Dos noticias publicadas el lunes expresan de manera involuntaria, pero elocuente, el estado del mundo en el que vivimos. Mientras la NASA anunciaba la tripulación de Artemis 2, la primera misión tripulada a la luna en más de cinco décadas, Donald Trump prometía “hacer estallar y destruir por completo” las plantas eléctricas y los pozos petroleros en Irán si no se logra un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz. La primera simboliza la capacidad humana de poner toda la voluntad, el conocimiento y el ingenio al servicio de la conquista de nuevas fronteras. La segunda avanza en la dirección contraria: la capacidad de destruir por la fuerza y con los pies aquello que a las manos les ha costado esfuerzos inimaginables levantar. No sorprende que, en el mundo en el que vivimos, la creación y la destrucción vayan frecuentemente de la mano. Pero lo curioso es que la misma nación sea capaz de producir al mismo tiempo dos proezas tan contradictorias.
Y eso lleva al tema de los extremos. La bomba atómica también fue una proeza científica que buscaba forzar la paz mediante una destrucción nunca antes vista. Aunque Estados Unidos necesitaba poner un punto final a la Segunda Guerra, la historia dejó abierta la pregunta de si los bombardeos contra Hiroshima y Nagasaki eran necesarios o si fueron una demostración de fuerza ante un enemigo ya derrotado. Un castigo ejemplar.
Lo mismo pasa hoy con Irán, salvando las distancias, aunque la nación persa no esté derrotada, sino que quizás esté ganando el juego de largo plazo en una guerra de desgaste. Estados Unidos, en alianza con Israel, tiene sin duda un poder destructivo mucho mayor que Irán, pero no tiene dos cosas que los iraníes sí: armamento barato y fácil de producir y la disposición de sus tropas a dar la vida contra enemigos que representan una amenaza existencial para el régimen de los ayatolás. En ese sentido, la amenaza de “obliterar” las instalaciones energéticas iraníes o tomar la isla de Jarg para adueñarse del petróleo iraní puede entenderse como la forma en que Trump busca recuperar el control de un conflicto que inició creyendo poder ganar en poco tiempo y que se le ha ido de las manos.
Y es por esa razón que las amenazas de Trump parecen desesperadas y poco realistas. Destruir infraestructura energética que abastece buena parte del petróleo mundial no solo podría mandar los precios del crudo, ahora por encima de los 100 dólares por barril, a los 150 o más, e impulsar una recesión mundial, sino también provocar un contraataque iraní que haga aún más difícil la reapertura del estrecho de Ormuz. Y ya los hutíes se han unido a la guerra del lado de Irán.
He aquí el tema de fondo: a siete meses de las elecciones de medio término, Trump podría haberse metido en el pantano que le costará no solo una derrota definitiva en esos comicios, sino también la presidencia. Su aventura belicista no contó con la autorización del Congreso. Un nuevo legislativo, controlado parcial o totalmente por el Partido Demócrata, podría llevar a un juicio político y su destitución del cargo.
Son muchos condicionales cuando todavía hay margen de maniobra, pero Trump no tendrá nada fácil revertir los nubarrones que de pronto se han posado sobre la Casa Blanca.
Esas nubes oscuras se expresan en números. Según el agregador de encuestas de Yahoo News, mientras su aprobación se mantiene en un rango estable de entre 36% y 42%, la desaprobación va del 54% al 62%. El alza de los precios y la inflación siguen siendo el punto más débil de su gestión, pero ahora una percepción negativa sobre la marcha de la economía y el empleo revela otro foco de descontento. Otras encuestas muestran que el control fronterizo, que se había mantenido como una de sus banderas populares, es un nuevo saldo en rojo. Con un costo diario de 1.300 millones de dólares, la guerra en el golfo Pérsico solo agrava este panorama, ya que para la mayoría de los estadounidenses es “un mal uso de sus impuestos”.
La suma de todos estos vectores negativos arroja una impopularidad estructural. Pareciera que, a estas alturas, Trump solo es popular en lugares que gobierna a control remoto a través de títeres, como Venezuela.
Pero quizás el dato más revelador de todas estas encuestas no sea económico, sino político: por primera vez en años, “elecciones y democracia” figura entre las cuatro principales preocupaciones de los estadounidenses. Es decir, en el momento en que Trump ejerce el poder de manera más destructiva, los ciudadanos están redescubriendo lo que la destrucción amenaza. No es un dato menor. Las democracias no mueren solo por los golpes que reciben desde arriba; sobreviven cuando los ciudadanos recuerdan que son ellos quienes las construyeron.
Una sociedad intranquila y mortificada se manifestó en las calles en las protestas de No Kings del 28 de marzo. Asistí a la concentración en el Boston Common, el parque principal de la ciudad. Era un mediodía radiante, frío pero sobre todo festivo. Los ciudadanos mostraban su indignación cantando consignas burlescas contra Trump y sus adláteres como Stephen Miller, la eminencia gris de muchas de las acciones más extremas del Gobierno republicano. Los letreros que portaban eran satíricos, divertidos o indignados y sombríos. Pero no cabía duda de que quienes estaban allí se agrupaban como un ejército antes de dar la batalla por la democracia y hacían un llamado a actuar contra Trump y la clase que él representa, la llamada “Epstein class”. El cartel que lo resumía todo decía: “Agárralos en las elecciones de medio término 2026”.
El año pasado asistí a la primera manifestación No Kings. No me cupo duda de que era la semilla de un movimiento más grande. La concentración del sábado en Boston rebasó todas las expectativas al reunir unas 180.000 personas, según los organizadores, el doble de lo esperado.
Pero ese no es el mayor detalle. La diferencia más significativa respecto al No Kings de 2025 fue su nivel de organización. Era evidente que ya no era una confabulación de espontáneos. Esta vez había una musculosa logística con recursos detrás del evento. Además, también era claro que el ala más combativa del Partido Demócrata ve al movimiento, hasta ahora difuso y sin hoja de ruta, como un aliado electoral importante. En la tarima desfilaron desde activistas de base hasta los senadores por Massachusetts Elizabeth Warren y Ed Markey. Ambos aprovecharon para agitar el descontento haciendo rugir a la multitud. “¡Trump quiere hacernos tirar la toalla, pero vamos a luchar!”, clamó Warren, mientras Markey dio una clase de oratoria en menos de cinco minutos recordando al público que en ese mismo parque habían comenzado algunos de los movimientos que han marcado la historia del país: el movimiento independentista, el abolicionista, el del matrimonio igualitario. “Porque la historia de Estados Unidos no ha sido nunca acerca de quienes buscan gobernar, sino de aquellos que se han levantado para ser escuchados”.
La democracia, vino a decir sin decirlo, no es una herencia, sino una construcción permanente. La misma energía colectiva que un día puso fin a la esclavitud es la que décadas después ganó la carrera espacial mientras en las calles se daban auténticas batallas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Ese legado está vivo y no se destruye impunemente. Fue la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, primera mujer y primera lesbiana en gobernar el Estado, quien desató la mayor ovación al gritar a voz en cuello que el ICE no construirá centros de detención para inmigrantes en Massachusetts.
Mientras me alejaba del Common, me vino a la mente la famosa frase de la antropóloga Margaret Mead: “Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo; de hecho, es lo único que alguna vez lo ha logrado”. Allí, entre carteles satíricos y consignas indignadas contra el autoritarismo, estaba viva esa promesa.
Cuando el lunes llegaron las dos noticias —la tripulación del Artemis 2 y las amenazas de Trump contra las instalaciones energéticas iraníes—, pensé de nuevo en lo que había vivido en No Kings. En la multitud que llenó el parque para recordarle al poder sus límites. Y en las paradojas que todo esto entraña: una nación capaz de producir al mismo tiempo una misión a la luna y un presidente que amenaza con destruir el mundo es una nación que todavía está en lucha consigo misma.
Espero con ansiedad el viaje del Artemis 2, que llevará a seres humanos más lejos de la Tierra que ningún otro viaje de la historia. Pero espero aún con mayor urgencia que la democracia se reafirme en las elecciones de medio término de noviembre, demostrando una vez más que es una batalla que vale la pena dar. Pese al destructor autoritario que es Trump. O precisamente por su causa.








