es el mayor saqueo cultural de todos los tiempos

es el mayor saqueo cultural de todos los tiempos

Durante los primeros años de Internet, hablábamos de la “red”. La metáfora era clara: un entramado de conexiones humanas podía acercar a desconocidos, democratizar el conocimiento y derribar fronteras. Pero hoy, con la irrupción de la inteligencia artificial, esa imagen optimista parece haber mutado en otra mucho más inquietante, el capullo.

Fue el historiador israelí Yuval Noah Harari el que trajo esa imagen en una reciente entrevista en Japón: vivimos cada vez más encapsulados en burbujas de información diseñadas por sistemas no humanos que nos van aislando del resto y volviendo progresivamente más pequeña a nuestra web.

Es un escenario en el que, además, las reglas tradicionales parecen haberse traicionado. El crítico musical Ted Gioia habla sin rodeos de una cultura parásita en la que las plataformas que no crean nada, chupan la energía de los demás.

Google no escribe una sola nota, pero exprime a los diarios hasta vaciarlos. Spotify no compone ni una canción, pero su CEO gana más que cualquier músico de la historia. TikTok genera millones de vistas con “creadores” que cobran centavos, mientras la empresa se alimenta de su trabajo gratuito.

Ya no se trata solo de que un algoritmo de recomendación nos sugiera qué serie mirar o qué noticia leer sino que son los mismos sistemas de inteligencia artificial los que producen poemas, canciones, imágenes y hasta monedas que consumimos sin cuestionar su procedencia.

Si la cultura siempre fue un suerte de capullo humano (tejido con mitos, obras de arte, religiones, cocinas y relatos, entre otros elementos), hoy empezamos a habitar un capullo fabricado por inteligencias no humanas.

El crítico musical Ted Gioia habla sin rodeos de una cultura parasitaria en la que las plataformas que no crean nada chupan la energía de los demás.

Y es que estamos viendo en vivo la jugada maestra final: entrenar a la inteligencia artificial con el saqueo cultural más grande de todos los tiempos. Miles de millones de textos, canciones, imágenes y voces fueron absorbidos sin pedir permiso y lo que en otra época era simple piratería ha sido reconfigurado como modelo de negocio.

En el capitalismo digital, el creador en su capullo es el huésped y la máquina es una sanguijuela. Nos enfrentamos a un peligro doble. Por un lado, se erosiona la confianza si no podemos distinguir lo verdadero de lo falso, lo humano de lo sintético, ¿cómo sostener una conversación pública basada en hechos compartidos?

Por otro, corremos el riesgo de vivir atrapados en un universo de ilusiones e imitaciones cada vez más sofisticadas. Para Harari es similar a lo que las tradiciones filosóficas orientales llaman māyā, un velo de la ilusión que oculta la realidad. Con la IA, ese velo no solo se vuelve más espeso, sino directamente ajeno, imposible de descifrar con las categorías que nuestra cultura nos dio.

No se trata, sin embargo, de un diagnóstico con sino trágico ineludible. Debemos frenar y observar a dónde nos lleva esta tecnología. Todo empieza por reconocer que la red que soñamos terminó transformándose en capullo.

Y preguntarnos, con honestidad, si vamos a dejar que ese capullo se endurezca hasta aislarnos por completo, si aceptaremos un modelo de negocios parasitario o si recuperaremos viejas utopías para usar la tecnología para crear un mundo más humano.