De EE UU a Málaga: la química mundial elige España | Ciencia

De EE UU a Málaga: la química mundial elige España | Ciencia

Las grandes decisiones de la ciencia rara vez logran abrirse paso entre los titulares. Sin embargo, el traslado de la sede de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC) de Estados Unidos a Europa, con oficinas en Roma y Málaga, es importante, ya que acerca a España uno de los principales centros de decisión de la ciencia mundial y la sitúa en una posición privilegiada en la gobernanza global de la química.

Durante casi tres décadas, la IUPAC ha tenido su sede en Carolina del Norte, en el corazón del Research Triangle Park, uno de los principales polos científicos de Estados Unidos. Desde allí, ha desempeñado un papel fundamental en la definición de las prioridades científicas, industriales y regulatorias internacionales en colaboración con la UNESCO, el Consejo Mundial de la Ciencia y países de todo el mundo.

Quizá lo hayamos olvidado, pero la IUPAC forma parte de nuestra historia personal. Tuvimos nuestro primer contacto con ella en el colegio. Está en la tabla periódica que una vez aprendimos y en las reglas que estudiamos para nombrar los compuestos químicos. Porque los nombres y símbolos de los elementos fueron discutidos y acordados en su día por expertos de la IUPAC. Los mismos que crearon el idioma de la química, que nos permite nombrar cualquier sustancia. Pero esta gran organización científica no se limita a establecer nombres y símbolos. En la actualidad, promueve más de 180 proyectos internacionales en ámbitos tan diversos como la educación química, la sostenibilidad o la aplicación de la inteligencia artificial en la investigación científica. A menudo se define a la IUPAC como las Naciones Unidas de la Química, ya que constituye un importante foro global en el que se alcanzan consensos científicos en un mundo cada vez más fragmentado. Su objetivo es construir consensos basados en el mejor conocimiento disponible y hacer que la investigación, la industria y las políticas públicas avancen hacia la construcción de un desarrollo más sostenible.

El hecho de que esta gran organización científica tenga su sede en nuestro país supone una gran oportunidad, pero también es el reflejo de una realidad objetiva: la importancia de la química española en el ámbito internacional. Aunque a menudo es poco visible, la química es una de las grandes fortalezas de la ciencia y la industria españolas. Según distintas clasificaciones, nuestro país se sitúa en torno a la décima posición en investigación en este campo y dispone, además, de una de las industrias químicas más sólidas de Europa. El sector genera más de 700.000 puestos de trabajo, representa el 4,7% del PIB, es el segundo que más exporta y lidera la inversión industrial en I+D+i. Pocas actividades tienen un impacto tan directo y transversal en nuestra economía. El 98% de las actividades productivas dependen, de una u otra forma, de productos químicos, desde la alimentación hasta la automoción, desde la energía hasta la salud. Tener en nuestro país la sede de la organización que fija las reglas del juego de la química es una ventaja competitiva evidente, si sabemos aprovecharla, algo que requiere visión, coordinación y ambición.

La elección de Málaga tampoco es casual. En los últimos años, la ciudad se ha consolidado como un nodo tecnológico capaz de conectar universidad, industria y administraciones públicas. La llegada de la IUPAC refuerza ese ecosistema y lo proyecta internacionalmente. Pero, además, sitúa a España en una posición privilegiada para actuar como puente entre Europa y América Latina. El mundo hispanohablante representa una gran comunidad cultural y económica. Compartimos lengua, desafíos y, en muchos casos, sectores productivos estratégicos. La sede de la IUPAC en Málaga puede convertirse en una plataforma extraordinaria para establecer y reforzar proyectos conjuntos en investigación, en el uso del español en la ciencia y en el desarrollo industrial.

La otra sede de la IUPAC, ubicada en el Consejo Nacional de Investigación (CNR) de Roma, complementa la de Málaga y beneficia a España. Esta estructura dual es posible gracias a que Europa es un espacio compartido de moneda y marcos institucionales, y a una larga historia de colaboración científica, económica y cultural entre ambos países. En este contexto, las sedes de Málaga y Roma suman capacidades en un momento en que la ciencia está siendo atacada en otras partes del mundo.

Ese traslado no ha sido fruto de una decisión improvisada. En junio de 2024, desde la IUPAC invitamos a instituciones y ciudades de todo el mundo a presentar propuestas para albergar su sede internacional, tras casi tres décadas en Carolina del Norte. A esta llamada respondieron numerosas ciudades, reflejo del interés global por albergar la Unión científica más grande del mundo. Durante meses, las candidaturas fueron evaluadas mediante un proceso riguroso que incluyó el análisis de capacidades institucionales, apoyo político, infraestructuras, estabilidad jurídica y compromiso a largo plazo, así como visitas técnicas a las posibles sedes. El resultado fue una solución singular: una sede europea compartida entre Málaga y Roma, elegidas por la complementariedad de sus propuestas y por la solidez del respaldo ofrecido por sus instituciones académicas y públicas. En el caso de Málaga, la decisión fue posible gracias al trabajo conjunto de la Universidad y del Ayuntamiento, que supieron articular una propuesta sólida, atractiva y alineada con las necesidades presentes y futuras de la IUPAC.

De algún modo, la llegada de la IUPAC a España es también una vuelta a casa cargada de simbolismo. Nuestro país ya ocupó un lugar destacado en la química internacional a principios del siglo XX, en plena edad de plata de la ciencia española, cuando en 1934 Madrid acogió el primer congreso mundial de química tras la Gran Guerra. En aquel congreso de la IUPAC, España abrió sus puertas a la ciencia mundial tras siglos de ostracismo. Más de mil científicos de todo el mundo, incluidos varios premios Nobel, acudieron a nuestra invitación. Detrás de ese esfuerzo estuvo Enrique Moles, una de las figuras clave de la química moderna española, que llegó a ser vicepresidente de la IUPAC. Él, y muchos otros de su generación, trabajaron para que España ocupara un papel destacado en la comunidad científica internacional. Su trayectoria, truncada por la guerra, el exilio y la represión, recuerda hasta qué punto aquella aspiración fue frágil y efímera. Casi un siglo después, el regreso de la IUPAC a nuestro país parece cerrar un paréntesis que nunca debió abrirse.

Que una institución clave para afrontar los grandes desafíos de nuestro tiempo, desde la lucha contra el cambio climático hasta el desarrollo de medicamentos más eficaces y seguros, tenga ahora una de sus sedes en España no es solo un reconocimiento a la solidez de nuestra química, sino también una responsabilidad. Si sabemos aprovechar esta oportunidad, la química mundial no solo habrá elegido España, sino que habrá empezado a escribir su futuro desde Málaga.