Con tan solo 39 años, el economista francés Gabriel Zucman (París, 1986) se ha convertido en un referente de la izquierda progresista mundial y en la némesis de buena parte de los ultrarricos. Célebre por sus estudios sobre la evasión y elusión fiscal de multinacionales y megamillonarios, su propuesta de crear un impuesto mínimo del 2% a las fortunas de más de 100 millones de euros, conocida como tasa Zucman, estuvo a punto de aprobarse en su país natal. “El Senado la bloqueó, pero no va a desaparecer”, asegura durante una entrevista en el Palacio de La Moncloa celebrada este viernes, tras la firma de un memorando con el Gobierno para colaborar en la investigación sobre cómo mejorar los sistemas fiscales. “No debería permitirse que los multimillonarios paguen menos [impuestos] que el resto; es una violación de nuestros principios más básicos de igualdad ante la ley”, zanja el también director del Observatorio Fiscal Internacional, antes de enumerar las iniciativas y el interés que este debate está generando en todo el mundo. “Ya estamos ante un punto de inflexión”, afirma.
Pregunta. ¿Para cuándo una tasa Zucman en España?
Respuesta. Lo antes posible. Todos los países necesitan este nuevo principio. No es una cuestión técnica, ni fiscal. Son deberes ineludibles para con la sociedad. Un impuesto mínimo a los superricos es importante y urgente por tres razones. La primera es de justicia: no debería permitirse que paguen menos que el resto; es una violación de nuestros principios más básicos de igualdad ante la ley. En segundo lugar, los impuestos que los superricos no pagan los acaba pagando el resto de la población. Y la tercera y más importante es la emergencia democrática. Con el auge de la riqueza extrema, el poder de los multimillonarios se ha disparado. Esto siempre genera una tensión con la democracia, con consecuencias dramáticas para la población. Lo estamos viendo en Estados Unidos. Sería un error pensar que aquí no puede pasar. Con ese auge de la riqueza extrema, necesitamos crear nuevos principios, políticas e instituciones para proteger la democracia.
P. ¿España puede liderar esta iniciativa? ¿El Gobierno se ha comprometido a aprobar el impuesto?
R. España ya es un referente. Está liderando el inicio de una coalición de países que han acordado trabajar juntos para promover este impuesto mínimo. El debate comenzó en 2024, cuando Brasil presidía el G-20. Tras la reelección de Trump, las posibilidades de avance en ese foro se han visto mermadas. Ahora es crucial actuar a nivel nacional. El progreso no se logra mediante grandes acuerdos internacionales, sino cuando un país lidera con el ejemplo y comienza a implementarlo.
P. ¿Con un país es suficiente?
R. Sí. El miedo que siempre se agita es que los multimillonarios se vayan del país, y que por tanto es necesario aplicar el impuesto de manera coordinada a nivel global. No es cierto. Cualquier país puede combinar el impuesto con un escudo contra la fuga: si los superricos se mudan al extranjero, seguirán sujetos al impuesto mínimo durante cinco, diez, quince años…
P. ¿Qué falta para que tengamos ese impuesto?
R. Nada. Todos los ingredientes están ahí. El primero y más importante es el abrumador apoyo popular. En segundo lugar, hay una propuesta, cuya viabilidad y practicidad creo que todo el mundo entiende, y existe la urgencia de hacer algo. El statu quo es muy difícil de defender. Ahora es una cuestión de voluntad política hacerlo realidad.
P. ¿Solo se necesita voluntad política o hay actores que bloquean el cambio?
R. Estos cambios siempre necesitan tiempo. La discusión comenzó internacionalmente en 2024 y en España, a nivel nacional, muy recientemente, con Sumar. No es cuestión de días o semanas. Se trata de ampliar el alcance de la democracia, de atraer a los superricos al ámbito de la solidaridad nacional. Llegaremos, y tal vez sea relativamente pronto, por lo rápido que evoluciona el debate. En California se están recogiendo firmas para crear un impuesto único del 5% a los milmillonarios. Sería el primero del mundo. La Asamblea Nacional francesa fue el primer parlamento en aprobar, hace justo un año, el impuesto mínimo del 2%. El Senado lo bloqueó, pero no va a desaparecer. Estamos ante un punto de inflexión. Creo que los años 2025 y 2026 se verán como el comienzo de un nuevo movimiento internacional, el inicio de un cambio de tendencia.
P. ¿Por qué en Francia no se pudo aprobar?
R. En primer lugar, por la situación política: el Senado está dominado por partidos conservadores. Además, los más ricos utilizaron todas sus armas para meter miedo, principalmente a través de los medios de comunicación que poseen y controlan. Dijeron “pagamos cero y queremos seguir así”, alegando que cualquier otra cifra destruiría la economía. Todo eso ralentiza el proceso, pero no lo puede parar. Francia está en una situación presupuestaria muy grave. Ya no va a ser posible pedirles a todos los demás que paguen más impuestos o que vean cómo se les recorta la sanidad, mientras que los ultrarricos son intocables, ahora que ha quedado claro que casi no pagan impuesto sobre la renta. No es sostenible. Llegará a su fin, ya sea en el debate presupuestario de 2026 o después de las elecciones presidenciales de 2027.
P. ¿Cómo se ha llegado al punto de que los superricos casi no paguen impuestos?
R. Probablemente siempre ha sido así. Con un gran esfuerzo de investigación internacional hemos descubierto que el impuesto sobre la renta siempre ha fallado a la hora de gravar eficazmente a los superricos. Para ellos es muy fácil evitarlo, estructurando el patrimonio de tal manera que genere muy pocos o ningún ingreso imponible. El impuesto sobre el patrimonio, allí donde existe, como en España, también ha fallado, porque siempre ha tenido exenciones para los activos empresariales, que constituyen casi toda la riqueza de los superricos. Por eso necesitamos un suelo mínimo. Los milmillonarios que ya pagan una cantidad decente —si la suma de IRPF y patrimonio ya equivale al menos al 2% de su riqueza total— no deberán pagar nada más con mi propuesta.
P. España ya tiene un impuesto autonómico y otro estatal sobre el patrimonio. ¿Qué pasaría con ellos?
R. Se quedarían y el nuevo sería complementario. Solo se pediría una contribución adicional a los multimillonarios que paguen menos de ese 2%. No es un impuesto extra, sino una salvaguarda.
P. ¿Cuánto se recaudaría?
R. En España, generaría unos 5.000 millones anuales en ingresos adicionales. Es probablemente una estimación conservadora, que debe refinarse. Justo hoy [por el viernes] hemos lanzado una colaboración con Hacienda para arrojar más luz sobre cuánta recaudación hay exactamente en juego. Es un punto ciego de las estadísticas públicas en todos los países, que guardan silencio sobre la riqueza de los superricos, sus ingresos y sus pagos de impuestos, pese a su importancia. Por eso hemos podido, trabajando con las administraciones tributarias en casi 10 países hasta ahora, disipar esta opacidad. Esperamos hacerlo ahora también en España.
P. Una de las grandes causas de la desigualdad en España es la vivienda.
R. La crisis de acceso a la vivienda forma parte del problema más amplio del aumento vertiginoso del coste de la vida, y parte de la solución pasa por pedir más a quienes más tienen y pagan impuestos insuficientes. Así se podrían reducir los impuestos a la clase media o invertir más en servicios públicos: vivienda, educación, sanidad, infraestructuras.
P. El 10% de la población mundial tiene el 75% de la riqueza. ¿Gravar más a los más ricos reduciría esa enorme desigualdad?
R. Quiero ser claro: el impuesto mínimo no va a ser suficiente por sí solo para reducir la concentración de la riqueza. No es la solución definitiva al aumento de la desigualdad. La riqueza de los milmillonarios crece tan rápido (un 10% anual de media) que, incluso con un impuesto del 2%, su patrimonio seguiría aumentando un 8% al año de media, mucho más rápido que la tasa media de crecimiento de la riqueza de una persona común.
Por lo tanto, no es suficiente, pero es necesario. Y lo es en un sentido amplio: necesitamos un nuevo movimiento internacional en el que trabajemos juntos —España, Brasil, Francia, Sudáfrica, etcétera— para reescribir las reglas del juego económico de manera que protejan la democracia, los trabajadores y el medio ambiente. Esta iniciativa es el embrión de lo que podría ser un nuevo internacionalismo, alternativo a la visión trumpista basada en la coacción, la preeminencia de la riqueza y la captura plutocrática de los gobiernos.
P. Parece que el mundo se va moviendo hacia la extrema derecha. ¿Va a frenar el proceso?
R. Volvemos a las diversas iniciativas que están surgiendo en Brasil, California, Francia, Bélgica, España, el Reino Unido… Si avanzamos en este asunto, se reducirá el atractivo de los movimientos de extrema derecha, que prosperan sobre la idea de que los gobiernos son impotentes para ejercer cualquier tipo de autoridad sobre los actores económicos más poderosos. Es crucial demostrar que los gobiernos tienen poder para ejercer su autoridad sobre los milmillonarios y que podemos lograr progresos concretos hacia una mayor justicia económica. Entonces se abrirá un abanico de posibilidades y se devolverá la fe a mucha gente. Si podemos hacerlo con los milmillonarios, podemos hacerlo con las multinacionales y reescribir las reglas del comercio internacional.
P. Menciona las multinacionales. El impuesto mínimo de la OCDE se ha quedado descafeinado. ¿Hemos vuelto a la casilla de salida?
R. Desafortunadamente, se ha visto drásticamente debilitado. Se introdujeron muchos resquicios legales y, más recientemente, se ha eximido a Estados Unidos de las reglas comunes. Pero no hemos vuelto al punto de partida. Ahora sabemos que podemos ponernos, que forma parte del terreno de lo posible. El tema volverá y lo haremos mejor la próxima vez.
P. Se ha convertido en un referente de la izquierda. ¿Ha pensado en entrar en política?
R. Me gusta tanto lo que hago: investigar, orientar a los estudiantes, tener la libertad de trabajar en los temas que me interesan, desarrollar el observatorio… Este trabajo tiene influencia y ciertas repercusiones críticas. Estoy muy contento.







