El ritmo de conciertos que lleva la pianista argentina Martha Argerich a sus 84 años es vertiginoso. El año pasado actuó en más de 80 ocasiones, y con una agenda en junio de este año que la llevó a tocar prácticamente día por medio. Así fue que, hace unos días, se anunció la suspensión de sus compromisos de agosto por “agotamiento agudo”. Los dos primeros conciertos de julio, uno en Francia y otro en Madrid, se cancelaron, pero el pasado 22 de julio, Argerich regresó en el Palau de la Música Catalana de Barcelona.
El azar me jugó favor. En julio estaba en las afueras de Barcelona. Al día siguiente, tomé un tren para estar la mañana del 22 en el ensayo del concierto. El programa era tan curioso como atractivo: el de Francis Poulenc y la rareza de un estreno, Carnaval de las Indias, del joven y talentoso compositor catalán Marc Migó (32).
Las expectativas eran altas. En Buenos Aires, el regreso de Argerich sigue siendo incierto tras la cancelación de su Festival 2023 en el Teatro Colón, donde ella misma envió un mensaje en video disculpándose y agradeciendo el cariño de su público argentino.
Llegué al Palau de la Música con cierta inquietud, pensando cómo iba a encontrarla, si habría signos de fatiga en su inigualable toque intenso y poderoso, una especie de energía nuclear en cada dedo y, a la vez, el toque más sutil que se pueda escuchar jamás. Sonaba el precioso Larghetto de Poulenc, cuando entré a la sala, con la dirección de Glen Cortese a cargo de la Orquesta del Reial Cercle Artístic de Barcelona. Un clima íntimo y de suspensión lírica flotaba en el aire, el tiempo parecía detenido en una ensoñación frágil y luminosa.
Y ahí estaba ella, con su inconfundible melena blanca y su presencia siempre hipnótica, haciendo magia con su sonido único. La sala de ese santuario modernista de piedra, vidrio y color, amplió la magia del sonido con la luz natural que atravesaba la gran claraboya y parecía encender los mosaicos y vitrales en destellos cambiantes.
Me sorprendió que el ensayo se hiciera por la mañana. La nocturnidad de Argerich es bien conocida y por la mañana prefiere descansar. En la punta del piano alcancé a divisar un pequeño vaso con café color petróleo. Quedé felizmente impresionada con su energía y estilo vibrante. Sigue siendo la pianista más asombrosa del mundo y una anti diva: la suavidad respetuosa con la que pidió al director probar un ritardando, bajar la velocidad, en el cierre de un pasaje muy mozartiano de la obra. Le gustó cómo salió y lo festejó a su modo: revoloteando sobre el teclado notas electrizantes al azar.
No encontré ni un indicio de deterioro de su salud física. Su memoria y agilidad mental continúan intactas, al igual que su poder de cautivar al público con su irresistible magnetismo. Martha surfeó llena de vitalidad el último movimiento de Poulenc, un torbellino de energía desbordante, chispeante y lleno de ironía. Los ritmos vibrantes rebotaban por las paredes. Las cosas salieron bien, el director hizo un chiste, y Martha acompañó su risa con un gesto en el piano.
Finalizada la primera parte del ensayo, Martha probó el otro piano donde estaba Alan. La escala que tocó impactó en el plexo solar de los que estábamos en la sala. La orquesta comenzó a tomar su descanso y ella siguió practicando algún pasaje. Con sus pasitos cortos, finalmente dejó el escenario para sentarse a tomar un descanso.
El descanso pasó rápido y llegó el turno de la obra del estreno. Mientras la orquesta se fue incorporando, Martha estaba sentada al piano probando pasajes de la nueva obra. Bebió unos sorbos de café. Practicó otros pasajes de la nueva obra. Annie, su hija, la narradora que revive los textos del dramaturgo Gonzalo Demaría, está en el escenario. Martha pide el leer el texto y se sienta al piano. Se la ve tocando varias notas tocadas simultáneamente con el antebrazo, un gesto, ajeno al pianismo de Martha, pero un elemento ya arcaico de la denominada “música contemporánea”.
El Carnaval de las Indias, para dos pianos, orquesta de cámara y narradora, tuvo su estreno porteño en febrero en Buenos Aires, con la presencia del compositor, Annie Dutoit-Argerich como narradora, y el pianista Alan Kwiek junto con Claudio Santoro. Menos Santoro, todos presentes en el estreno español.
La obra
Martha Argerich y Alan Kwiek saludándose en el Palau de la Música (Barcelona). /Foto: Rodrigo Carrizo CoutoLa ingeniosa obra, que combina música y narrativa, cuenta con el desopilante texto a cargo de Demaría. “Se me ocurrió la idea de hacer un carnaval, pero sólo de animales extintos, usando la misma instrumentación de Saint-Saëns. Coincidimos en Ginebra con Annie y Alan Kwiek, empezamos a hablar y le dimos vuelta a eso. Creo que fue Alan quien tuvo la brillante idea de llamar a Gonzalo Demaría, que entonces no sabíamos que iba a ser el director del Teatro Cervantes”, contó el compositor a Viva.
Hacia el final del ensayo, faltaban algunas pocas horas antes del concierto, el humor mercurial de Martha se manifestó a través de sus mohines y el acomodamiento nervioso de la abundante cabellera blanca. Quise acercarme para una breve conversación, pero no fue posible. Bien justificado, el ensayo fue largo, en unas horas estrenaría una obra, y no hay que olvidar el riesgo artístico de Argerich al salir de su zona de confort, aprendiendo una obra nueva en este momento de su carrera. Es totalmente inusual que la pianista estrene obras. En toda su carrera hizo dos estrenos: Romantic Offering (2011), de Rodión Shchedrin, y una obra de Rabinovich.
antes del concierto, El humor mercurial de Martha se manifestó a través de sus mohines y el acomodamiento nervioso de la cabellera blanca.
Laura NovoaCrítica de música
“Es una de las pocas cosas. No he hecho mucho”, admite Argerich en una entrevista exclusiva, después del ensayo, que saldrá en un especial -todavía inédito- Backstage with Martha Argerich: The making of Carnaval de las Indias, a cargo del productor y periodista argentino Rodrigo Carrizo Couto.
Más adelante, la pianista se refirió a la dificultad del nuevo trabajo: “Para mí fue muy difícil la obra porque es bastante nueva”. Y agregó: “Es verdad que recibí la partitura hace un tiempo, pero ni la miré; también recibí una grabación, pero tampoco la escuché. Fue recién después de Japón, este mes, y cuando llegué a Bruselas, después de conciertos que había hecho en Hamburgo, que empecé a escucharla. Me resultó muy difícil aprenderla. Pero muy difícil. Me habían dicho que era fácil, pero no me resultó para nada fácil”.
Como bien acota el pianista Alan Kwiek (la acompañó en el segundo piano en ambas obras), presente en la entrevista junto con la pianista y pedagoga Lyl Tiempo, “hay que acostumbrarse a cómo el compositor se aproxima al instrumento, cómo trata al piano. No sólo es el estreno de la obra, Martha se estrena con el compositor”. Y también se estrena tocando estilos y géneros que el compositor pone en juego en la obra, como una rumba (leyeron bien), por ejemplo.
Humor mercurial. El de Argerich, aquí ensayando con el pianista y el autor de la última obra que interpretó.El compositor escribió la parte de uno de los pianos pensando en Martha, pero teniendo en cuenta, más que su virtuosismo, su pianismo, sus colores, fraseo, expresividad. La pieza Turros (así, en lunfardo) tiene una referencia al Concierto de Bach para cuatro pianos, obra que Migó escuchó en vivo con Alan y Argerich, en dos de los cuatro pianos. “Fue un guiño para nosotros”, dice Alan. “No se me había ocurrido, pero ahora que me lo decís…”, agregó Martha, que conoció al compositor cuando llegó a Barcelona para este concierto y la relación entre ambos se consolidó durante los ensayos.
Un vínculo une a Migó con Argerich, y también con la Argentina: su maestra de piano, Liliana Sainz, es argentina y, como Martha, fue discípula de Vicente Scaramuzza. Y el psicoanalista de Marc, también es argentino.
La cena
El ensayo terminó y sorprendí a Argerich saliendo del escenario. Quería intercambiar unas palabras, pero advertí el mal humor. Nada personal. Una de las artistas más esquivas y enigmáticas de la música clásica, dijo que estaba cansada, que quería ir a comer y descansar. Se entregó a la amorocidad de Lyl Tiempo, amiga de casi toda la vida, que la condujo rápido afuera del teatro.
Apenas unas horas después, nos volvimos a cruzar. El concierto salió muy bien, Argerich lo disfrutó, ofreció una actuación igualmente vibrante de la obra de Migó y de Poulenc, todo condimentado con humor.
Y al humor hizo referencia Martha, cuando llegó el postre en una cena informal post concierto. Reflexionó sobre una cuestión preocupante: la falta de sentido del humor en los tiempos actuales. “Les pregunté a unos pianistas jóvenes de qué se reían, qué les hacía gracia; y me contestaron que no se reían nunca”, dijo la pianista cuando me acerqué. Luego le pregunté por su visita a la Argentina, comenté el amor incondicional del público y la ilusión de volver a escucharla. Hizo un silencio y mencionó a un célebre pianista que, frente a grandes ovaciones del público, preguntó quién lo acompañaba a irse de vacaciones.
Les pregunté a unos pianistas jóvenes de qué se reían, y me contestaron que no se reían nunca
“¿Me entendés lo que quiero decir?”, me dijo Argerich clavando su mirada en mis ojos, como si implorara que por un instante tuviese compasión con esa dimensión tremendamente humana que padece una diosa del piano. Frente a esa confesión, pienso en los pocos momentos de descanso en su apretada agenda y cómo esa agenda se convierte en una máquina implacable en su vida: vuelos a contrarreloj, ensayos en ciudades extrañas, hoteles impersonales, y compromisos sociales que apenas dejan respiro.
Después de todo, el vértigo del calendario es un buen escudo, un frenesí que la protege contra el peligro de detenerse y sentir la soledad en toda su magnitud. ¿Quién la acompaña a irse de vacaciones?
Comencé a contarle el increíble retiro de Rossini en pleno auge de su carrera. Gioachino Rossini tenía estatus de superestrella cuando decidió dejarlo todo. Tenía 40 años cuando se retiró en pleno éxito y se fue a vivir en las afueras de París, y se dedicó a cocinar y comer. Martha me escuchaba atenta, alguien vino a preguntarle algo y dijo: “Esperá, que me están contando algo muy interesante de Rossini”.
Todos: Glen Cortese (director), Alan Kwiek (piano), Annie Dutoit-Argerich (narradora), Martha Argerich y Marc Migó (compositor)/ Foto: Rodrigo Carrizo CoutoSeguí con el relato. Ningún compositor en la primera mitad del siglo XIX disfrutó del prestigio, riqueza y aclamación popular que perteneció a Rossini. Una vez retirado, al músico le gustaba filosofar sobre música y comida. “No conozco ocupación más admirable que comer”, dijo el músico.
Le pregunté si conocía Yoga, la novela autobiográfica de Emmanuel Carrère, donde la recuerda a ella tocando a Chopin en un video. Me dijo que no. El autor describe cómo la sonrisa de Martha -breve, espontánea y surgida de la infancia y la música-, captada entre los 5’ 30”″ y los 5’ 35”″, le reveló un instante de paraíso. Le dije que ella nos trae en cada interpretación un recorte paradisíaco. Le comenté que tenía algo proustiano ese fragmento.
“¡Claro!”, me dijo con entusiasmo. Le conté que llevaba siempre conmigo En busca del tiempo perdido por si se acababa el mundo. Y ella me contó que también tenía siempre a mano un libro, pero de Dostoievski.
Sin despedirnos, se fue al balcón a fumar un cigarrillo. Me quedé pensando en el magnífico don con el que está dotada Argerich: al mismo tiempo la llave de la gloria y el peso de una maldición silenciosa








