Tratemos de ponernos de acuerdo en aspectos elementales que el vértigo de estos días envía al rincón de los subterfugios. A la desesperación de los periodistas de Jamoncito por bajarse del barco. A las maniobras para ver si pueden pegar lo obsceno propio con las andanzas de los demás.
El que tiene la cabeza reventada por las hordas de Patricia Bullrich es el fotógrafo Pablo Grillo. Los que perdieron un ojo por obra de los mismos salvajes de la ministra son el militante Jonathan Navarro, el vecino de Berazategui Claudio Astorga y el abogado Matías Aufieri. Para más datos repugnantemente olvidados, a quien la gatillaron de frente fue a Cristina.
Y ahora resulta que lo único repudiable son el brócoli y una piedra que le tiraron al Presidente durante la provocación que su hermana orquestó en Lomas de Zamora, arriba de una camioneta de la que el candidato mete-bala José Luis Espert fugó en moto a falta del avión que en su momento le proveyó el narco Fred Machado.
El que dijo que mejor era irse del país, desarmando posiciones de inversión, fue el JP Morgan. Y fue bien antes de que Diego Spagnuolo, por bocón él y por serviciales asistencias de la interna gubernamental, mafias calabresas despechadas, o guerras de espionajes corporativos, produjeran el sismo vigente. ¿Eso es riesgo kuka?
El pánico por si Spagnuolo se presenta como arrepentido y prende el ventilador final, que aterroriza en Casa Rosada y adyacencias varias, ¿es riesgo kuka?
La Hermanísima, quien se mantiene en silencio y no porque está impedida de articular sujeto, verbo y predicado, ¿es riesgo kuka?
Las tasas de interés más extravagantes del mundo, ¿son riesgo kuka?
Los centenares de audios que resta difundir, ¿son riesgo kuka?
Un celular del que borraron todos los chateos entre el logorreico de las noches de Olivos y los hermanos presidenciales, ¿son riesgo kuka?
La apretada diaria a los bancos para contener al dólar, ¿son riesgo kuka?
Que Jamoncito diga después de una semana que llevarán el caso a la Justicia, donde el caso ya está, ¿es riesgo kuka?
Que de golpe hayan detectado sobreprecios en las compras de medicamentos de la Agencia Nacional de Discapacidad, ¿es riesgo kuka?
Que todo pueda consistir en lo obvio de que grandes tiburones blancos fueron mejicaneados, quedándose afuera de unas transas de corruptela fenomenal, ¿es riesgo kuka?
Que parezcan estar bailando en la cubierta del Titanic y que en los cónclaves del establishment se interroguen por la estabilidad emocional del Presidente, ¿es riesgo kuka?
Nadie, ni en el mundillo político, ni en el de las consultoras a un lado y otro, ni en ámbito alguno, tiene información o siquiera intuiciones absolutamente certeras sobre el impacto que este escándalo acarrearía en lo electoral. Y además, ¿acaso no hay una pregunta clave que debe acompañar a ésa, relativa a la incidencia del estado de la economía o de lo que una mayoría de la gente desee percibir en torno a eso?
Acerca de esto último hay antecedentes imprescindibles que invitan a las dudas.
En 1995, cuando consiguió cómodamente su reelección, ya todos sabíamos que Menem era Menem. Ya habían ocurrido “gates” a raudales, con su familia casi siempre involucrada. E incluso ya circulaba con intensidad el affaire de la venta de armas a Croacia y Ecuador, que en noviembre de ese año redundaría en la voladura de Río Tercero. Todos sabíamos también que María Julia era María Julia, y que el festín de las privatizaciones era más bien una orgía de negociados. Todos ya habíamos contemplado la inacción oficial frente a los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA, para decirlo en el modo indulgente que pretende ocultar la complicidad del menemato por vía de sus alineamientos internacionales.
Y no todos, pero sí unos cuantos o significativos, prevenían que el modelo económico era insostenible. Sólo en la Argentina tantas veces indescifrable podía caber la hipnosis de que nuestra moneda valía lo mismo que el dólar. Pero ganó Menem, al trotecito. Sin prisa y sin pausa, al poco tiempo de aquellos laureles, la convertibilidad empezó a derretirse como helado al sol junto con la lucha de las minorías intensas.
Tomado desde otro resultado histórico, pero análogo al enseñar en qué terminaron los influjos que parecían determinantes, la derrota kirchnerista frente a “el campo”, en 2008, y su caída electoral un año después, hicieron preanunciar una desaparición paulatina del espacio. No pasó nada de eso y Cristina se llevó una victoria aplastante en las urnas presidenciales de 2011. Factores externos e internos no dejaron que pudiera subsistir esa etapa que, comparada con lo que sobrevino, era Disney.
En 2017 ya debía estar claro que Macri no podría aguantar viviendo de prestado. Sin esquema productivo alguno. Sin más recitado que la desopilante convocatoria a vivir sin corrupción, por parte de la quintaesencia de los negocios con y contra el Estado. Pero ganó las intermedias. Al año siguiente consiguió del FMI la ayuda que acabó por hundirlo sin remedio porque, como él mismo reconoció, sólo se trataba de ayudar a los bancos para financiar sus fugas.
Y volvieron los que nunca volverían, de la misma manera en que cuatro años más tarde retornó lo mismo que Macri, y que Menem, pero más rápido, más brutal, más pornográfico, porque otro episodio de alucinación masiva permitió creer en las propiedades técnicas y personales de un desequilibrado distópico.
¿Cuál es el cierto hilo conductor de estos precedentes?
Es uno que, si se quiere responder sin hipocresía, conlleva un dictamen muy antipático. Uno que reitera la convocatoria a no romantizar los comportamientos populares.
Mientras un Gobierno pueda solventarse en una ficción de estabilidad económica y no tenga adversarios de fuste, el mediano plazo -y el corto asimismo- puede importar tres pitos en las urnas. O bien, no tantos pitos como para impedirle ganar.
La potencia de que la inflación no suba como antes, la ausencia de una agenda propositiva y la falta de impulsar un liderazgo opositor renovado, en vez de sumergirse en chiquilinadas, pueden tranquilamente darle el triunfo electoral a Milei por más Spagnuolos que continúen apareciendo. La corrupción, así fuere expuesta, suele ser un disvalor atendible cuando la economía hace agua, en la percepción diaria, por todas partes. Si eso no es aún tan fuerte o si, a pesar de serlo, se quieren conservar esperanzas, “la gente” no pide mayores explicaciones.
Y su vez, que ganara el oficialismo no significará estructuralmente nada porque, como habrá de acontecer con toda seguridad en el inmediato de su triunfo o derrota, el gobierno de Milei deberá asumir el desbarajuste inenarrable en que sumió a la macro-economía, con sus consecuencias en el cotidiano.
Eso se llama devaluar, sin más trámite. Se llama lo que en estos días admitió Caputo Toto, al reconocer que el terremoto de las tasas de interés ya pasará cuando acabe el riesgo kuka. Se llama impacto en precios con un poder adquisitivo desplomado, fábricas que cierran todos los días, pymes exhaustas, recesión en ciernes.
Lo único que sostiene a Jamoncito es la proyección de unos agentes de la economía, de una burguesía patética, cuyos exclusivos alcances llegan hasta la interpretación de que, hoy, sigue siendo lo más a mano para evitar la victoria del kuko.
En este punto también es necesario detenerse con otra pregunta ineludible.
¿Qué lugar ocupar Milei en el armado del Poder verdadero, que es el de las grandes corporaciones locales y externas? Ninguno. Milei es un chiste muy desagradable de la historia. Macri sí era de ellos. Jugaba en la misma liga y tenía un férreo control de los aparatos mediático y judicial. El segundo lo mantiene, y cómo. Por el contrario, el esquema político, institucional y operativo del “mileísmo” es una catástrofe que está a la vista. Un disparate aluvional de todos contra todos.
¿De qué kuko hablan? ¿Está de oponente Camilo Cienfuegos? ¿Suponen que lo que hoy expresa el peronismo es algo más que frenar esta animalada destructiva capaz de chorear a discapacitados y lograr un superávit fiscal de fantasía, porque no computan los intereses de su festival de emisión de bonos (esto se los dijo directamente el Fondo Monetario en el informe de su última revisión: te banco hasta las elecciones, según la resolución política de Washington, pero no me tomes por boludo con tus cuentas inventadas).
Quizás, y ojalá, nos llevemos la sorpresa de que, en esta oportunidad, sí sucederá una rebeldía electoral -cuidado: también en su forma de abstencionismo creciente- porque así lo marca lo económico y además que son una manga de ladrones. Quizás no.
En cualquier hipótesis, en algún momento debería suceder que esta sociedad se ponga de acuerdo en unos lineamientos básicos de contención social y desarrollo productivo con equidad de distribución de la torta.
“Esta sociedad” quiere decir dirigentes con estatura de tales.