Nadie gana una guerra, dicen los que necesitan decir algo cuando no saben qué decir. Pero alguien siempre pierde más que otro, y en ese desbalance –mínimo, torcido, casi invisible– se esconde la única definición posible de victoria.
Irán no ganó la guerra como se ganaban antes, con banderas clavadas en la arena y discursos transmitidos en blanco y negro. No hubo desfile en Teherán ni capitulación firmada en un acorazado. Ganó de otra manera: no perdiendo. Que en este siglo es lo mismo.
Estados Unidos e Israel atacaron primero, con la prolijidad tecnológica de siempre: misiles inteligentes, drones que parecen insectos, operaciones con nombres grandilocuentes.
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La idea era simple, casi ingenua: golpear fuerte, rápido, decisivo. Como si la historia fuera una puerta que se abre con una patada.
Pero Irán no era una puerta. Era un edificio viejo, lleno de grietas, sí, pero con cimientos profundos. Bombardearon instalaciones, mataron líderes, desorganizaron redes. Y sin embargo, el edificio siguió ahí, inclinado, pero en pie.
La guerra duró lo suficiente como para que el mundo se acostumbrara a ella –que es lo peor que puede pasar– y lo bastante poco como para que nadie pudiera explicarla del todo.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz se convirtió en una metáfora líquida del conflicto: quien lo controla, respira; quien no, se ahoga. Y ahí, en ese cuello de botella, Irán encontró su forma de existir.
Porque ganar, en este caso, fue eso: seguir existiendo bajo condiciones que debían haberlo hecho desaparecer.
Estados Unidos anunció su victoria, como siempre hacen los imperios cuando necesitan convencerse de algo. Dijeron que destruyeron capacidades, que neutralizaron amenazas, que el enemigo quedó reducido a un recuerdo incómodo.
Pero los imperios no miden bien el tiempo. Confunden el presente con la eternidad.
Irán, en cambio, mide el tiempo como lo miden los países acostumbrados a resistir: en décadas, en generaciones, en la paciencia de las ruinas. Aceptó un alto el fuego que no es rendición, negoció sin arrodillarse y convirtió sus pérdidas en argumento.
Lo interesante –y acaso lo decisivo– es que el objetivo inicial de la guerra no se cumplió. El régimen no cayó. El programa nuclear no desapareció. La región no se estabilizó. En cambio, el costo global aumentó: petróleo más caro, aliados incómodos, un orden internacional un poco más erosionado.
Entonces, ¿quién ganó? Ganó quien logró que la guerra terminara sin convertirse en lo que el enemigo quería que fuera. Ganó quien sobrevivió al relato ajeno.
Irán ganó porque transformó una ofensiva diseñada para destruirlo en una negociación donde todavía cuenta. Porque obligó a su adversario a detenerse. Porque convirtió la desproporción en resistencia. Y, sobre todo, porque en este mundo –donde las guerras ya no terminan sino que se disuelven– ganar es quedar de pie cuando el otro esperaba encontrarte en el suelo.
No es una victoria heroica. Es una victoria incómoda, discutible, casi vergonzosa. Pero es la única que existe hoy.
Y es suficiente.








