La hazaña de Gato y Mancha representa uno de los hitos más extraordinarios de la resistencia animal y humana en la historia de la República Argentina. Iniciada en abril de 1925, esta travesía ecuestre buscó demostrar al mundo la fortaleza inigualable de la raza criolla, enfrentando desafíos geográficos y climáticos que se consideraban imposibles para cualquier equino.
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El protagonista humano de esta aventura fue Aimé Félix Tschiffely, un profesor suizo radicado en el país que, pese a las críticas y el escepticismo de la época, decidió emprender el viaje. Tschiffely contó con el apoyo del hacendado Emilio Solanet, quien le cedió dos caballos patagónicos que habían crecido en las condiciones más hostiles del sur.
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Gato, un bayo gateado de 16 años, y Mancha, un overo rosado de 15, fueron seleccionados por su madurez y temperamento. Estos animales, que habían pertenecido al cacique tehuelche Liempichún en Chubut, poseían una genética forjada en la libertad del campo, lo que les permitía subsistir con pastos escasos y aguas salobres.
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El recorrido abarcó más de 21.000 kilómetros a través de 504 etapas, cruzando trece naciones desde el extremo sur hasta el corazón de los Estados Unidos. Durante el periplo, el trío debió superar temperaturas extremas que oscilaron entre los 18 grados bajo cero en las altas cumbres y los 52 grados a la sombra en los desiertos peruanos.
En las zonas desérticas de Huarmey, los cascos de los caballos se hundían profundamente en la arena candente, mientras el jinete luchaba contra la falta de agua y forraje. Sin embargo, los equinos demostraron una capacidad de recuperación asombrosa, manteniendo un ritmo constante de marcha que asombró a los expertos veterinarios de cada país visitado.
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El autor Aimé Tschiffely relató en sus memorias la diferencia de personalidad entre sus compañeros: “Mancha era un excelente perro guardián; estaba siempre alerta y desconfiaba de los extraños”. Por el contrario, Gato poseía un carácter más filosófico y se resignaba a las dificultades del terreno con una paciencia inagotable y silenciosa.
Uno de los momentos más críticos fue el cruce de los Andes, donde alcanzaron el Paso El Cóndor en Bolivia a 5.900 metros sobre el nivel del mar. En estas altitudes, el oxígeno es escaso y el frío desgarra la piel, pero la rusticidad de los caballos criollos permitió que el equipo continuara su avance sin sufrir bajas ni enfermedades graves.
La travesía continuó por Centroamérica, donde las selvas de Panamá y Colombia presentaron desafíos de humedad extrema y parásitos desconocidos. En estas regiones, Tschiffely debió lidiar con la malaria y la pérdida auditiva de un oído, mientras cuidaba que sus animales no fueran devorados por insectos o atacados por felinos salvajes.
Al llegar a México, el recibimiento fue apoteósico, con escoltas de charros y homenajes en el Zócalo capitalino. La prensa internacional ya seguía cada paso del suizo y sus dos caballos argentinos, convirtiéndolos en símbolos globales de la tenacidad y la exploración, mucho antes de que existieran los medios de comunicación modernos.
Finalmente, el 20 de septiembre de 1928, Mancha y Tschiffely ingresaron triunfantes a la Quinta Avenida de Nueva York, escoltados por la policía local. Gato debió realizar los últimos tramos del viaje con precaución debido a una herida en una pata, pero ambos caballos lograron completar la misión con una salud envidiable para su edad.
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En Washington, el trío fue recibido en la Casa Blanca por el presidente Calvin Coolidge, quien destacó el valor de la gesta para la unión de las naciones americanas. Los caballos fueron exhibidos en el Madison Square Garden como ejemplos vivientes de la potencia muscular y la inteligencia adaptativa de la fauna sudamericana.
Tras la hazaña, los animales regresaron a la estancia El Cardal, en Ayacucho, donde vivieron el resto de sus días en libertad absoluta. La leyenda cuenta que, años después, Tschiffely regresó al campo y solo necesitó un silbido para que Gato y Mancha aparecieran al galope desde el fondo del potrero para reconocer a su antiguo jinete.
Gato falleció en 1944 a los 36 años, mientras que Mancha lo sobrevivió tres años más, alcanzando la asombrosa edad de 40. Sus restos fueron embalsamados y actualmente se exhiben en el Museo del Transporte de Luján, donde miles de visitantes pueden observar los cueros originales de los caballos que conquistaron el continente.
La importancia de esta travesía es tal que el Congreso de la Nación Argentina instituyó el 20 de septiembre como el Día Nacional del Caballo en homenaje a su llegada a Nueva York. Esta fecha celebra no solo a Gato y Mancha, sino a toda la especie que acompañó el desarrollo histórico y productivo de la nación desde sus inicios.
La historia de los “tres amigos” perdura como una lección de superación personal y respeto mutuo entre el hombre y el animal. El legado de Tschiffely y sus caballos criollos sigue cabalgando en la memoria popular, recordándonos que el coraje y la fe pueden transformar un viaje imposible en una realidad que trasciende los siglos








