosa últimamente es la emergencia del fútbol femenino. “Es el gran cambio del fútbol contemporáneo, donde se está jugando un deporte de mayor honestidad. Se fingen menos faltas, hay menos reproches al árbitro. Hay un manejo del erotismo mucho más libre. No hay una idolatría mercantil por ciertas jugadoras y es imposible que una jugadora cueste más que todo el equipo rival”. El último capítulo del libro se titula Las mujeres y paradójicamente es el que tiene más carga biográfica.

El escritor cuenta cómo conoció a su esposa y fue, en buena parte, gracias a un balón de fútbol que Sofía llevaba siempre en el asiento de copiloto de su coche. “Necesitaba compartir la forma en que esto pertenece a mi vida, porque estoy casado con una futbolista”. Una jugadora que aprendió a endurecerse con los desplantes paternalistas de sus compañeros cuando empezaba a participar en equipos mixtos, una futbolista que ganó un campeonato con Pumas, antes de que existiera una liga oficial femenina en México. Y que con 41 años, la misma edad que el incombustible Cristiano Ronaldo, sigue siendo la capitana de un equipo cuyo nombre resume sus convicciones: La Resistencia.

El escritor español Manuel Vázquez Montalbán definió el fútbol como “una religión en busca de un Dios”. Y, como recuerda Villoro en su libro, toda religión necesita mensajeros que lo conecten con lo sobrenatural. Los mayas confiaban en los bacabs, jinetes celestes que provocaban lluvias. Los católicos creen en querubines, serafines, ángeles y arcángeles para anunciar las novedades de la fe. “El jugador que anota el gol establece contacto con algo que lo trasciende, es el intermediario que logra que las plegarias lleguen a su destino”. Ya fuera Higuita, el portero goleador de Colombia, “la selección que parecía sacada del realismo mágico”; Modric, “el niño de la guerra que creció entre bombas”; o la capitana de La Resistencia.