¿Cuánto crecimiento de la productividad impulsado por la IA deseamos?

¿Cuánto crecimiento de la productividad impulsado por la IA deseamos?

WASHINGTON, DC – Desde que ChatGPT de OpenAI irrumpió en escena a finales de 2022, los economistas y comentaristas han estado debatiendo los posibles efectos de la IA generativa en la productividad. Pero desde una perspectiva cultural y política, es útil plantear una pregunta normativa: ¿cuánto crecimiento de la productividad debería desear la sociedad?

La disrupción económica que acompaña al rápido crecimiento de la productividad puede ser desgarradora. La Revolución Industrial británica, por ejemplo, condujo a salarios promedio estancados o en declive en al menos las últimas dos décadas del siglo XVIII, y algunos economistas sostienen que pasaron varias décadas más antes de que la industrialización elevara los niveles de vida de los trabajadores típicos. Mientras tanto, los salarios reales se desplomaron en algunas ocupaciones y muchos trabajadores despedidos lucharon durante años por encontrar empleo. Las consecuencias sociales fueron enormes: la gente acudió en masa a ciudades superpobladas sin agua limpia ni saneamiento adecuado, la enfermedad era rampante y el empleo en las fábricas era peligroso.

No es de extrañar que Oliver Twist y el Manifiesto Comunista se publicaran con una década de diferencia durante este periodo de agitación. Charles Dickens fue un gran crítico de la pobreza, las casas de trabajo y el deficiente saneamiento del Londres victoriano. Karl Marx recorrió esas mismas calles observando directamente cómo la tecnología estaba sacudiendo los cimientos mismos de la sociedad.

Cuando Marx y Friedrich Engels escribieron en 1848 que “revolucionar constantemente los instrumentos de producción” provocaba cambios en “todas las relaciones de la sociedad”, no estaban teorizando; describían lo que veían por su ventana. “Todo lo sólido”, escribieron, “se desvanece en el aire”.

Al mismo tiempo, dado que la producción por trabajador es el motor clave de los niveles de vida a largo plazo, es tentador argumentar que deberíamos desear que la productividad crezca lo más rápido posible. Un mayor nivel de vida se traduce en medicinas nuevas y mejores, lugares de trabajo más seguros, vidas más largas y más tiempo de ocio.

Cambios aparentemente pequeños en las tasas de crecimiento pueden tener un impacto económico enorme. El crecimiento de la productividad rondaba el 3% en el apogeo de la revolución digital de los años noventa, frente al 1,5% tras la crisis financiera mundial de 2008. La primera tasa duplicaría el nivel de vida de los estadounidenses en 24 años, mientras que la segunda tardaría 47 años en lograrlo.

Encontrar el equilibrio adecuado entre el daño de la disrupción económica y los beneficios del rápido aumento de la productividad requiere considerar tres preguntas clave.

Primero, los ciudadanos y los responsables políticos deben decidir su criterio de optimización. ¿Es el objetivo que la producción económica agregada crezca lo más rápido posible o aumentar los ingresos evitando un salto en la pobreza y el desempleo? O quizás deseen un enfoque distinto, como intentar pronosticar todos los resultados posibles y usar la política económica para mejorar el peor de ellos.

Una segunda consideración es el nivel de vida de las generaciones futuras. Muchas personas en el “Cinturón del Óxido” estadounidense probablemente habrían preferido un crecimiento de la productividad más lento para amortiguar el impacto de la pérdida de empleos manufactureros. Al mismo tiempo, todos los que vivimos hoy deberíamos estar contentos de que nuestras vidas sean mejores de lo que habrían sido si nuestros antepasados hubieran frenado la Segunda Revolución Industrial, que introdujo la electrificación, el telégrafo y la producción en masa.

La consideración final es el ritmo del avance tecnológico: cuanto más rápido mejora, mayor es la inestabilidad social y más difícil resulta para los trabajadores despedidos encontrar nuevos empleos. Aunque la Gran Bretaña del siglo XVIII no estaba preparada para la rápida adopción de la producción mecanizada, yo sostendría que Estados Unidos gestionó relativamente bien el ritmo de cambio durante la era de la información de finales del siglo XX. ¿Será la revolución de la IA más parecida a la primera o a la segunda?

Parte de la razón por la que EE. UU. manejó mejor el cambio tecnológico a finales del siglo pasado es que hubo mejoras en la política económica, incluyendo el desarrollo de la red de seguridad social y el acceso ampliado a la educación. Con estas políticas en marcha, las economías avanzadas están mucho mejor equipadas para gestionar incluso un cambio tecnológico extremadamente rápido.

Ante esto, espero que la revolución de la IA marque el comienzo de aumentos sustanciales en la tendencia del crecimiento de la productividad. Los beneficios de un crecimiento de la productividad de hasta el 5% o 6% superarían claramente los costes, dada la capacidad de nuestro sistema para absorber y abordar la disrupción consecuente.

La “destrucción creativa” crea tanto como destruye. Aunque la política estadounidense está empapada de nostalgia por un pasado idílico imaginado, pocas personas retrocederían realmente el reloj a la década de 1970 si tuvieran la opción. Y lo mismo ocurrirá con las personas dentro de una, dos o tres décadas, y más allá.

(*) Michael R. Strain, director de Estudios de Política Económica en el American Enterprise Institute, es el autor, más recientemente, de The American Dream Is Not Dead (But Populism Could Kill It) (Templeton Press, 2020).