El despliegue de la Fuerza de Tareas británica hacia el Atlántico Sur en abril de 1982 fue el escenario de una validación anacrónica pero efectiva para la monarquía británica y, en el epicentro de esta dinámica se encontraba el subteniente Andrew Mountbatten-Windsor. Ahora, mientras que para el mando militar argentino era “El Principito”, para Londres, era la prueba viviente de que la Corona aún estaba dispuesta a sangrar junto a su pueblo.
Sin embargo, la decisión de enviar al segundo en la línea de sucesión al trono a una zona de guerra activa desató un incendio en los pasillos de Westminster. El gabinete de Margaret Thatcher, consciente de las implicancias catastróficas que tendría la captura o muerte del hijo de la Reina, presionó inicialmente por un traslado a un puesto administrativo.
Aun así, la historia dio un vuelco debido a la firmeza de Isabel II. Bajo la premisa de que su hijo era, ante todo, un oficial de carrera, la monarca cortó de raíz cualquier intento de trato preferencial. Esta resolución tuvo efectos inmediatos sobre la cohesión social, porque Reino Unido fracturado por el desempleo y las tensiones sociales, el sacrificio de la familia real blindó el apoyo público a la guerra, y sobre la legitimidad militar, porque Andrés dejaba de ser el “Randy Andy” de los tabloides para heredar la tradición guerrera de su padre, el Príncipe Felipe.
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El cambio de Andrés se forjó en el barro de Gordonstoun y en el rigor del curso de “Boina Verde” de los Royal Marines en 1980. Así bien, para 1982, como parte del Escuadrón Aeronaval 820 a bordo del HMS Invincible, el príncipe operaba el Sea King HAS.5. Lejos de cumplir funciones protocolares, su unidad fue el pulmón logístico y defensivo de la flota, acumulando más de 4.700 horas de vuelo en apenas dos meses.
Se sabe que desde el inicio de las hostilidades el 2 de abril de 1982, la Junta Militar argentina, encabezada por el general Leopoldo Galtieri, identificó la presencia del Príncipe Andrés como una oportunidad de oro para su propia narrativa de guerra. En las islas, el general Mario Benjamín Menéndez utilizó la figura de Andrés para desafiar públicamente la resolución británica, instando a sus tropas con una frase que quedó grabada: “¡Que traigan al Principito!”.
Además, los medios presentaban a Andrés como el símbolo máximo de la “decadencia imperialista”.

Para la inteligencia naval en la base de Río Grande, el HMS Invincible se convirtió en el santuario del hijo de la Reina.
Misiones de señuelo y la amenaza del Exocet
El aspecto más peligroso y menos comprendids de la labor del Príncipe Andrés fue su participación directa en las tácticas de defensa contra los misiles antibuque Exocet AM39. Ante la falta de sistemas de defensa de corto alcance, la Royal Navy implementó medidas desesperadas de guerra electrónica, y él participó activamente en misiones de “decoy” (señuelo), donde los helicópteros Sea King operaban como escudos electromagnéticos para confundir.
Sumado a eso, para aumentar la eficacia de estas misiones, se utilizaron dispositivos improvisados conocidos como “trampas de fantasmas mongolas”. Estas estructuras de duraluminio, montadas en una viga delante del helicóptero, devolvían una señal de radar amplificada que simulaba ser un buque de gran tamaño.
Aun así, el objetivo era escalofriante: atraer al misil hacia el helicóptero para desviarlo del portaaviones. Andrés confirmó años después haber volado en estas condiciones bajo ataques reales, describiendo la experiencia como “muy aterradora”. El hecho de que un heredero al trono fuera utilizado literalmente como un “escudo humano” desmiente cualquier noción de que su servicio fue una operación de relaciones públicas segura.

El evento más controvertido de la guerra ocurrió el 30 de mayo de 1982. La Fuerza Aérea y la Armada Argentina ejecutaron una misión conjunta de largo alcance para atacar el núcleo de la flota: el portaaviones HMS Invincible.
Sirviendose del último misil Exocet disponible, dos aviones Super Étendard y cuatro A-4C Skyhawk lanzaron un ataque coordinado. Los pilotos argentinos informaron con total convicción haber impactado al portaaviones y observado columnas de humo negro antes de retirarse.
A partir de entrevistas, el príncipe relató que durante un ataque con misiles recibió órdenes de tirarse al suelo y buscar refugio inmediato en la cubierta. Esta admisión coincide con el ataque argentino, alimentando las teorías de que el daño al buque —y el riesgo extremo que corrió el príncipe— fue ocultado por razones de moral y secreto militar.
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