En un mundo que prioriza la eficiencia y la rentabilidad, resulta casi inusual encontrar a alguien que se dedique al bienestar de otros de manera desinteresada. “Desde que empecé mi carrera trabajé en la medicina privada y en la medicina pública. Soy el director de Cirugía del Centro Oftalmológico Público de Berazategui que se llama San Camilo, pero lo que siempre quise hacer fue llevar la salud a donde vive la gente”, relata Gerardo Valvecchia, un médico oftalmólogo argentino que viajó por distintos países de África y América Latina para dar batalla a la principal causa de ceguera reversible en el mundo: las cataratas, una afección ocular que nubla progresivamente la visión y que afecta a más de veinte millones de personas.
“Siempre tuve la iniciativa de hacer algo aquí, pero nunca pude concretar por causa de temas políticos. En el año 2017, durante un congreso en España, conocí a Elena Barraquer, que es la presidenta y la creadora de la Fundación Elena Barraquer, que hace misiones humanitarias contra la ceguera en África. Entonces le dije, un poco frustrado: ‘Llevame a África’. Tres meses después estaba operando en Mozambique”. Ese primer viaje con la Fundación fue la llave que abrió definitivamente l as puertas en la Argentina: “En 2018 hicimos la primera campaña grande en Salta, en donde operamos a quinientos ciegos”, recuerda.
-¿Cuál es el impacto de una cirugía de cataratas en una persona que, tal vez, estuvo ciega durante años?
-No solamente impacta en la persona, también modifica a la familia. En Salta o en el Impenetrable, una persona ciega, que vive en medio de la montaña o en el medio de la selva, necesita que alguien lo cuide para darle de comer o ayudarlo con su higiene. Por lo general, quien cuida al ciego es la persona más joven de la familia, que deja de ir al colegio. Entonces, cuando devolvés la visión a esa persona ciega, aunque sea de un solo ojo, el paciente vuelve a caminar y a comer por su cuenta, y ese niño o niña que se dedicaba al cuidado de su familiar puede regresar al colegio. Cambian las etnias, los idiomas, cambian un montón de cosas, pero esta historia se repite.
-¿Cómo se prepara emocionalmente para enfrentar esta inmersión en realidades tan duras?
-Nosotros sabemos perfectamente a qué vamos. Son jornadas muy duras en lugares donde no hay agua caliente ni alojamiento. A eso se suman de doce a catorce horas de trabajo por día y también el hecho de estar lejos de la familia. Pero es tan bueno lo que pasa cuando el paciente empieza a ver, que no importan ni el cansancio ni el viaje. Emocionalmente volvés feliz y sabés que no lo vas a dejar de hacer nunca. Fui el primer argentino en una misión de la Fundación Elena Barraquer, pero ahora hay un montón de médicos, enfermeros e instrumentistas argentinos; y gente que no es médica, que me dice: “Voy a levantar paquetes, no importa, quiero ayudar”.
El oftalmólogo Valvecchia en su lugar de trabajo, con varias imágenes de sus misiones por África y América Latina. Foto: Luciano Thieberger. -¿Qué dijo su familia cuando contó que se iba a operar a África?
-Julia, mi mujer, es una genia, mi soporte en todo y ya está acostumbrada a mis locuras. Mi familia me da libertad, apoyo y me incentiva. Julia, cuando le conté mi idea, fue muy directa y sintética. Me dijo: “Andá tranquilo”.
-Su hija también participó en una campaña en África. ¿Cómo fue compartir esa experiencia?
-Cuando la llevé a Angola, Catalina, la mayor de mis cuatro hijos, era estudiante de medicina y tenía 18 años. Hoy es médica y va a ser oftalmóloga. Fue una experiencia muy dura desde todo punto de vista porque Catalina y otra médica le dijeron a una mamá que su hijo de cuatro meses nunca vería porque había nacido sin ojos. También tuvo que tirarse en una camilla para sostenerle la cabeza a un nene que tenía miedo y se movía; si yo decidía suspender esa cirugía, ese nene se quedaba ciego hasta el año siguiente. Por suerte, después de la cirugía, el nene volvió a ver y al día siguiente regresó contento para operarse el otro ojo. Pensé que me había equivocado cuando tomé la decisión de llevarla, pero cuando terminamos la misión Catalina me dijo: “Pá, nosotros estudiamos medicina para esto, ¿no?” Me emociono cada vez que lo cuento.
-Luego de las campañas en el exterior, por fin llegaron las misiones argentinas. ¿Cómo fueron esos primeros pasos?
-Hay diferentes realidades porque en Mozambique son 33 ó 35 millones de personas, tienen trece o catorce oftalmólogos en todo el país y solo la mitad opera. En cambio, en la Argentina hay muchísimos cirujanos oftalmológicos y son brillantes porque realmente estamos muy bien formados. Acá, el problema es el tema económico, porque estas cirugías son caras. Si no tenemos a nadie que las financie, estamos sonados. Gracias a Dios, la Fundación es la que se hace cargo de gran parte de los gastos de insumos. Ahora, por ejemplo, la Sociedad Oftalmológica de Córdoba está haciendo una campaña para operar a doscientos ciegos. Mi idea en la Argentina es tratar de viajar menos y que lo hagan los médicos locales a través de la Fundación Elena Barraquer. Ya hicimos campañas en Río Negro, en Neuquén, en Salta, en el Impenetrable y en Rosario.
Gerardo Valvecchia operando cataratas en Senegal. Foto: Gentileza G.V.-¿Qué le diría a las nuevas generaciones de médicos sobre el compromiso con causas solidarias?
-Por suerte, los chicos jóvenes tienen muchísimas ganas de ayudar. El consejo para ellos es que se involucren porque vale la pena y la retribución es muy grande.
-Además de participar en las misiones, hace 14 años creó un curso para oftalmólogos con formación médica en vivo, ¿cómo surgió esa idea?
-Se llama FacoExtrema, porque Faco es el nombre de la cirugía de cataratas y Extrema lo usamos para hacerlo equiparable a los X-games. Empezamos haciendo un curso muy chiquitito de sesenta participantes en Berazategui, en el hospital donde soy director de Cirugía. A lo largo de catorce años, se transformó en el curso más grande de habla hispana y es completamente disruptivo en su manera de enseñar. Empezamos mostrando en vivo y en directo cirugías muy difíciles de cataratas, donde el cirujano podía hablar con el auditorio y, a su vez, el auditorio también podía hacer preguntas. Esta forma de aprender no está en ningún libro de medicina porque te metés en la cabeza del cirujano e intentás descubrir qué está pensando para resolver ojos que están fuera de cualquier libro. Además, están los mejores oftalmólogos del país y los médicos jóvenes pueden hacerles todas las preguntas que quieran.
-Algo me dice que tiene más proyectos entre manos…
-Sí, un montón. Este año inauguramos, además, un centro de entrenamiento quirúrgico, puramente educacional, abierto a todos los médicos oftalmólogos en formación. Estamos trabajando para que el médico tenga la sensación, mientras está aprendiendo, de que está tratando con un paciente real. Todos los aprendizajes son con ojos simulados porque ya sabemos que el cirujano joven aprende mejor si hace sus prácticas en ojos no humanos, entonces estamos poniendo mucho esfuerzo físico y económico para crear XLAB, el centro de entrenamiento más grande de Latinoamérica.










