El pasado 8 de julio, el cantante venezolano de 27 años Claudio David Balcane, más conocido como Davicito, ganó su caso de asilo luego de haber sido violentamente arrestado a principios de abril a las afueras de su domicilio en Chicago y recluido en el centro de detención Dodge en Wisconsin. Como en el caso de tantos otros inmigrantes arrestados, las autoridades usaron como evidencia en su contra los tatuajes que luce en distintas partes de su cuerpo para vincularlo con la banda criminal Tren de Aragua. Su participación en el exitoso tema Donaltron —un pegajoso dembow en el que canta junto a LuxorMaster y Junior Caldera, y cuestiona en clave de humor las políticas migratorias del republicano— también le valió burlas y amenazas de deportación por parte de los agentes del ICE.
“¡Bienvenido a Estados Unidos, espero que haga las cosas bien en este país!”, fueron las palabras de la jueza de inmigración que aprobó su asilo en una audiencia que se prolongó por tres horas y 20 minutos. La magistrada le informó al artista que estaría 30 días más detenido porque la fiscal se había reservado el derecho a apelar. El tiempo transcurrió y ningún recurso fue introducido, así que el 8 de agosto estaba listo para quedar en libertad, pero el 22 de agosto el Gobierno presentó una moción en el caso con la firme intención de que la jueza lo reabra, alegando que esta se apresuró en dar un veredicto cuando la investigación no había terminado.
“No sé si es mi apariencia, mis tatuajes, la verdad no sé. Siento que estoy demasiado limpio para ser verdad. Nunca he sido delincuente en mi país ni en ninguno otro. Ellos creen que mi apariencia no va con mi récord policial e insisten en que pueden encontrar algo en mi contra para que revoquen mi asilo y puedan deportarme (…) Aquí no quieren que pelees tu caso. Lo que buscan es quebrarte mentalmente para que firmes tu salida voluntaria y te vayas”, declara Davicito en videollamada con EL PAÍS desde la penitenciaria Dodge de Wisconsin.
El 8 de agosto ocurriría un hecho clave para entender lo que vino después. Dos funcionarios de inmigración acudieron al centro de detención para hacerle un interrogatorio, que en apariencia no tenía que ver con su caso. “Me engañaron. Pensé que si les cooperaba, saldría ese día, pero no fue así. Me preguntaron cómo trabajaban los coyotes en las fronteras de los países por donde pasé. También si había visto trata de personas en el camino, si conocía a individuos que cocinaran drogas, o chicas que estuvieran pagando el viaje hasta Estados Unidos con su cuerpo. En todo momento les dije la verdad. Nunca he estado relacionado con cosas negativas. No me inventé nada, les colaboré hasta donde pude”, revela.
Los agentes también indagaron en su historia personal y trataron de obtener información sobre su hijo y su familia. Por último, le consultaron si tenía videos de su travesía hacia el Norte. “Les dije que sí, y firmé una autorización para que revisaran mi celular. Allí no hay nada negativo, nada criminal que me vincule con ninguna banda”, afirma el cantante que está próximo a cumplir los 180 días privado de su libertad y enfrenta una etapa de incertidumbre tras la moción introducida por el Gobierno.
EL PAÍS contactó a la nueva representación legal del artista, la abogada Michelle Lenze del Centro Nacional de Justicia para Inmigrantes, pero esta respondió que no puede suministrar información sobre su defensa en este momento. El venezolano rompió con los que hasta el mes de julio fueron sus abogados del bufete Consumer Law Group de Chicago tras sentirse “abandonado” por ellos durante uno de los momentos más críticos de su caso.
Componer desde la frustración
Davicito es un artista con una carrera en ciernes. Tras años ganándose la vida rapeando en las calles y autobuses, y de vincularse a la movida underground y el mundo del grafiti, encontró en las plataformas digitales la vitrina para darse a conocer y ganar una fanaticada. Su nombre también figura entre los más relevantes de una movida musical de venezolanos, la mayoría de la ciudad de Maracay, que hacen música urbana en la ciudad de Chicago. En este sentido, su detención ha supuesto un duro revés para sus planes de crecimiento. “Antes de llegar a Estados Unidos, no tenía la carrera que tengo ahora. Fue eso lo que me motivó a pelear mi asilo y descartar una orden de deportación voluntaria. Pero estar preso me impidió firmar un contrato con una disquera que llevaría mi carrera a otro nivel”, lamenta.
Tampoco se arrepiente de haber participado en el remix de la canción Donaltron, que se convirtió en un antes y después en su trayectoria, y tiene casi un millón de reproducciones en YouTube. “Grabar este tema significó para mí que personas importantes empezaran a acercarse con la intención de colaborar. Si este es el precio que tengo que pagar, estoy dispuesto a pagarlo. No es una canción con la que faltemos el respeto a nadie, no estamos siendo groseros con el presidente de este país. Se trata simplemente de una protesta en forma de comedia, que también deja un mensaje: Somos buenas personas y no estamos causando problemas”, sostiene.
Desde hace cinco meses convive con otros 23 reclusos en la misma celda y, pese a la dura experiencia que ha supuesto estar detenido, asegura que el trato que recibe en el centro no es violento. “Convivo en un ambiente hostil. Siempre suceden cosas, siempre hay diferencias. Tengo solo un amigo venezolano. Había otros dos, pero ya uno fue deportado, y el otro liberado. Los demás compañeros son centroamericanos (…) La comida, apesta. No tiene sabor, y siempre es lo mismo: papas con frijoles, a veces nos dan un poco de arroz, pero nunca un huevo o un bistec. Te la tienes que comer porque si no te mueres de hambre. En la tienda venden una sopas tipo ramen que solemos acompañar con chicharrones o cheetos, pero no siempre tengo dinero para comprar comida“, cuenta. Hasta la fecha, su novia es quien le ha prestado apoyo económico para pagar las llamadas con la que se mantiene en contacto con sus familiares y cubrir los honorarios de los abogados con los que consiguió ganar su asilo.
Sus días comienzan muy temprano en la mañana, a las 5.30, con el primer conteo del día. A las seis llega el desayuno, pero el cantante suele guardarlo para comerlo más tarde y dormir hasta cerca del mediodía. Su intención es matar la mayor cantidad de horas que puede para que la ansiedad no lo ataque. Por las tardes, juega cartas con sus compañeros, hace un poco de ejercicio y ve televisión un rato, pero jamás ha hecho una demostración musical en la prisión. Confiesa que le ha resultado muy complicado encontrar en ese entorno la inspiración para componer.
“Tengo pequeños trozos de canciones que reflejan mi frustración y mi necesidad de drenar, pero solo eso. Una de ellas dice: ‘Crucé varios países, ríos, selvas y desiertos, durmiendo, comiendo en la calle, a veces hasta sin cubiertos. ¿Qué sabes tú de mí? Tú no conoces mi historia, tú no sabes que es venir de abajo y alcanzar la gloria. Con pocas esperanzas, pero con ganas notorias de ser alguien en la vida y de quedarme en su memoria para que venga cualquier gente a tildarme de delincuente, porque tengo unos tatuajes, porque me veo diferente (…) En sufrimiento me di cuenta los días que fui feliz y quiénes fueron los míos cuando el cielo estuvo gris. No importa que tanto haga para poder olvidar lo malo. Las cremas nunca te borran completa la cicatriz”, expresa la lírica del artista sudamericano que enfrenta un nuevo intento de criminalización por parte de la Administración Trump.