Encuentran una secuela cerebral más persistente de lo que se creía en ex rugbiers y boxeadores retirados

Encuentran una secuela cerebral más persistente de lo que se creía en ex rugbiers y boxeadores retirados


Durante décadas la ciencia ha intentado explicar por qué quienes practicaron deportes de contacto, como el rugby o el boxeo, pueden desarrollar problemas neurológicos después de retirarse. Ahora, un nuevo estudio aporta una pieza clave: el daño en el cerebro es más persistente de lo que se creía.

Publicada en Science Translational Medicine y difundida por la revista Nature, la investigación pone el foco en una estructura fundamental: la barrera hematoencefálica, una densa capa de células que recubre los vasos sanguíneos que irrigan el cerebro. Una especie de “filtro” que lo protege de sustancias dañinas.

Según los resultados, esa barrera puede dañarse y volverse permeable décadas después de que un atleta se retire, tras la exposición repetida a golpes en la cabeza.

Este hallazgo resulta especialmente relevante para ex jugadores de rugby y boxeadores, dos grupos históricamente expuestos a impactos reiterados. En ambos casos, la evidencia acumulada ya sugería riesgos neurológicos, pero ahora aparece un mecanismo más concreto que podría explicar esas secuelas.

Entender que el daño puede persistir durante años, no solo en el corto plazo, obliga a repensar tanto la prevención como el seguimiento médico de quienes practican estas disciplinas.

Un daño que no se repara del todo

La barrera hematoencefálica cumple una función crítica: regula qué sustancias pasan de la sangre al cerebro. Cuando funciona bien, protege el tejido cerebral. Pero si se vuelve “permeable”, pueden filtrarse moléculas inflamatorias o células del sistema inmune.

Esa alteración sostenida está asociada a cambios inmunológicos y a un mayor riesgo de deterioro cognitivo, incluyendo problemas de memoria y, potencialmente, enfermedades neurodegenerativas.

Matthew Campbell, especialista en genética neurovascular del Trinity College de Dublín y coautor del artículo, buscaba junto a su equipo comprobar si podían detectar señales de alerta en atletas vivos analizando esa barrera hematoencefálica.

Para investigar, escanearon los cerebros de 47 atletas que se habían retirado de deportes con alto riesgo de conmoción cerebral. También examinaron un grupo de control formado por personas no atletas y atletas que habían practicado deportes sin contacto.

Las tomografías cerebrales mostraron que la barrera hematoencefálica de los atletas de deportes de contacto era significativamente más permeable que la de las personas del grupo de control, a pesar de que los atletas llevaban retirados un promedio de 12 años en el momento del estudio.

No sólo los golpes severos tienen consecuencias, sino también los "microgolpes". Foto: Reuters

Los investigadores descubrieron que las personas con el daño más extenso en la barrera hematoencefálica obtuvieron peores resultados en las pruebas de memoria y cognitivas que las que tenían una permeabilidad menor.

“Esta fue la primera evidencia en el cerebro humano vivo de que la barrera hematoencefálica se ve alterada en individuos propensos a padecer encefalopatía traumática crónica (CTE)”, afirmó Campbell en la entrevista.

Lo que agrega el nuevo trabajo es una posible explicación biológica común: los impactos repetidos no solo provocan lesiones agudas, sino que podrían dejar una “puerta abierta” en el cerebro que nunca termina de mejorar.

El científico aclaró que el estudio incluyó solo a siete mujeres entre los atletas y participantes del grupo de control, porque “por el momento, hay muchas menos atletas femeninas de élite retiradas que atletas masculinos”.

Más allá de los golpes

Uno de los puntos clave es que el daño no depende únicamente de golpes severos. Incluso impactos repetidos de menor intensidad, los llamados “subconmocionales”, podrían contribuir a este deterioro progresivo. La acumulación de microtraumas también puede tener efectos a largo plazo.

Los investigadores señalan que los cambios en el sistema inmune del cerebro, favorecidos por esa “permeabilidad” de la barrera hematoencefálica, podrían desencadenar procesos inflamatorios que, con el tiempo, dañan las neuronas.

Otro punto es el cambio en la forma de detectar el daño. Los análisis de sangre utilizados para diagnosticar daño cerebral no fueron muy efectivos para identificar a quienes experimentaban deterioro cognitivo, según descubrieron en este estudio.

Las señales de alerta solo se vieron después de que el equipo examinara el sistema inmunológico de los atletas: la sangre de quienes tenían mayor daño en la barrera hematoencefálica y mayor deterioro cognitivo contenía una mayor proporción de glóbulos blancos inflamatorios y otros biomarcadores de activación inmunológica. “Parecía que los atletas vivían en un estado de hiperinflamación sistémica”, afirmó Campbell.

Entonces, las tomografías cerebrales que detectan vasos sanguíneos con fugas podrían servir algún día como herramienta para identificar a pacientes vivos con alto riesgo.

Pero advierten que el proceso es complejo y que no todos los ex atletas desarrollan patologías. Factores como la cantidad de impactos, la duración de la carrera o incluso hábitos de vida, también juegan un rol.