Tener o no tener hijos es mucho más que un dilema personal. Especialmente cuando el Estado empieza a pensar la población como un factor económico, como un capital que adquiere diferentes valores y significados según las épocas.
Problematizar la noción de población y contraponer la posibilidad de construir nuevos parentescos es el objetivo del libro que tiene como compiladoras a las intelectuales norteamericanas Donna Haraway y Adele Clarke. El conflicto está expresado en el título Generar parentesco, no población (Editorial Rara Avis), que podría definirse como la respuesta feminista a la introducción del libro Las venas abiertas de América Latina, que publicó la editorial Siglo XXI en el año 1971.
Con el título “Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta”, Eduardo Galeano sostenía que los países imperialistas se ocupaban, bajo medidas a veces más directas y sanguinarias y otras más sutiles, de eliminar a la población pobre de América Latina e impedir que se multiplicara.
La mención de este libro, que, por supuesto, escapa a las referencias de las autoras, tiene dos justificaciones. Por un lado, como señala en el prólogo a la edición en español Julieta Massacese, Generar parentesco, no población carece de una mirada latinoamericana.
Pero, fundamentalmente, lo que hoy incómoda del texto de Galeano es el sesgo machista que desconoce el lugar de la mujer, los embarazos no deseados, que en muchos casos son el resultado de un abuso, y el condicionamiento que la maternidad implica.
Más allá de la distancia de épocas y de género, existe una coincidencia ligada a la certeza de que la maternidad y la paternidad no pueden ser pensadas únicamente desde una perspectiva personal (de hecho, muchas de las autoras de este libro rechazan la palabra elección), al tratarse de un tema que involucra a la sociedad en su conjunto y su calidad de vida.
El grupo de autoras, integrado por la académica canadiense Michelle Murphy, la socióloga hindú Ruha Benjamín, la especialista en medicina social taiwanesa Yu- Ling Huang, la socióloga de la misma nacionalidad Chia – Ling Wu y la académica norteamericana Kim TallBear, propone un abordaje desde la justicia reproductiva para desarrollar un pensamiento sobre la natalidad que requiere de un lenguaje alejado de los prefijos pro y anti.
En esta línea, poner en crisis la elección como bandera y síntesis de la autonomía femenina significa tanto alertar sobre una simplificación de la experiencia como negar que la mayoría de las veces las mujeres no pueden elegir.
La preocupación por la cantidad de habitantes, más allá de que esté sustentada en las cuestiones ambientales y en el desastre climático, siempre parece demasiado cercana a la idea de población excedente. Es decir, es muy difícil hablar de tener menos hijos, de desalentar en las mujeres el deseo de traer nuevas personas al mundo, sin que el discurso se acerque directamente a un control de las libertades individuales.
Pero, además, instrumentar una suerte de sentido común que reemplace el sueño de la maternidad por el convencimiento de dejar de parir es algo que ya tiene una existencia real en las sociedades actuales, donde las mujeres no perciben de manera tan generalizada que la maternidad sea un mandato como en otros tiempos, pero puede generar un efecto contrario si se convierte en un lenguaje propagandístico que pueda interpretarse como una orden.
Abordar el tema de la natalidad desde el feminismo para señalar, por ejemplo, la cantidad de alimentos que será necesario producir en un futuro, frente a las estimaciones de una población mundial de 19 mil millones de personas para el año 2100, parece estar en línea con un planteo capitalista.
Donna Haraway. Foto: gentileza.Humanizar el razonamiento
Es verdad que las autoras señalan que hay que pensar nuevas maneras de cuantificar, y justamente es la noción de parentesco la que viene a humanizar este razonamiento, pero ¿cómo pensar la natalidad desde esta lógica sin reproducir la ideología imperante, a la que tampoco le interesa que los pobres o las personas racializadas tengan más hijos, salvo que los piensen como mano de obra barata o esclava?
Las nuevas formas de parentesco están ligadas a una vida comunitaria donde la maternidad y la paternidad serían compartidas, donde lo que se busca es dejar de privatizar los afectos para abrir la familia a una forma social que, según las autoras, tiene diferentes variantes. Algunas directamente se oponen a la monogamia (Kim TallBear) y todas ponen en crisis la organización familiar tradicional signada por el parentesco biológico.
El libro plantea una discusión que es arriesgada y que se enfrenta a varios tabúes. En este sentido, el aporte es valioso, aunque también es evidente que las mismas autoras no tienen muy en claro cómo llevar a la práctica las acciones para transformar esas relaciones no biológicas en vínculos más permanentes.
El pasaje de la obligación de ser madres a la elección de no serlo implicó un cambio social y hoy se habla frecuentemente de la baja en la tasa de natalidad. Incluso, algunos países asiáticos como Taiwán y Japón, que siempre tuvieron sobrepoblación, se enfrentan a una baja de la natalidad que pone en riesgo la población de reemplazo, según afirman Yu- Ling Huang y Chia – Ling Wu.
Las políticas de control de la natalidad siempre apuntaron a favorecer determinados nacimientos y disuadir o anular otros. En la actualidad, el envejecimiento poblacional de Europa y la llegada de migrantes de continentes que tienen una alta cantidad de población joven, como es el caso de África, implica una transformación de la sociedad europea que es vivida como una amenaza a su identidad.
Ruha Benjamin. Foto: gentileza.En este marco, decir desde el feminismo que hay que tener menos hijos porque las personas del futuro van a vivir cada vez peor y el planeta no va a soportar tantos seres humanos que pongan en riesgo la vida animal y vegetal puede ser atinado, pero es un planteo que tiene que estar bien direccionado y no puede eludir la noción de clase.
Una crianza colectiva
¿Qué mujeres están en mejores condiciones de decidir no tener hijos? ¿Hasta qué punto es posible imaginar una crianza colectiva de un hijo que tiene una madre y un padre biológicos?
Para que los parentescos no biológicos tengan el mismo reconocimiento ante la ley que cualquier lazo de sangre, es imprescindible una revolución en el armado del Estado y de la vida social. Tener menos hijos pero aumentar la cantidad de parientes supone incrementar los vínculos, las formas de componer las familias, pero no las personas. Aquí habría que preguntarse qué consecuencias y qué tipo de mundo será aquel que tenga más ancianos que niños.
Si bien es verdad que la crianza y las tareas de cuidado necesitan de muchas personas de distintos géneros para ser realizadas, guiar la decisión de tener hijos y los modos de conformar una familia es una estrategia que puede llevar a una intromisión total del Estado en aquellos espacios donde muchas personas han logrado conquistar una autonomía.
No siempre esta manera de pensar implica una mayor democracia colectiva, como tampoco la familia es en todos los casos una zona de opresión. Puede ser el único lugar de amparo, el único espacio donde las personas se sienten elegidas y amadas.
Adele Clarke. Foto: gentileza.Se trata de medidas que se presentan como escenarios de mayor libertad e igualdad en su afán de socializar los vínculos, pero que pueden traer un mayor nivel de control.
Imaginar una subjetividad nueva, un mundo donde, como dice Kim TallBear, “el amor y las relaciones no se consideren objetos escasos que hay que defender”, habla de un ejercicio intelectual que es interesante abordar y discutir, pero que toma como referencias otras épocas, experiencias más arcaicas que van a adquirir necesariamente un sentido diferente en las sociedades actuales.
Generar parentesco, no población. Debates feministas sobre natalismo, VV.AA. (Rara Avis).








