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Su papá recién había fallecido y Gonzalo Samaranch, aun siendo joven, dejó Barcelona para refugiarse en el único lugar apenas más profundo que su dolor: la Amazonia brasileña. Fueron ocho meses metido en la selva en los que pasaba noches, atento y quieto, sobre plataformas montadas en las copas de los árboles, a la espera de cazar los animales que por la mañana se comía. Un día tuvo una visión. “Me vi a mí mismo en el futuro, en una selva, cultivando alimentos, casado con una mujer indígena y en un lugar donde había un río subterráneo. Es exactamente lo que estoy haciendo hoy”, dice Samaranch, hoy de 50 años.
Él es fundador de Mestiza de Indias, una iniciativa de agricultura regenerativa impulsada junto a su esposa de origen maya, Martha Elena Chan Tuz, que está radicada en plena selva de la península de Yucatán. Allí fue donde encontraron algo rarísimo sobre una hermosa aguada: una especie de vainilla silvestre, con una diversidad genética como ya no se ve en esta planta amenazada por el cambio climático, y de la que se volvieron sus guardianes.
A través del proyecto, la pareja protege 200 hectáreas de selva y ha revitalizado cinco de ellas, donde ahora crecen cientos de árboles frutales y hortalizas orgánicas de alta calidad. Los productos son ofrecidos a hoteles y restaurantes de la región, pero solo a aquellos que van a contracorriente de las exigencias de la industria del turismo masivo.
La vida de Samaranch ha ido en zigzag. A sus 18 años hacía fotografía de moda en París y retrataba a personas con autismo. Se fue ocho meses a la Amazonia y luego regresó a Barcelona para estudiar periodismo. Al graduarse, editó Le Cool, guía de turismo underground, y después fue marchante de arte para ganar dinero. Entonces tuvo una crisis existencial: se reconoció privilegiado y decidió contribuir a un mundo mejor. Vendió todo y viajó buscando proyectos inspiradores hasta llegar a Las Cañadas, centro de agroecología referente en México, donde se formó para replicar el modelo.
En 2013 se mudó a Tulum con la idea de hacer permacultura. Observó el auge turístico del Caribe mexicano y la importación de alimentos. La migración juvenil se había traducido en el abandono de la milpa, antes fuente de comida saludable, y los jóvenes llegaban con dinero ganado en el turismo, pero que se gastaba en comida chatarra. Samaranch concluyó que un proyecto de agricultura regenerativa orgánica podía atender esas problemáticas.
Con sus ahorros compró 200 hectáreas en Espita, entre Cancún y Mérida: lejos de polos turísticos y la contaminación, pero cerca de poblaciones que requerían empleo. “Me interesó este predio porque no tenía que cortar selva, pues ya estaba impactado por malas prácticas de ganadería. Lo limpiamos, instalamos un sistema de riego, comenzamos a sembrar y a ofrecer los productos en restaurantes de la región”, explica. La agricultura, agrega, es generosa: los rábanos crecen en 20 días, los tomates en tres meses y, con buena planeación, puede haber producción escalonada en pocas semanas.
Un paisaje donde la comida se prueba
Fue en Espita donde Samaranch también conoció a su ahora esposa, Chan, lideresa de proyectos comunitarios, exsecretaria de turismo municipal y ahora metida de lleno en el proyecto. Para llegar a Mestiza de Indias, hay que pasar por San Pedro Chenchelá, una diminuta localidad de Espita. Al atravesar la reja de la propiedad, se ve un amplio terreno y, de frente, un colmenar. Samaranch aclara de inmediato que son abejas meliponas beecheii, endémicas, pero que hay otra especie. “Las meliponas están de moda, pero son solo una de las tantas variedades. Las beecheii son populares por ser las más productivas”, dice. “Otra vez con ese mismo cuento: siempre buscando el mayor rendimiento. Pero se han olvidado de las otras variedades en peligro”. En el proyecto, explica, también tienen la Nannotrigona perilampoides y, próximamente, gracias a la asesoría de la organización Miel Nativa Kaban, tendrán otras.

Al fondo de todo se encuentra la milpa, donde practican la agricultura regenerativa. Es decir, donde reconstruyen la materia orgánica y la biodiversidad del suelo para hacer cultivos sustentables, con prácticas como rotación de cultivos, mantener cubierta la superficie con material vegetal para evitar la erosión y con una perturbación mínima del suelo.
Samaranch recorre la milpa y arranca de la tierra lo que va viendo y que se puede probar. Albahaca morada, espárrago, ajo en flor y berenjena blanca. Sigue una espinaca crujiente, betabel amarillo, otra albahaca que sabe a canela, zanahoria dulce, flores comestibles y la okra —el caviar de las hortalizas. Las semillas provienen de Las Cañadas. Aquí la siembra es continua y sin agroquímicos. Y da productos de alta calidad. “Cuando compras un alimento, no solo estás decidiendo qué vas a comer, también decides un paisaje: entre 20 hectáreas de agroindustria o esto que ves aquí”, dice Samaranch.
Al inicio, vendía donde podía. Pero luego optó por establecimientos consolidados. Entre sus aliados está Andoni Luis Aduriz, chef laureado con premios y estrellas Michelin, hoy al frente de XAL, en el Caribe mexicano. “Es una fortuna poder acceder a gente tan comprometida y que hace tan bien su trabajo. Es un interlocutor cercano”, dice el chef Aduriz. “Las suyas no son producciones masivas. No me parecen productos caros, sobre todo, pensando que te abren las puertas al cielo del sabor y de la cultura en que se siembran”.
La vainilla maya
“Y aquí la joya de la corona”, anuncia Samaranch, tras adentrarse aún más por la selva y después de descender unos 50 metros hacia un hermoso pantano. Señala las hojas lisas y carnosas de la vainilla maya. Para dimensionar el hallazgo, Samaranch se remite al biólogo David Moreno Martínez, fundador de la organización Orquídea, Ciencia y Tecnología, y experto en vainilla. Explica que existen más de 25.000 especies de orquídeas: unas 125 son vainillas y solo tres tienen importancia económica por su aroma y sabor. La más conocida es la planifolia, de origen mesoamericano, usada para dar sabor a los alimentos, pero hoy en peligro porque se reproduce por esquejes: se corta un fragmento, se siembra y se repite el proceso infinitamente. Así florece en tres años o, por semilla, tardaría ocho. Al ser clones, se reduce la y aumenta su vulnerabilidad al cambio climático.

Por ello es relevante la vainilla silvestre a la que apunta Samaranch: no es clon y podría ser genéticamente distinta a las de Veracruz o Chiapas, según Moreno. Ya fue enviada a la Universidad de Florida para un estudio genético. Para proteger e investigar esta y otras especies, Samaranch fundó la asociación civil Na’at Lab Salud Planetaria.
Un espacio para respirar
Hay cuatro trabajadores, habitantes de pueblitos cercanos. Entre ellos, Teresa de Jesús Cen Requena y Reyes Baltazar Cohou. El hijo de ella y el hermano de él tienen problemas de adicción con la metanfetamina, esa droga que se ha expandido hasta en los más diminutos rincones de pueblos indígenas. Mestiza de Indias se ha vuelto para ellos un trabajo donde perciben un salario superior al mínimo y más atractivo que en cualquier otro sitio de la redonda, quienes, además, cada tanto se llevan una canasta de productos que ellos mismos siembran. “Es un espacio rodeado de naturaleza que me sirve para tomar un respiro y olvidarme de todo”, dice Jesús Cen Requena.
Por eso Gonzalo cree necesario este proyecto, para cuidar la naturaleza, pero también para ofrecer a estas personas una alternativa digna. “Hay un dicho que dice: ‘Cuando compras un alimento, no solo estás decidiendo qué vas a comer, también estás decidiendo un paisaje: entre 20 hectáreas de agroindustria o esto que ves aquí. Así también eliges un modelo de sociedad’”, cierra Gonzalo.








