El analista político Jorge Giacobbe trazó un diagnóstico sobre el clima político que atraviesa el país y advirtió que el Gobierno enfrenta un año decisivo. En su mirada, el escenario combina logros reconocidos por la opinión pública con desafíos que pondrán a prueba la paciencia social y la capacidad del oficialismo para sostener expectativas.
En ese contexto, señaló entrevistado en el programa “Decilo como es” (lunes a viernes de 10 a 13 por Punto a Punto Radio 90.7) que el principal desafío será sostener el apoyo ciudadano mientras se construye la confianza económica necesaria para que lleguen inversiones y se consoliden los cambios. También puso el foco en la ausencia de liderazgo claro en la oposición y en el impacto de las redes sociales en la discusión política.
—Usted plantea que este es un año con más incertidumbres que el anterior. ¿Por qué?
—Porque hay años en los que parece que pasa algo, pero en realidad no pasa nada, y años en los que parece que no va a pasar nada, pero pasan cosas de verdad. El año pasado vivimos al palo por una elección que nos dejó más o menos en el mismo lugar de siempre. Dimos una vuelta al perro sin demasiada razón. Este año es distinto: en términos de riesgo —no de catástrofe— es más complicado que el anterior.
—¿Cuáles son esos riesgos que enfrenta el presidente?
—Son dos. El primero tiene que ver con su propia opinión pública. Hay un 40 y pico por ciento de gente que lo banca, con distintos niveles de adhesión y con más o menos disgustos, pero que lo banca. El riesgo es que esa gente se canse, se agote del esfuerzo que Milei le pide para estar mejor. Incluso cuando racionalmente puedan pensar que es el camino correcto, desde lo emocional o empujados por lo económico, pueden agotarse. Este es el año en el que, para ese público, la esperanza puede transformarse en ansiedad.
—¿Y el segundo riesgo?
—Está del otro lado de la opinión pública, del otro lado de la grieta si querés. Es una porción similar en tamaño, alrededor del 45%, capaz de votar a cualquiera con tal de no votar a Milei. Ese sector hoy está en un estado complejo: bastante planchado, desanimado, casi depresivo. ¿Por qué? Porque está disgustado con lo que pasa y no tiene representación política clara.
—¿No hay hoy figuras que ocupen ese espacio?
—Ese es el punto. Cristina Fernández de Kirchner se va diluyendo en la historia, y Axel Kicillof conecta con parte de ese público, pero está lejos de ser un gran líder para la política argentina. Ninguno llena el espacio de oferta que necesita ese sector. Cuando hay un espacio vacío, puede aparecer alguien mejor. El segundo riesgo para Milei es que el progresismo, en un sentido amplio, logre parir un candidato que reúna esas voluntades.
—Sin embargo, hay certezas que el Gobierno exhibe, como la baja de la inflación. ¿Cómo juega eso?
—Eso está claro. Hay una opinión pública que le reconoce al presidente haber hecho cosas que otros no pudieron hacer. La gestión de la inflación, aunque todavía falte, es reconocida por quienes lo votaron y por una parte de quienes no lo votaron. Lo mismo pasa con el ordenamiento de la calle y con la gestión de la seguridad. Milei tiene algunos goles hechos, y eso es innegable. Además, propone discusiones y transformaciones profundas. No es un gobierno pasivo, aunque sí polémico.
—En ese marco aparece la discusión sobre el INDEC y los índices oficiales. ¿Por qué un debate técnico se vuelve masivo?
—Porque no se está discutiendo la técnica. No se discute qué variables se toman, cómo se ponderan o cómo se arma una muestra. Eso es una discusión complejísima, para muy poca gente. Lo que se discute en realidad es la confianza. Ese es el verdadero desafío final del Gobierno.
—¿Por qué la confianza es tan central?
—Porque el presidente quiere transformar la Argentina para que vuelva a generar confianza y lleguen las inversiones. El problema es que la confianza tarda en llegar. No es soplar y hacer botellas. No alcanza con aprobar leyes o reglamentarlas. Vos podés aprobar una reforma laboral, pero al día siguiente nadie sale corriendo a tomar empleados. Los que pueden invertir —los de acá y los de afuera— te toman examen durante un tiempo. Si ven que vas por la buena senda durante un período largo, recién ahí empiezan a invertir.
—Eso genera una tensión con la sociedad que acompaña al Gobierno.
—Exacto. Hay gente que está haciendo un esfuerzo a cambio de un premio. Y ese premio no llega mañana ni pasado. Va a tardar más de lo que se espera. La pregunta es si ese sector se la banca o no. Ahí está una de las claves del año.
—¿Qué rol juegan las redes sociales en este contexto político?
—Las redes amplifican el disenso. No construyen consenso. Y son exitosas porque matchean con lo que nos pasa como sociedad. Cada época tuvo su tecnología de comunicación nueva y siempre fue polémica. No es ni buena ni mala, es distinta. Tener redes hoy es como si hace 200 años todos tuviéramos una imprenta para hacer volantes. Eso no hace mejor ni peor la discusión política.
—Entonces, ¿dónde está el problema?
—No en la tecnología, sino en nosotros. La discusión sobre si las redes mejoraron o empeoraron la democracia es bastante vacía. La gente no vota después de leer a Rawls, Hayek, Marx o Laclau. Vota con cinco o seis frases hechas. Es una cuestión cultural. Ahí aparece una cultura del no saber, y creo que esa es una de las claves para entender lo que nos pasa.







