El regreso con gloria de los bares históricos

El regreso con gloria de los bares históricos


De manera silenciosa, Buenos Aires está viviendo una pequeña revolución: la de los bares que vuelven a latir. En distintos rincones de la ciudad, espacios que parecían condenados al cierre renacen gracias a familias, emprendedores y parroquianos que entienden que un bar es mucho más que eso: es un archivo de la memoria y de las emociones.

Bares “bien de barrio” como el Roma, el Tokio o Don Juan, donde la historia regresa al convocar a generaciones que lo consideran un refugio afectivo y punto de encuentro.

En el Bar Plaza Dorrego, la esquina vuelve a contar la historia de San Telmo y ser un museo vivo tras una cuidada restauración. Frente a Parque Lezama, el Hipopótamo sigue siendo un clásico. En Villa Devoto, el Café de García, une la picada de Carolina y el mural dedicado a Maradona en sabroso homenaje.

En San Cristóbal y Balvanera, tres emblemas revitalizan la historia. En Los Galgos, el renacimiento llegó de la mano de una restauración ejemplar. La Academia, el bar que nunca duerme, sigue latiendo en su nuevo hogar de la calle Montevideo. Cerca, el Bar Lavalle mantiene su espíritu original.

Don Juan no es solo el nombre del bar: fue una persona real. El bisabuelo de la familia Barral vivía en la planta alta y, hacia 1920, decidió abrir una pequeña cafetería en la planta baja.

“A las seis de la mañana ya estaba atendiendo vecinos. Vendía café, fiambre, platos caseros. Y tenía algo raro para la época: un teléfono público. Eso lo convirtió en un punto de encuentro”, cuenta Daniela Pérez, actual anfitriona.

Con el tiempo, el bar siguió en manos de su hija Teresa y su marido Alejandro y después pasó a sus nietas. Tras la pandemia, Daniela y un amigo de la familia decidieron seguir la tradición.

Este bodegón de Villa Santa Rita logró reinventarse sin perder esencia: vermú artesanal, mesas en la vereda, menú del día y un rincón entrañable, el salón de los abuelos, donde se celebran cumpleaños, reencuentros y sobremesas.

A quince cuadras, en la esquina de Jonte y el pasaje Tokio, el Bar Tokio también volvió a la vida. Su historia se remonta a los años 40, cuando Jesús Feas llegó de Galicia, convocado por su hermano para trabajar como lavacopas en un bar llamado Jonte. Con esfuerzo llegó a ser su dueño y lo rebautizó Tokio.

Unos años la esquina quedó en silencio. Fue entonces cuando Miguel, hijo de Jesús, y su socio Martín Conte, encararon una restauración. El bar reabrió en 2024 con su fisonomía casi intacta: pisos originales de 1930, barra restaurada y carpintería tradicional.

Interior del Bar Tokio. / Gentileza

“Más que una reapertura, es una puesta en valor del patrimonio barrial”, dice Martín. La propuesta gastronómica mantiene el espíritu del café-bar-restaurante porteño. “Tokio le pertenece a la gente que viene acá desde hace 60 años, y también a quienes llegan hoy”, resume.

En el barrio del Abasto, Martín Auzmendi recuerda su primer acercamiento con el Bar Roma: “Había pasado en 2019. Me atendió Jesús, quien era el dueño, tomé un café y le escribí a Julián –su amigo y socio- contándole lo lindo que estaba el lugar. Meses después nos contaron que los dueños buscaban a alguien que mantuviera el bar. Volvimos y ahí los conocimos”.

En el Roma, fundado en 1927, la frase “preservar el fuego” se volvió una guía. “Nos ayudó a pensar la reapertura como una refundación: poner en valor la historia pero mirando al futuro, sin nostalgia del pasado”, dice Martín. Allí le rinden tributo a la pizza porteña: “Para mí es la mejor del mundo: por su identidad y su historia. La pizza cuenta la historia de Buenos Aires”.

Pizza con vermú, en el Bar Roma. / Gentileza

En pleno Centro

En unas pocas manzanas del Centro porteño conviven bares que siguen rindiendo homenaje a la ciudad. Uno de ellos es Los Galgos, en Callao y Lavalle. Fundado en 1930 como bar y almacén, adoptó su formato actual en los años 40. Siempre estuvo en manos de familias asturianas: primero los Ramos, y desde 2015 la familia de Julián Díaz.

A Julián lo llevó hasta allí el corazón. Conocía al bar desde la adolescencia y cuando lo vio cerrado propuso recuperarlo: “Para el barrio, Los Galgos tenía -y tiene- un valor extraordinario. No solo por su mística, sino por la vigencia de una esquina centenaria”.

El estudio CHD Arquitectos trabajó en la restauración respetando su espíritu, y Flor Capella -compañera y socia de Julián- renovó la identidad visual.

Su sello es la comida porteña y los ciclos de música en vivo. El bar tiene un libro que hicieron junto al periodista Rodolfo Reich, Cocina Porteña, que incluye las recetas a cargo de Flor Dragovetsky, la cocinera de Los Galgos.

Los Galgos, un clásico de Buenos Aires. / Gentileza

“Es el primer libro de cocina local de Buenos Aires y de la cocina de un bar notable”, revela Julián. Incluye un trabajo de investigación de Carina Perticone con prólogos de Pietro Sorba y Edgardo Cozarinsky.

Muy cerca está La Academia, inaugurado en Callao 368 en 1930. Su historia estuvo ligada a las artes, la política y los espectáculos. En 1973, el inmigrante español Luis López asumió el mando, y hoy el bar sigue en manos de su hijo Jorge.

La Academia se mudó de Callao a la calle Montevideo. / Archivo

Con mesas de pool desde los años 80 -hasta ese momento solo había billar, juegos de cartas y dados-, resistió crisis y la pandemia. Abierto 24 horas, no cerraba ni el 24 ni el 31 de diciembre. En 2024 la familia decidió mudarlo para continuar la tradición.

Encontraron un local histórico en Montevideo 341 (donde funcionaba la cantina Pippo) y reabrieron en 2025. “Fue una decisión sentimental -dice Jorge-, para honrar a mi viejo y evitar que desaparezcan lugares tradicionales.”

Sumaron juegos de mesa, ping pong y dardos: “Queremos que la gente dialogue más y use menos el celular”. Conservan piezas históricas y su carta mantiene las minutas clásicas, con estrellas como el Tostado La Academia (8 rectángulos de jamón, queso, tomate y huevo) y la picada del mismo nombre.

Bar Lavalle, especialistas en sándwiches. / Gentileza

Unas cuadras más allá, en Lavalle y Rodríguez Peña, sigue vivo el Bar Lavalle. En ese edificio, construido en 1928, nació y creció el artista Florencio Molina Campos. En su planta baja, en 1930, abrió el bar. Desde entonces fue un clásico del barrio.

En 2023, arribó Diego Pasquale y sus socios, quienes lo recuperaron y lo reabrieron en abril de 2024. Renovaron instalaciones, cocina y barra, recuperaron el cartel histórico y trabajaron en una ambientación que devolviera el alma del viejo bar. Hoy, la cortadora de fiambre Berkel vuelve a lucirse en la barra y la propuesta rescata picadas tradicionales y el histórico pebete.

Frente al Parque Lezama, Hipopótamo nació en 1909, en la esquina de Brasil y Defensa, aunque en sus primeros años no se llamaba así. Arrancó como almacén con despacho de bebidas. Con el tiempo fue cambiando de dueños y de nombre.

La transformación importante llegó de la mano de don Julio Durán, de Mondariz, España, que vendía salames y fue lechero. Y, en 1982, abrió Hipopótamo.

Ese lugar siempre mantuvo su esencia y en 2024 vivió una restauración, un cambio de dueños dentro de la familia, un relevo generacional. El escenario se mantiene: los muebles de madera, los pisos antiguos, las paredes repletas de chapas de publicidades antiguas, fotos.

Frente del Hipopótamo, en Parque Lezama. / Gentileza

“Además, incorporamos una sala de jamones, diseñada para potenciar la propuesta gastronómica y sumar un espacio distintivo que dialoga con la tradición del bar”, relatan Santiago Durán y Julieta Tello, gerentes.

Ambos recuerdan que en las mesas del bar, el director y guionista Juan José Campanella escribió la película El hijo de la novia y pensó la obra Parque Lezama.

Un recuerdo del 10

Francisco Miranda, socio gerente, abre la puerta al universo del Café de García, un clásico de Villa Devoto. “El edificio es de 1900 y el café nació en 1927, cuando Metodio y Carolina García lo fundaron. Al principio convivían la vivienda familiar, una farmacia y el bar”, cuenta.

En 1940 la farmacia desapareció. Pero lo que quedó fue el corazón del lugar: un salón con mesas de billar y ajedrez, donde años después se sentarían a jugar Diego Maradona y su suegro, como dos habitués más del barrio. Para muchos, ese salón todavía es “el punto de encuentro”.

En 1968, por problemas de salud de Carolina, la familia vendió el fondo de comercio. Pero la historia dio un giro cinematográfico: en 1983, los hijos recuperaron el café y, tras la muerte de su madre, Metodio les cedió el negocio con una única condición: seguir adelante, pero juntos.

Y ¡vaya si lo hicieron! “Los hermanos recuperaron la receta original de las picadas que hacía su madre. Hoy es el producto estrella”, dice Francisco.

En 2022, Hugo García -ya sin su hermano- decidió vender el café a un grupo de “paisanos” emprendedores ligados a los bares notables de Buenos Aires. La esencia quedó intacta y el lugar renació. Hoy sigue siendo el bar de los vecinos y por las noches se llena de gente joven.

El Diego en una foto del Bar de García, al que iba a jugar al ajedrez. / Gentileza

La puesta en valor llevó un año entero y su reapertura, en enero de 2024, fue motivo de festejo barrial. Volvieron los pisos de damero, la barra de madera, la caja registradora, las ventanas guillotina y un montón de objetos originales.

Ahora también se puede ver cómo se arma la famosa picada de Carolina, servida en tres pasos, “como antes, bajando plato por plato”. Viene con sidra y pan dulce casero. La terraza también volvió a la vida: ocupa toda la ochava y sumó un mural enorme en homenaje a Maradona.

Un clásico que vuelve a brillar

El Bar Plaza Dorrego nació en 1880, cuando se llamaba El Imperial y funcionaba como almacén con despacho de bebidas. A lo largo de su vida fue cambiando de nombre, de dueños y de aires, hasta convertirse en Bar Plaza Dorrego en 1989.

Juan Carlos Pallarols con Pablo Durán en el bar Plaza Dorrego. / Gentileza

Su historia está cargada de guiños literarios: en 1975, después de dos décadas sin hablarse, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato protagonizaron su célebre reencuentro en este bar, en una mesa junto a la barra. Esa barra -todavía hoy- conserva las firmas y frases talladas por generaciones de parroquianos.

El lugar está declarado Sitio de Interés Cultural y también Bien de Interés Histórico Nacional. Y en la planta alta funciona el taller del orfebre Juan Carlos Pallarols.

Pero no todo fue esplendor. El bar cerró antes de la pandemia. Hasta que llegó Pablo Durán -socio y experto en recuperar bares históricos- y empezó el camino de su resurrección.

Tras una larga negociación, lograron adquirirlo y comenzaron una obra que duró casi dos años. “Renovamos todo: electricidad, gas, baños, y una cocina que antes no existía. La gente entra al mismo bar, puesto en valor”, cuenta Durán. Funciona como un café-bar tradicional y cuenta con un calendario cultural con presentaciones de libros, muestras de arte y música.