El capitán lloraba. Se le caían las lágrimas a Bernardo Silva desde que se puso las botas para jugar su partido 460 con el Manchester City, el último, en la última jornada de una Premier perdida en la penúltima jornada. Él había levantado seis, pero lloró desconsoladamente cuando en el túnel que conducía al campo se encontró con sus compañeros, con las familias de todos, con los perros y las mascotas, con su mujer Inés Tomaz, y con su hija Carlota, que lo cogieron de la mano hasta la cancha para disputar un partido sin importancia con el Aston Villa. Porque el Etihad no se citó para acoger un espectáculo deportivo sino para celebrar un homenaje de despedida del pequeño portugués y de su jefe, Pep Guardiola, discípulo y profeta, creadores de una dinastía que durante 10 años gobernó el fútbol inglés hasta convertir al City en la referencia ineludible de la Premier. Un modelo estético, deportivo y económico que todos los propietarios de los grandes clubes ingleses —a excepción del United— buscan reproducir.







