Del pinar a la exportación: la apuesta argentina por el piñón | América Futura

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En la claridad de una mañana de enero, Alejandro Camporini prepara mates en su casa de Claromecó, una pequeña localidad balnearia y principal polo turístico del partido de Tres Arroyos, en la provincia de Buenos Aires. Los turistas todavía no invadieron las playas ni emprendieron la caminata al famoso faro de esta ciudad de 2.500 habitantes. Propone un paseo en su camioneta por la estación forestal del pueblo hasta llegar a un gran pinar plantado sobre dunas. Apaga el motor y dice: “Todos estos son pinos piñoneros. Los planté yo”.

Camporini es ingeniero forestal egresado de la Universidad Nacional de La Plata. A finales de los años 90, participó en la forestación de este lugar. Fueron unas 6.000 plantas de la especie Pinus pinea, que se caracterizan por su copa en forma de paraguas y sus piñones comestibles. Ese árbol le traía recuerdos familiares.

“Con mi abuela juntábamos las piñas, les sacábamos las semillas y, muy artesanalmente, las pelábamos con un martillo. Se usaba para el pan dulce y para el pesto”, recuerda. La idea quedó resonando. Pasaron los años y también los intentos—fallidos— de otros por explotar la producción de piñones. La tenacidad de Camporini lo llevó a concretar en 2023 la primera exportación de 6.000 kilos de piñones a España. La operación se repitió con cifras similares en 2024 y 2025. La tarea es tan artesanal como titánica.

“En España, existe el oficio del piñero, que es quien se sube al árbol. Acá busco a muchachos jóvenes y también lo hago yo. Te subís al árbol con una vara, que lleva un gancho en la punta. Una a una hacés caer las piñas, que luego se recogen. Allá también usan un tractor que hace vibrar la planta para que caiga el fruto. Eso acá no existe porque la producción todavía es escasa”, dice Camporini.

Trepar por los troncos y desplazarse por el entramado de ramas de los pinos no es la única tarea compleja en el desarrollo de la actividad. Las piñas, que se cosechan a mano entre mayo y octubre, se trasladan a un lugar de acopio. En los meses de calor, se las seca al sol: el fruto se abre, pasa por una máquina que separa la semilla de la piña y, finalmente, se obtiene el piñón.

“Acá todo se hace de forma artesanal. Ahora lo estoy exportando con cáscara porque no tengo la máquina para abrirlo. De 100 kilos de piña salen entre dos y tres kilos de piñón pelado listo para consumir. Por eso es un producto costoso y tan valorado”, explica Camporini. En Europa, el piñón pelado alcanza precios de entre 70 y 100 euros por kilo, una cifra que lo ubica entre los frutos secos más caros del mercado.

Agustí Nogueras tiene una empresa destacada en el sector de comercialización y procesamiento de piñones en España. Su compañía compró la primera producción de Camporini, a quien conoce desde hace años. “Las características organolépticas del producto son similares en Argentina y en España. Lo que diferencia la calidad no es tanto el origen sino la forma de elaboración. Existen dos formas de extraer el piñón de la piña. Una es artificial, con agua hirviendo y un molino. La otra es natural, que implica guardar la piña hasta el verano y dejar que el piñón vaya madurando dentro de su hábitat natural. En nuestra pequeña empresa solo trabajamos piñones hechos al sol”, dice Nogueras, en un proceso similar al del productor argentino.

Además, habló del potencial de desarrollo de la actividad en la Argentina. “En Europa, desde los años 90, tenemos un chinche (Leptoglossus occidentalis) que llegó procedente de Canadá y los Estados Unidos. No tiene depredador y por eso bajó el rendimiento de la piña del 4,5% al 1% en los últimos 30 años. Argentina tiene una gran ventaja: el bicho aún no llegó a sus tierras”, cuenta en una charla telefónica desde Cataluña.

Del otro lado de la Cordillera de los Andes, Chile lleva años trabajando en la intensificación del cultivo para optimizar la producción de piñones. “Nuestro desafío es generar poder de compra y centros de acopio que nos permitan empezar a procesar la producción a una escala mayor. En una primera etapa, el destino será el mercado interno—restaurantes y comunidades acostumbradas al consumo de este fruto—y, en una segunda fase, la exportación”, cuenta Verónica Loewe Muñoz, ingeniera forestal e investigadora principal del Instituto Forestal (Infor) y del Centro Nacional de Excelencia para la Industria de la Madera (Cenamad) de Chile.

Al igual que Nogueras, Loewe Muñoz habla de una coyuntura favorable para la producción. “El ataque del leptoglossus occidentalis hizo que los precios suban y haya una enorme demanda insatisfecha. Por ejemplo, Nueva Zelanda comenzó a producir y exportar. Por eso el hemisferio sur, en especial el Cono Sur, tiene un enorme potencial productivo”, dice la especialista con más de 30 años de experiencia en el tema.

En Claromecó, la charla con Camporini recorre los países productores de piñones a las máquinas que necesita para optimizar la actividad. Cree que al pueblo le vendría bien una alternativa productiva, más allá de la pesca artesanal y el turismo. La conversación lleva tiempo, como la producción de piñones. “Un plantín tarda entre uno y dos años. Luego se foresta en invierno. Los plantamos separados por unos cinco metros porque el pino necesita desarrollar la copa para rendir más piña. A los dos o tres años queda lograda la plantación. Después hay que esperar, porque todavía no están en época de cosecha: la maduración sexual es lenta y recién a los ocho, nueve o diez años empieza a dar alguna piña”, cuenta.

Producir piñones requiere paciencia de piedra. Cuando lo cuenta, Camporini no parece apurado, como si sus tiempos fueran los del bosque.

¿Qué te gustaría que pase con la producción de piñones?

-Que evolucione y que se siga plantando.

Aunque lleve años…

-Sí. Quizá ya no pueda subirme a las plantas como lo hago ahora. Esto lleva tiempo y tal vez no llegue a verlo. Pero que suceda, aunque sea sin mí, sería un sueño.