El Chacal de Azul, la oscura vida del primer asesino serial argentino

El Chacal de Azul, la oscura vida del primer asesino serial argentino

Si hay un nombre que resuena con escalofrío en los rincones de la historia criminal argentina, ese es el de Mateo Banks. En un país que transitaba los albores del siglo XX con los ecos del modelo agroexportador y las contradicciones sociales cada vez más marcadas, Banks encarna la figura oscura de una tragedia sin precedentes.

En la tranquila localidad de Azul, provincia de Buenos Aires, el apellido Banks evocaba respeto, prosperidad y tradición. Mateo Banks, nacido el 18 de noviembre de 1872 en la estancia El Trébol de Chascomús, era hijo de inmigrantes irlandeses que habían logrado ascender en la escala social gracias al trabajo rural.

Pero detrás de la fachada de benefactor católico, vicecónsul británico y empresario ganadero, se escondía una historia que marcaría para siempre la crónica policial argentina.

Mateo era el cuarto de siete hermanos. Desde joven mostró habilidades para los negocios y un carisma que lo convirtió en figura destacada de Azul. Participaba activamente en procesiones religiosas, presidía la Liga Popular Católica y era miembro del Jockey Club. Su matrimonio con Máxima Gainza, mujer de alta sociedad, consolidó su imagen de hombre respetable.

Pero esa imagen ocultaba una obsesión: mantener un estatus aristocrático que sus finanzas ya no podían sostener. Las deudas por juego y negocios fallidos lo llevaron a vender tierras heredadas y falsificar documentos. El colapso económico y moral se acercaba.

Fue una jornada cualquiera, al menos en apariencia. La luz del sol aún acariciaba los campos cuando Banks comenzó su recorrido por las casas del dominio familiar. Armado con una pistola calibre 32 y un rifle, se transformó en verdugo.

En un acto que aún estremece por su frialdad, Banks asesinó a seis miembros de su familia y dos peones rurales en un raid homicida que comenzó en la estancia “La Buena Suerte”. Entre las víctimas estaban su hermano Dionisio y su sobrina Sara, de apenas doce años. El crimen fue meticuloso, ejecutado con un rifle Winchester, y dejó a la comunidad en estado de shock.

Banks intentó ocultar su crimen bajo la máscara del robo. Huyó hacia Tandil, pretendiendo ser víctima de un asalto perpetrado por bandidos.

Pero las piezas no encajaban. La policía observó las inconsistencias, y los rumores en Azul crecieron como maleza. Fue arrestado en medio de un ambiente de consternación nacional. Las crónicas lo bautizaron “El chacal de Azul”, y su figura empezó a rondar los diarios con una mezcla de horror y fascinación.

El proceso judicial fue un espectáculo. Los testigos narraban, los fiscales reconstruían la jornada del horror, y Banks, siempre erguido, apenas pestañeaba. No lloró. No se arrepintió. Declaró haber actuado por “honor” y “justicia”.

El caso fue cubierto por los principales medios de la época, y el periodista Gustavo Germán González, de Crítica, lo inmortalizó en sus memorias como el primer asesino múltiple del país.

Banks fue condenado y enviado al penal de Ushuaia, la Cárcel del Fin del Mundo. Allí, apodado “El Místico”, se dedicó a leer la Biblia y escribir manuscritos que luego desaparecieron misteriosamente. Nunca admitió su culpabilidad, y hasta el final sostuvo que era inocente, culpando a un peón despedido llamado Juan Gaitán.

Cumplió su condena y salió en libertad el 10 de junio de 1949. Quiso volver a Azul, pero le avisaron que allí todos lo recordaban por sus crímenes.

Se instaló en Buenos Aires, cambió su identidad haciéndose llamar Eduardo Morgan y se mudó a una pensión en la calle Ramón Falcón del barrio de Flores, donde lo esperaba una condena final.

Mientras se bañaba, se resbaló en la bañera y murió en el acto. Así terminó sus días Mateo Banks, el asesino serial, el “chacal de Azul”.