Es posible que el estilo para hacer política de Fernando Adolfo Iglesias se haya gestado en la mesa familiar de los domingos, durante su infancia en el conurbano de la ciudad de Buenos Aires. Los niños no disponían de mucho margen para hablar y, para ser tenido en cuenta, había que colocar una frase corta y filosa: hacerse ver. El flamante embajador argentino ante Bélgica y la Unión Europea hizo de la verba explosiva su sello y llega a Bruselas con un perfil que contrasta con la sobria diplomacia comunitaria.
“Qué pasó con Bugs Banny?”, ironizó ya desde su silla de embajador cuando buena parte de América comentaba la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl. “Vai trabalhar, vagabundo“, respondió desde ese mismo sitio a un comentario del expresidente Alberto Fernández. “Ser kirchnerista es padecer un déficit de lectocomprensión, básicamente”, descerrajó contra un usuario ignoto.
Pero Iglesias asegura conocer muy bien el nuevo mundo que habita y, además, se considera un hombre versátil: “Yo me desempeño de acuerdo a mis funciones. Cuando soy diputado, soy diputado; cuando fui presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, me comporté como un presidente de una comisión, y ahora me voy a comportar como corresponde, como un diplomático con funciones importantes para mi país”. “Por supuesto —aclara—, poniéndole mi estilo”.
Su carrera política llegó después de su carrera deportiva como jugador y entrenador de voley, a lo que se dedicó durante 20 años y que lo llevó a vivir en España e Italia, tal como le contó a la periodista Victoria De Masi. En los años 90, ya en su treintena, volvió a Argentina y se sumó al negocio familiar, un pequeño frigorífico que procesaba y distribuia carne de res en los barrios de la zona. En un proceso fundamentalmente autodidacta —no tenía dónde estudiar “globalización”, que era lo que quería inicialmente— comenzó a formarse y se convirtió en periodista. Tiene 13 libros publicados, varios de ellos dedicados a cuestionar el kirchnerismo y su doctrina de origen: Kirchner y yo. Por qué no soy kirchnerista; Es el peronismo, estúpido;; La Década Sakeada; El Medioevo Peronista. Hizo un posgrado en Relaciones Internacionales, con especialización en Europa y Latinoamérica, en la Universidad Bologna y se desempeño como profesor en distintos institutos.
El ensayista Juan José Sebreli le hizo llegar su nombre a Elisa Carrió, cuatro veces candidata a presidente en Argentina, quien lo invitó a integrarse a su partido y lo convirtió en diputado nacional en 2007. En ese momento, en que tomaba forma la Coalición Cívica, a Carrió le servía incluir personas “independientes”, que no llegaran con ninguna tradición partidaria.
Algunos aseguran que en su primera etapa como diputado (2007-2011) ya era antikirchnerista, alineado con el perfil del partido, pero no era tan irascible y tan contestatario como lo sería después. Otros creen que en esa época, en la que la gestión kirchnerista estaba en todo su esplendor e impulsó sus batallas más profundas —la ley para regular los medios, las retenciones a las exportaciones del campo—, está el origen de su radicalización.
Pero todos los que lo conocen coinciden en algo. Creen que Iglesias encontró y ocupó conscientemente un rol: se convirtió en el polemista de su bando, en el paladín discursivo, en el agitador. Contestaba agresivamente en las redes sociales, gritaba durante sus intervenciones en el recinto. Y no le resultaba incómodo. Iglesias disfrutaba de la exposición, le encantaba el plató televisivo, los cruces en internet. Para él los espacios políticos son como orquestas donde cada uno toca su instrumento y sabe bien cuál es el suyo.
En una de esas rabietas televisivas estaba cuando, ya finalizado su primer mandato como diputado, lo vio el entonces presidente Mauricio Macri (2015-2019) y lo mandó a llamar. “Este me defiende mejor que los míos”, pensó y le ofreció volver al Congreso dentro de su su coalición de centroderecha. Así, en diciembre de 2017 Iglesias se convirtió en diputado por el PRO y fue reelecto cuatro años después, en 2021. Volvió a compartir espacio partidario con Patricia Bullrich, quien —famosa por sus cambios de bando— estaba antes en la Coalición Cívica y es ahora una figura prominente del gobierno de Javier Milei. Quienes trabajaron con ellos aseguran que han chocado más de una vez porque ambos tienen un estilo parecido: directo, algo avasallante e inconsulto.
En algún punto, Iglesias anticipó el estilo que Javier Milei convertiría años después en hegemónico. De ser una rara avis pasó a ser un político que se mimetiza bien con la impronta belicosa de los libertarios, sin que eso resulte una impostura en él. “Le sale naturalmente. Tiene esa cosa de que te pelea, te pelea, te provoca hasta hacerte saltar”, cuenta alguien con quien compartió el recinto.
Iglesias no tiene reparos de ir contra nadie: ha arremetido contra la referente de derechos humanos y presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, una figura que infunde respeto y cariño en gran parte de los argentinos por su lucha en la restitución de muchas identidades robadas durante la dictadura. #NOesmiAbuela, fue el hashtag con el que se opuso en redes a quienes simbólicamente la consideran la “abuela de todos y todas”.
En 2021 se le abrió una causa penal por presunto enriquecimiento ilícito, tras una denuncia del diputado peronista Rodolfo Tailhade que resaltaba el aumento de su patrimonio. Iglesias asegura que es una acusación “absurda, ridícula y sin ningún tipo de sustento” y cuestiona que, pese a haber solicitado rápidamente que se levante el secreto fiscal y bancario para facilitar la investigación, no haya habido avances en los últimos años. “No es una causa, es una campaña de difamación”, señala.
Ese mismo año recibió un pedido de parte de dos diputadas peronistas de expulsión de la cámara por “violencia misógina y machista, verbal y psicológica”. Fue justo después de que se conocieran registros de visitas a la quinta presidencial —donde entonces residía Alberto Fernández— por parte de una actriz y que Iglesias afirmara que se trataba de un “escándalo sexual”. “Para mí, la señorita iba a ayudarlo a encontrar la perilla que enciende la economía para poner la Argentina de pie”, ironizó en redes. Tras el revuelo mediático, aclaró: “Nunca dije que fuera petera (chupapollas) del presidente”.
“Yo lo conocí en sus dos etapas: una más intelectual, en su primer mandato como diputado, y otra en su etapa más contestataria. Creo que él fue in crescendo en la medida en que crecía la radicalización de la sociedad”, dice Paula Oliveto, exdiputada y colega de la Coalición Cívica. “Estoy expectante por su trabajo, porque tiene un desafío muy grande por delante, que es representar a la región coordinando con los otros países del bloque en un momento en que se discute el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. La que le dieron no es una embajada ‘florero’, tiene un rol muy relevante en este momento”, suma.
Antiguos colegas aseguran que ser diplomático era su sueño. Un camino que empezó a allanar como presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, desde la que logró despachar gran cantidad de proyectos. Aunque formalmente no forma parte de su espacio, fue premiado por Milei al ser designado como responsable de las embajadas ante Bélgica y la Unión Europea, unificadas esta semana mediante un decreto. Desde allí, Iglesias asegura que trabaja “24/7” en el acuerdo comercial. “Gracias al presidente Javier Milei por la confianza —escribió desde su nuevo país de residencia— y cordiales saludos a los muchachos, que dicen que me vine de vacaciones”.








