El arqueólogo argentino que pasó de dormir en carpas en climas extremos a ganar un premio global histórico

El arqueólogo argentino que pasó de dormir en carpas en climas extremos a ganar un premio global histórico


No debe ser fácil dormir en carpas azotadas por vientos capaces de voltear una camioneta, bajo climas extremos. Pero para Rafael Goñi (69), aún hoy, eso es lo mejor que le puede pasar, siempre que esté en medio de una investigación arqueológica. Es su pasión, la que marcó toda su vida y que disfruta intensamente.

Goñi abrazó la arqueología a los 6 años. Sí: cuando la mayoría de los chicos sueña con ser médico, bombero o futbolista, él ya imaginaba su vida entre excavaciones. Y mantuvo esa vocación hasta los 18, cuando llegó el momento de elegir qué carrera estudiar.

Fue entonces que recibió el consejo de un arqueólogo que lo marcó para siempre. Le dijo que con la arqueología millonario no iba a ser, pero tampoco se iba a morir de hambre. “Y bueno, con eso a mí me bastaba”, le cuenta ahora a Clarín este porteño de nacimiento, e hincha de Gimnasia por elección.

Rafael Goñi ahora es noticia, porque acaba de convertirse en el primer arqueólogo no norteamericano en ganar el premio “Binford Family Award for Teaching Scientific Reasoning in Archaeology 2026”, de la Society for American Archaeology, el más prestigioso de la disciplina a nivel global.

Investigaciones del arqueólogo argentino Rafael Goñi en la meseta del Strobel, Santa Cruz, en 2019.

Profesor de la UBA y otras universidades desde hace 40 años, Goñi hizo toda su investigación en Santa Cruz, donde encabeza un equipo del Instituto Nacional de Antropología, con científicos del Conicet, que rastrea el cambio social y climático en el pasado.

Fue propuesto para el premio por los alumnos y equipos con los que trabajó durante estos largos 40 años. “Se ve que algo habré hecho para que toda esa gente se junte y diga ‘esta es la persona, tienen que hacer algo con él’”, se ríe.

Equipo de trabajo en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano / Museo Nacional del Hombre (INAPL), en 2025.

Este premio es una muestra más de que las universidades públicas argentinas no solo producen conocimiento valioso para la ciencia, sino también investigadores capaces de alcanzar reconocimiento internacional.

Pero el reconocimiento llega en un momento difícil para Goñi: hace dos años el Gobierno, a través de la Secretaría de Cultura, cortó todos los recursos de los equipos de investigación que dirige y, sin explicación, lo jubilaron.

Secretos de la Patagonia histórica

Rafael Goñi dedicó su carrera a estudiar a los cazadores-recolectores de la Patagonia, las únicas sociedades humanas que no producen energía, sino que la obtienen directamente del ambiente. En esa región, explica, el guanaco fue la especie clave para estas poblaciones, que vivieron de la caza durante miles de años, hasta la llegada de los europeos.

Cruzada por Cerro Pampa a Meseta del Guitarra, Santa Cruz, en 2007.

Sus investigaciones se concentran especialmente en los últimos 4.000 años, un período marcado por cambios ambientales muy intensos. En esos milenios se produjeron procesos de desecación progresiva que generaron transformaciones sociales profundas en la región.

Para reconstruir ese pasado, Goñi trabaja junto con paleoclimatólogos, geólogos y otros especialistas. Los registros ambientales de la Patagonia, señala, son hoy claves para construir modelos que permitan proyectar el cambio climático a largo plazo y determinar en qué momento hay un gatillo humano.

Los estudios también permitieron revisar ideas arraigadas sobre los pueblos originarios de la región. Tradicionalmente, los tehuelches fueron caracterizados como grupos extremadamente nómades, pero la evidencia arqueológica que encontró el equipo de Goñi sugiere otra cosa.

Campamento en Meseta del Guitarra, Santa Cruz, en 2010.

“Eran casi sedentarios”, explica. En un territorio donde los lugares realmente habitables son pocos y los inviernos pueden volver intransitable gran parte del paisaje, trasladarse largas distancias con toda la familia era muy difícil.

A partir de los restos recuperados, el equipo de Goñi pudo estudiar la dieta, el ADN y distintas enfermedades.

En colaboración con el Instituto Pasteur de Francia, por ejemplo, están investigando casos de tuberculosis anteriores a la conquista europea, algo muy poco común en sociedades cazadoras-recolectoras. Estas comunidades, explica Goñi, eran abiertas y dispersas, lo que suele dificultar que los patógenos encuentren hospedadores estables.

Para qué invertir en ciencia

¿Para qué sirven estas investigaciones? ¿Por qué hay que invertir en ellas? Goñi sostiene que por distintos motivos.

Por un lado, porque la ciencia muchas veces avanza de manera imprevisible: algo que hoy parece inútil mañana puede resultar clave para resolver un problema, dice.

Investigando en el Laboratorio del INAPL, en 2024.

Estudiar patógenos antiguos -en humanos o en animales como el guanaco-, por ejemplo, puede ayudar a comprender enfermedades actuales o incluso prevenir futuras pandemias.

Pero también está el valor de estudiar la historia de las sociedades humanas, que, dice, todas merecen ser comprendidas.

Y existe además una dimensión patrimonial: sitios como la Cueva de las Manos llegaron a atraer unas 20.000 personas por año y fueron muy importantes para la economía de pueblos cercanos como Perito Moreno.

En ese marco, cuenta que los equipos de arqueólogos también trabajan con comunidades locales, originarias y actuales, para desarrollar un turismo responsable y sustentable.

Cruzada del Parque Nacional Perito Moreno a lago Posadas, con Roberto Molinari por la Meseta del Águila, en 1992.

Ahora, ¿qué va a pasar con este abandono de la ciencia? Goñi advierte que implica riesgos importantes. Los sitios arqueológicos son no renovables: si una pintura rupestre se destruye, se pierde para siempre.

Además, la arqueología impulsa desarrollos en otras áreas científicas -desde la química hasta la medicina- y aporta registros de largo plazo fundamentales para entender el cambio climático. Sin esos registros históricos, explica, sería mucho más difícil entender hacia dónde vamos.

Pero no es solo el problema de la desinversión, Goñi advierte que en los últimos años también se viven situaciones que rozan la censura.

Dice que hay temas de los que en el Instituto Nacional de Antropología directamente no se puede hablar ni investigar: cuestiones vinculadas a pueblos originarios y al cambio climático.

“Cuando digo que no se puede hablar, es literal”, asegura Goñi: explica que, aunque no sabe si existe un documento formal de censura, en reuniones internas se comunicó que esos temas no se pueden abordar y que esa es la orden que llega desde arriba.

Campañas difíciles

Hacer expediciones en la Patagonia es muy distinto que en cualquier otro lugar del mundo. “Hay que buscarle la vuelta -cuenta Goñi-. Armar una carpa con ráfagas de más de 100 kilómetros por hora, que mueven las camionetas como si las fueran a voltear, no es nada fácil”.

Excavación de lugares de caza indígena en Cerro Pampa, en 2011.

“A veces trabajamos en estancias, donde nos prestan un lugar para cocinar o estar bajo techo. Pero en las mesetas de Santa Cruz no hay a dónde ir: ahí hay que poner carpa sí o sí y vivir en esas condiciones. Van chicos de 20 o 22 años que recién empiezan y también gente grande que a veces se pregunta: ‘¿Qué estoy haciendo acá?’”.

– ¿Cuántos días duran esas campañas?

– Depende de la plata. Antes podíamos ir un mes o más; después se redujo a 15 o 20 días. Ahora directamente hace dos años que no podemos hacer campañas porque no hay presupuesto. Más allá de lo romántico, mucha gente no se la banca -y está bien- y no vuelve.

Animarse a elegir

Ante la pregunta de qué le diría a un joven que duda si estudiar arqueología, Rafael Goñi responde con una reflexión más amplia sobre las elecciones de vida. En el mundo actual, dice, nadie tiene garantizado el éxito ni la estabilidad.

En la meseta del Strobel, Santa Cruz, en 2019.

Recuerda que durante años dio clases en épocas muy difíciles, cuando incluso profesionales como los arquitectos terminaban manejando taxis o emigrando. Aun así, muchos seguían estudiando porque pensaban que, si las cosas salían mal, al menos habrían hecho lo que realmente querían.

Por eso, sostiene, lo importante es animarse a elegir lo que a uno le gusta, dentro de las posibilidades de cada contexto. Él mismo lo hizo: en 1973 se anotó tanto en Derecho como en Filosofía y Letras de la UBA. Fue a la Facultad de Derecho, miró el ambiente y decidió que no era lo suyo. “Voy a hacer lo que quiero”, pensó, y se quedó con la arqueología.

Rafael Goñi. Arqueólogo argentino, que será premiado el 1° de mayo en los Estados Unidos. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Eso sí, advierte que no alcanza con la vocación. Hay que trabajar mucho y entrenarse todo el tiempo: estudiar, leer, capacitarse y no dejar nunca de aprender. “Si te rompés trabajando y sos honesto con lo que querés hacer, difícilmente te vaya mal”, afirma. Las situaciones económicas pueden cambiar -como ocurre a menudo en la Argentina-, pero insiste en que la arqueología, como muchas otras carreras, puede ser una buena elección si se la encara con compromiso.

Goñi recibirá el premio de la Society for American Archaeology este 1° de mayo, en el marco de un Congreso que esa sociedad científica hará en la ciudad de San Francisco (EE.UU.), a donde habitualmente van los principales especialistas internacionales y se entregan los reconocimientos.

En la meseta del Strobel, Santa Cruz, en 2019.

El de Goñi está vinculado a la enseñanza del razonamiento analítico en arqueología. El premio lleva el nombre de Lewis Binford, un arqueólogo que revolucionó la arqueología mundial en los años 60 y 70, haciéndola explícitamente científica: sacándola de una arqueología meramente descriptiva e histórica, y llevándola hacia la órbita de las ciencias naturales.

Allí estará Goñi recibiendo su medalla, los mil dólares del premio y esperando que esta etapa de recortes sin contemplaciones a la ciencia argentina finalmente pase y, como tantos procesos que él estudia, también quede en la historia.