La campesina María Isabel Méndez amaneció los últimos cinco días en una casa inundada. Al despertar, veía el agua que cubría las patas de su cama, las paredes ennegrecidas de la habitación en la que nació hace 47 años, y la silla de ruedas que su tío usó hasta que falleció hace pocas semanas. Cada mañana decidió quedarse: no tenía otro sitio a donde ir y pensó que el río Sinú, desbordado desde el sábado por lluvias torrenciales, bajaría. Pero el miércoles resolvió que ya era suficiente. El agua no paraba de subir y María Isabel temía que las bacterias que se acumulaban a su alrededor le hicieran daño o, peor aún, que la casa colapsara con ella adentro. Se mudó a un refugio de plástico, madera y palma en la entrada de su finca.
“Nunca se me pasó por la mente que esto podía pasar”, dice. Las lluvias no se limitaron a arruinar algún cultivo, como en otras ocasiones. Esta vez el río se desbordó, llegó a la casa y destrozó toda la producción de habichuelas, berenjenas y ajíes, que la campesina vendía para los mercados cercanos. Le tomó por sorpresa que fuera en febrero, en plena temporada seca. Un frente frío azota al Caribe colombiano, y en el departamento de Córdoba ha producido una catástrofe sin precedentes tras el desbordamiento del embalse de la hidroeléctrica de Urrá. El Gobierno calcula que hay más de 156.000 damnificados y casi 100.000 hectáreas inundadas.
María Isabel vive en El Platanal, en la zona rural del municipio de Lorica. A diferencia de otros sitios en el departamento, donde el agua empezó a bajar, en esta zona la crisis es mayor cada día. Las afectaciones no son solamente de electrodomésticos o muebles, como en algunos barrios de las ciudades. Las 130 familias de la vereda están preocupadas porque su sustento está amenazado: vivían de los cultivos destruidos. Por ahora, la única solución para María Isabel ha sido que su pareja haga más viajes en moto para algún vecino o recoja más corozo, un fruto de la zona, en jornadas de cinco horas por las que le pagan 25.000 pesos (unos 7 dólares).
Demoró todo lo que pudo la decisión de dejar su casa. “Somos tan tercos que no salimos hasta que no vemos que el agua nos llega hasta las rodillas”, dice. “No logro asimilar que tenga que levantar todo, despedirme de mis cosas e irme a dormir a la intemperie”, explica. Las inundaciones han profundizado la angustia que siente desde que murió su tío, que era su padre adoptivo. “Yo le daba comida, lo bañaba, le cambiaba los pañales. Se muere, y ahora pasa esta otra calamidad”, dice. Recuerda que su tío tenía un subsidio de adulto mayor que los asistía en los inviernos lluviosos, pero ahora ni siquiera tendrá eso.
Las deudas
Claudia Ramos vive en la finca de al lado, también inundada. “Nací acá, me fui cuando era una niña y viví en Valledupar con mi mamá hasta los 22”, relata la mujer, que hoy tiene 42. Obtuvo títulos de estilista y técnica agropecuaria. Volvió a La Doctrina, el corregimiento al que pertenece El Platanal, cuando su papá comenzó a cultivar papayas, hace unos 15 años. Después él falleció y ella se quedó con su madrastra. Ambas viven en una construcción fucsia que ahora está repleta de agua, y se han refugiado en la casa de una amiga en el casco urbano.
La gran preocupación de Claudia es la asociación campesina que lidera desde que volvió a El Platanal. “La formé porque a uno solo no lo escuchan. Somos 26 mujeres y cuatro hombres, y tenemos batata, melón y pescado para trabajar en comunidad”, dice. Claudia se angustia al pensar que el proyecto de las batatas implicó que cada una de las mujeres contrajera un crédito de cuatro millones de pesos (unos 1.100 dólares) que recién habían comenzado a pagar. “No hay batatas para pagar las deudas”, subraya. La empresa a la que les vendían les ha dado un préstamo adicional para que puedan mantenerse a flote hasta que puedan cosechar de nuevo, pero eso implica aún más problemas a futuro.

No siente angustia por ella misma o por su madrastra. “Yo sé moverme en la ciudad. Tengo un contrato de ingeniera con la Gobernación y puedo ir de estilista a Bogotá”, afirma. Tampoco le preocupan las pérdidas materiales de su casa. “Mi hermano murió electrocutado hace un año, y las cositas de él las regalamos. Todo eso se recupera”, enfatiza. Pero la atenaza la culpa que siente con sus compañeras. “Las metí en la asociación por su bienestar y confiaron en mí. Y ahora están peor que antes: entraron sin crédito y ahora están endeudadas”, dice. “La idea era repartirnos un 5% de las utilidades para Semana Santa. De pronto esas mamitas contaban con esa ganancia”. Es el único momento en el que llora.
Las gallinas
La angustia de las deudas también se vive en la casa de madera y zinc que habitan Gelbel Cárdenas y Aura Ramos. En octubre, la pareja contrajo un crédito de un millón de pesos (1.100 dólares) y sumó ahorros de 400.000 pesos (otros 100 dólares) para comprar 200 gallinas. Al cabo de cuatro meses, pondrían unos 180 huevos diarios que les darían un ingreso de 180.000 pesos (23 dólares). Pero la humedad, la lluvia, “la frialdad”, mató a la mitad de los animales. Las 100 sobrevivientes se han mudado del corral a la casa de la pareja. Brincan al ritmo del vallenato, que supuestamente las mantiene animadas. “Ruego que sobrevivan para pagar la deuda, que tiene una cuota mensual de 130.000 pesos”, dice Aura.
Gelbel cuenta que en los últimos años se han acostumbrado a las inundaciones —el invierno pasado se ahogaron dos marranos— , pero que no sucedían cuando él nació, hace 56 años. “Mis abuelos vivían aquí y el río se llenaba, pero nunca así”, afirma. “Ahora hay una creciente tras otra, todos los años”, añade. Aura señala a la hidroeléctrica de Urrá, que considera que ha causado todos los problemas desde que se inauguró hace 20 años. Y ahora ha sucedido lo más inesperado: que lloviera en febrero, cuando habían cultivado maíz y no el arroz que siembran en invierno porque resiste la lluvia.

La pareja ha llenado su casa de bolsas de tierra que aguantan el paso del agua. Al menos por ahora. Los pisos de tierra están secos y las gallinas están a salvo. Pero no es suficiente. “Dicen que se viene más y más agua”, cuenta Aura. “Y ahora ya se viene la temporada de lluvias”, añade Gelbel. Así que han empezado a construir un refugio de plástico y madera como el de María Isabel. No creen que lleguen a vivir allí —el agua no llegará tan lejos, piensan—, pero será para las gallinas en caso de que empiecen a morirse de nuevo.
Gelber y Aura tienen posturas distintas sobre la posibilidad de mudarse. Ella dice que “está aburrida” de las inundaciones en invierno, que le frustra que ahora se sume una en febrero y que esta es la peor de todas las crecidas que ha tenido el río. “Quiero que el Gobierno nos ayude a arreglar la casa o a salir de aquí”, comenta. Gelbel la mira en silencio y, luego de unos segundos, acota: “O que nos dejen acá, pero con una buena entrada, más alta”. Se le suma su hermano, que enfatiza que siempre han vivido ahí. Aura se ríe y les da la razón. “Lo que hay que hacer es traer 70 volquetas de tierra”, afirma. Los hombres insisten en su cariño a la tierra. Ella vuelve a darles la razón: “Bueno, aquí nos quedamos. No hay problema”.
Lo mismo comenta María Isabel, de regreso en su casa inundada. “Nunca he pensado en mudarme. Uno tiene todo aquí, sus raíces, está acostumbrado a su tierra. No va a empezar de nuevo en otro sitio”, dice. Después, considera la idea siempre y cuando sea en una finca igual a la suya: en el campo, con los mismos cultivos de habichuela y berenjena. “Solo acepto mudarme si me dan esas garantías. No quiero que me tengan como un gallo fino, amarrado”.








