hallan “trampas de frío” que guardan hielo desde hace 1.500 millones de años

hallan “trampas de frío” que guardan hielo desde hace 1.500 millones de años


A más de medio siglo del último paso del hombre sobre la Luna, la nueva carrera espacial tiene un objetivo fijo: el Polo Sur lunar. Allí, donde la luz del sol casi no llega, se esconden secretos que podrían garantizar la supervivencia humana fuera de la Tierra. Una investigación internacional, publicada en la revista Nature Astronomy, acaba de revelar que el hielo se acumuló en los polos lunares de forma continua durante al menos 1.500 millones de años.

El estudio, encabezado por el profesor Oded Aharonson del Instituto Weizmann de Ciencia (Israel), junto a colaboradores de EE.UU., logró identificar las llamadas “trampas de frío”. Se trata de cráteres profundos y escarpados donde las temperaturas se mantienen por debajo de los -160 °C durante todo el año, permitiendo que el agua no solo se deposite, sino que permanezca allí por eones sin evaporarse.

Un rompecabezas de 1.500 millones de años

A diferencia de la Tierra, la Luna casi no tiene inclinación en su eje. Esto genera que en los polos el Sol nunca “suba” ni “baje”; siempre está cerca del horizonte. Por eso, los cráteres más profundos viven en una sombra perpetua.

Sin embargo, los investigadores descubrieron que esto no siempre fue así. Hace miles de millones de años, la Luna tenía una inclinación mucho mayor que se fue “enderezando” con el tiempo. A medida que el eje se estabilizaba, más y más cráteres quedaron sumergidos en la oscuridad total.

“Descubrimos que cuanto antes una región se volvía sombría, mayor era el área capaz de acumular hielo”, explicó Aharonson. “Esta tendencia sugiere que el agua llegó a la Luna desde una fuente casi continua, como impactos de asteroides o actividad volcánica interna, y no por un único evento catastrófico”.

El mapa para las misiones Artemis

Este hallazgo funciona como un GPS para la NASA y sus socios. El “estándar de oro” de la exploración actual es obtener una muestra física de ese hielo. Para ello, los científicos analizaron datos del LRO (Lunar Reconnaissance Orbiter), una sonda de la NASA que orbita la Luna desde 2009 utilizando luz ultravioleta proveniente de estrellas lejanas para “ver” dentro de los cráteres oscuros.

Un dato curioso del estudio es que no todos los cráteres famosos son tan prometedores como se creía. El cráter Shackleton, por ejemplo, estuvo en sombras durante 3.500 millones de años, pero solo se convirtió en una “trampa de frío” eficiente hace 500 millones de años. En cambio, el equipo identificó otros sitios, como el cráter Haworth, que son mucho más antiguos y estables, convirtiéndose en los blancos principales para los futuros astronautas.

¿Para qué sirve el hielo lunar?

Para la exploración espacial, el hielo no es solo agua para beber o regar cultivos en futuras bases. Es, fundamentalmente, energía. Al separar las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno, la Luna podría convertirse en una “estación de servicio” espacial para producir combustible de cohetes, abriendo la puerta a misiones tripuladas hacia Marte.

Una recreación de cómo sería el alunizaje en el polo sur lunar.

“La Luna es un excelente laboratorio para estudiar la historia de nuestro propio planeta y su agua”, concluyó Aharonson. Con el lanzamiento de Artemis II la semana pasada, la humanidad está más cerca de tocar ese “oro blanco” que ha esperado, congelado en el tiempo, durante más de mil millones de años.

Petróleo blanco: un recurso que no se renueva

Aunque las reservas estimadas en el Polo Sur superan las 600 millones de toneladas, la NASA lanzó una advertencia contundente: el agua lunar es un recurso “finito” y estratégico. A diferencia de la Tierra, donde el ciclo hidrológico garantiza la reposición, en nuestro satélite se trata de un recurso fósil. Cada litro de hielo extraído para fabricar combustible es una pérdida irreversible de un proceso de acumulación natural que, según los últimos estudios, demandó más de 1.500 millones de años de historia geológica.

La ausencia de atmósfera y de un ciclo de lluvias convierte a la Luna en un escenario de “trampa única”. El agua que llega a través de cometas o del viento solar solo sobrevive si queda atrapada en las sombras perpetuas de los cráteres polares. Sin embargo, una vez que esa reserva es convertida en hidrógeno y oxígeno para propulsar cohetes, el vapor resultante se dispersa en el vacío absoluto. Para la humanidad, la Luna no es una fuente inagotable, sino un “tanque de reserva” que debe administrarse con una precisión quirúrgica para no hipotecar el futuro.

Este escenario encendió las alarmas de la comunidad científica internacional. El Comité de Investigaciones Espaciales (COSPAR) advierte que, sin un tratado global de gestión, las primeras misiones mineras podrían “secar” los cráteres más accesibles en apenas unas décadas. El riesgo es real: la NASA explica que factores como la radiación solar y el impacto constante de micrometeoritos ya eliminan agua de forma natural, superando por mucho el ritmo al que nuevas moléculas logran asentarse en el suelo lunar.

Minería en el vacío: el reto de extraer agua lunar

Extraer este recurso es una pesadilla logística que dista mucho de la minería terrestre tradicional. El agua no está en estado líquido ni en bloques de hielo puro, sino atrapada dentro del regolito (el polvo lunar) a temperaturas de -160 °C. Debido al vacío espacial, el hielo no se derrite, sino que se “sublima”: pasa de sólido a gas instantáneamente. Por ello, la NASA desarrolla métodos como la extracción térmica, usando espejos gigantes para calentar el suelo bajo cúpulas selladas que permitan capturar el vapor antes de que se escape al espacio.

Otra de las apuestas tecnológicas es la minería robótica con molienda, donde rovers equipados con taladros de percusión —como el futuro VIPER— perforarán hasta un metro de profundidad. Estas máquinas deben procesar el suelo en hornos cerrados para purificar el agua de contaminantes como el amoníaco o el mercurio. El objetivo final es la electrólisis: aplicar corriente eléctrica al agua obtenida para separar el hidrógeno y el oxígeno, permitiendo que las naves de SpaceX o de la propia NASA se reabastezcan directamente en la superficie lunar.