“Cuando se acusa a Israel de genocidio, se instrumentaliza el pasado en su contra”

“Cuando se acusa a Israel de genocidio, se instrumentaliza el pasado en su contra”


Leer Los relatos bíblicos (Paidós), de Gonzalo Garcés, en días de Semana Santa, núcleo central de la liturgia cristiana, es un desafío que exige despojarse de lo aprendido –sobre todo para quienes hemos recibido educación religiosa– y hacer lugar a una lectura distinta, desde otra perspectiva, que no es incompatible con nuestras creencias, pero toma distancia de las mismas.

En su libro de 375 páginas, Garcés no ha querido reescribir la Biblia ni mucho menos reinterpretar los textos sagrados. Más bien se propuso ponderar las mejores historias que esta contiene, según su punto de vista, en las que hay hombres y mujeres con defectos, con maldad, que cometen errores y exhiben una naturaleza mezquina, pero también se enmiendan, y hay también opuestos. Su exploración es reflexiva, literaria, filosófica, histórica, matizada con otras voces contemporáneas y fragmentos de películas que el autor ha revisitado.

El hecho de que Los relatos bíblicos vaya por su segunda edición dice mucho en un país cuya industria editorial local produce tiradas más pequeñas de novedades. Pero también dice mucho de una necesidad de esta época, que observamos en conferencias, talleres, cursos, clubes de lectura y en la calle: la gente está harta de todo lo que cabe estar harto y busca darle un sentido trascendente a su vida.

Y allí aparecen Viktor Frankl y su conmovedor libro El hombre en busca de sentido, un longseller de todos los tiempos, a quien Garcés citará en algún momento de la charla. Precisamente lo hace en ese fragmento iluminado en que Frankl rescata que quienes tenían una vida espiritual profunda resistieron en los campos de concentración nazi mucho mejor que los más robustos físicamente.

Es inevitable pensar que, en este tiempo que se percibe caótico, con un derrumbe de la geopolítica mundial y un escepticismo creciente de la sociedad en sus clases dirigentes, un libro que relee textos de la Biblia, el clásico de los clásicos, si se nos permite, aparezca como una lectura oportuna y necesaria.

La charla en el café de la Biblioteca Nacional la abre el autor, que nos dice: “Debería de existir una palabra que no sea ni creyente, ni agnóstico ni mucho menos ateo, para designar a los que creen que el Universo tiene la forma de Dios”. De inmediato añade que quiere explicarlo mejor.

“Uno de los grandes teólogos cristianos, Blaise Pascal, es autor de la apuesta de Pascal, que más o menos dice: No perdés nada viviendo como si creyeras, porque si llegada tu muerte no hay nada, habrás vivido infinitamente mejor que si hubieras sido ateo. Y si ves a Dios, tenías razón desde el principio.” De inmediato, Garcés subraya: “Se podría pensar que esta apuesta de Pascal tiene algo de oportunista. Creo lo contrario. Hay una idea muy profunda. Si Pascal tiene razón y se vive mejor como creyente, ¿qué nos dice esto sobre el mundo en que vivimos?”.

Por ejemplo, continúa el autor, el núcleo de la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, “es el sacrificio de hoy para el futuro. Un creyente puede vivir una vida venturosa creyendo que algo lo espera en el horizonte, Dios o la vida futura. Para un judío es el plan de Dios que se remonta a un futuro infinito y es bueno. En todos los casos tenemos perspectivas sobre la vida que se proyectan hacia un futuro venturoso. Pero si vivís en función de esa proyección trascendente ¿vivís mucho mejor? Ahí es donde se toca la condición humana con Dios. Vivir para el futuro conduce a la felicidad, creas o no. Esto lo dice Viktor Frankl. Hoy las neurociencias tienen su propia explicación. Cuando esperas algo bueno se activa en el cerebro la producción de dopamina, un neurotransmisor de las emociones positivas, y ese circuito tiende a producir una resiliencia sorprendente ante el dolor, el hambre, la angustia. Genera una forma de felicidad”.

El escritor Gonzalo Garcés retratado en la Biblioteca Nacional. Foto: Federico Lopez Claro.

Gonzalo Garcés habla de su libro con erudición y entusiasmo. Mira directo a los ojos sin buscar aprobación, pero sí empatía. Hay un solo momento incómodo, en el que evita brevemente la mirada directa, cuando la charla lo ubica en el presente brutal de Gaza. Educado, como dice, en forma hedonista, en su familia conviven raíces judías y cristianas casi en partes iguales.

Al final de su reflexiva respuesta dirá en un tono ilustrado y franco: “Yo no sé si existe Dios, pero sé que las cosas suceden como si existiera”.

Un lector precoz

–Detrás de este libro hay muchas lecturas, críticas y contemporáneas, hay viajes y consultas de otras fuentes, como las neurociencias. ¿Cómo fue ese proceso?

–Hace como 30 años empecé a leer la Biblia, pero por razones literarias, idolatraba a Dostoievski, que hablaba de la Biblia, y me puse a leer. De repente me di cuenta de que no era lo que pensaba, no era una colección de rezos y de proverbios, sino que era parte de la gran literatura. No estoy minimizando los textos sagrados porque pienso que la literatura, en su mayor grado de incandescencia, es metafísica. Quiero decir que Shakespeare o Tolstoi tocan zonas trascendentes de la existencia humana, que son comparables a los grandes relatos bíblicos como el Génesis, el Éxodo, los Evangelios. Son iluminadores. Y cuando me di cuenta empezó un viaje de aventura que siguió durante 30 años. Por el camino, además de esa relectura de la Biblia, empecé a leer exégesis bíblica, leí a algunos de los padres de la Iglesia –San Agustín, Tertuliano, Santo Tomás de Aquino– y después empecé a atar cabos. Me di cuenta de que hay descubrimientos de las neurociencias modernas que no reemplazan, pero se superponen con las reglas de la existencia que revelan los textos bíblicos. Con distintos lenguajes se expresan las mismas verdades.

–¿Leíste mucho sobre neurociencias?

–Sí, evidentemente no soy un experto. Soy una persona con una curiosidad infinita por diferentes formas de conocimiento. Fue suficiente para ver las conexiones. De la misma manera con el cine y la literatura. Fue suficiente para encontrar la forma en que los relatos bíblicos se repiten bajo otras formas en diferentes épocas. Un ejemplo: la historia de Caín y Abel también es la historia de Mozart y Salieri (compositor italiano que envidió el genio del primero). Y a su vez puede ser un número indefinido de relaciones tóxicas en las que una persona se esfuerza para construir algo, mientras que a su lado otra persona envidia su esfuerzo y procura destruirlo. Esa es la historia de Caín y Abel. Son arquetipos, llaves maestras que permiten descifrar relaciones humanas que sucedieron infinitas veces y suceden hoy en el mundo.

–¿Una vez que decidiste escribir este libro pensaste que podría molestar a algunas personas, por ejemplo, a los creyentes?

–Hay sobrados motivos para tener pudor al escribir sobre la Biblia. El primero es un pudor de orden intelectual. Se han escrito muchísimos libros al respecto. Ese pudor lo vencí cuando me di cuenta de que todos estamos leyendo por primera vez. Y si puedo escribir un ensayo sobre Borges, aunque existan muchos, amparado en la impresión que me causó, también puedo hacerlo con la Biblia. No temí ofender a los creyentes porque es un libro que celebra los relatos bíblicos. Es un libro fascinado por el misterio que representa la hondura de estos relatos. No puedo imaginar que un creyente lo sienta de otro modo. No abordo la fe como lo haría un judío o un católico practicante. Pero estoy proponiendo un camino que conduce ahí. Estoy diciendo, especialmente para los no creyentes, y aun para los creyentes que se preguntan por el sentido de su fe, “miren el tesoro incalculable que tenemos acá, revisitemos la Biblia y exploremos todas las conexiones. Sacaremos algo valioso de esa experiencia”. Si en algún momento pensé que el libro podría molestar a algunas personas fue a mis amigos ateos, que podían sentirlo algo así como una traición intelectual.

El escritor Gonzalo Garcés retratado en la Biblioteca Nacional. Foto: Federico Lopez Claro.

–En relación con el concepto de Dios planteás su evolución. Para los creyentes Dios es inmutable.

–Depende de con qué lado del telescopio se mire, puede explicarse de una forma o de otra. La percepción que los seres humanos tienen de Dios evoluciona. No es igual el Dios vengativo e iracundo del Deuteronomio que el Dios antropomórfico que en el Génesis se pasea por el Edén. Esas son versiones casi paganas de un Dios que no se diferencian de Zeus o de Odín. No es todavía el Dios abstracto, omnisciente y omnipresente de los libros tardíos de la Biblia, de Spinoza o de San Agustín. Sí, hay una evolución de Dios. Y para un no creyente que adopte una perspectiva histórica, la explicación sería que Dios es una proyección de la psicología colectiva y evoluciona a medida que esta evoluciona. En términos históricos del Antiguo Testamento es la fusión de dos dioses paganos diferentes: Yavé o Jehová (Dios colérico) y El (Dios benévolo). El monoteísmo recién nació con el exilio en Babilonia. Dios es una voz que habla desde el futuro y que convoca a la aventura, a lo desconocido.

–Según los relatos bíblicos, los hebreos buscaron la tierra prometida por mandato de Dios. ¿Qué nos dice eso sobre la guerra en Gaza, en el sur del Líbano y en Irán, ya que la Biblia nos habla del futuro, según tu perspectiva?

–En primer lugar, los judíos son autóctonos de Judea. Jerusalén fue la capital del antiguo reino de Israel. Ese reino existió. Se fundó en el siglo X antes de Cristo y más de quince siglos antes de la creación del Islam. Israel tiene derecho a existir, a vivir en paz y en seguridad. Creo que esto es algo que el mundo islámico nunca aceptó. Cada una de las guerras en las que Israel se vio envuelto fue iniciada por los vecinos en su contra e Israel las ganó. En 1947, la ONU estableció la partición de Palestina. Los judíos lo aceptaron. El territorio era mucho más pequeño que el actual Israel. Pero lo aceptaron. Y las potencias árabes no lo aceptaron y lo invadieron. Perdieron. En 1967 también lo atacaron para borrarlo del mapa y perdieron. En 1973 lo atacaron de nuevo para borrarlo del mapa y volvieron a perder. En 2023, Hamas, una organización terrorista que se propone la erradicación del Estado de Israel, perpetró la peor masacre desde la II Guerra Mundial. Estos son los hechos. Las respuestas de Israel fueron defensivas. Ahora, que en las guerras mueren inocentes es innegable; que Israel puede haber cometido en el peor de los casos actos de guerra –aunque no me parece demostrado–, podemos discutirlo. Pero creo que cuando se acusa a Israel de genocidio, se instrumentaliza el pasado más doloroso de los judíos en su contra, como quien dice que las víctimas de la Shoa ahora son nazis, y eso es grotesco. Y, por otro lado, es faltar a la verdad. Y, por otro lado, el genocidio es la erradicación sistemática de una población por ser esa población. Así fue el genocidio de los armenios perpetrado por los turcos.

–¿Según tu punto de vista esto no ha ocurrido en Gaza, incluso con el proyecto de Donald Trump de convertir el territorio en “Gaza Resort”?

–No (rotundo). Creo que el problema es Hamas, el gobierno en Gaza, que llenó sus túneles de armas, equipos y alimentos, y le negó a su propia población palestina el acceso a esos túneles para protegerse de una guerra iniciada por ellos mismos. Las atrocidades y la crueldad de la guerra en Gaza deberían pesar sobre la conciencia de Hamas en primer lugar. La culpa es de Hamas. El fenómeno de fondo es el régimen iraní, que masacra a su propio pueblo, que es expansionista e imperialista, que en lugar de invertir en bienestar para los iraníes ha dilapidado recursos considerables en armamento de última generación y en financiamiento de la Fuerza Quds, que la tenemos en la Triple Frontera (Brasil, Paraguay y Argentina); a Hezbollah y a Hamas en Medio Oriente, a Boko Haram en Nigeria, a los hutíes en Yemen, todos financiados por Irán en mayor o menor medida, con la esperanza del régimen iraní de desestabilizar y dominar esos Estados. Irán es profundamente odiado en Medio Oriente. Israel representa una herida especialmente dolorosa para Irán porque es un país desarrollado y democrático, donde la mayoría judía y la minoría musulmana conviven en paz. Eso no lo tolera una teocracia. No olvidemos que Irán es enemigo de la Argentina.

–¿De cara a los escombros del mundo actual, para qué te sirve haber escrito este libro?

–Yo también uso el arma secreta espiritual que inventaron allá lejos en el desierto. Y entendí que solamente se puede vivir de verdad en función de algo que está más allá de mí y de mi presente. Yo también oigo la voz que habla desde el futuro. Y en mis horas de desánimo, el hecho de confiar en que hay algo indefinido pero venturoso en el futuro me da un sentimiento de finalidad. Sacrificar grandes porciones de mi presente para ese proyecto que me trasciende me da una forma de alegría.

Gonzalo Garcés básico

  • Nació en Buenos Aires en 1974. Su novela Los impacientes recibió el premio Seix Barral/Biblioteca Breve en el año 2000.
El escritor Gonzalo Garcés retratado en la Biblioteca Nacional. Foto: Federico Lopez Claro.
  • Publicó también Diciembre (1997), El futuro (2003), El miedo (2012), Hacete hombre (2014), Cómo ser malos (2016), El tango de Oscar Wilde (Planeta, 2022) y El refugiado (Seix Barral, 2024).
  • Su voz y sus ideas son habituales en distintos medios de comunicación; aportó textos para publicaciones como Clarín, El País o La Nación, y además es parte del equipo de Pensándolo bien, el programa conducido por Jorge Fernández Díaz en Radio Mitre.

Los relatos bíblicos, de Gonzalo Garcés (Paidós).